Tras dos meses como primera ministra en suspenso, Paetongtarn Shinawatra ha sido finalmente destituida este viernes por el Tribunal Constitucional de Tailandia. Este ha dado la razón, por seis votos a tres, al grupo de 36 senadores derechistas que presentaron contra ella una denuncia “por violación del código ético” inherente al cargo. Como prueba de cargo, su una conversación con el líder camboyano Hun Sen, filtrada por él mismo.

Paetongtarn Shinawatra esta mañana a su llegada a la Sede de Gobierno, en calidad de ministra de Cultura
La sentencia participa del mismo espíritu de revancha: “Sus acciones han llevado a una pérdida de confianza, al poner su interés personal por encima del interés nacional, levantando sospechas de que se ponía de parte de Camboya, disminuyendo la confianza de los tailandeses”.
La hija del exprimer ministro Thaksin Shinawatra, que asumió el cargo con 38 años en agosto pasado a causa de otra destitución judicial -la de su correligionario Srettha Thavisin- ve así truncada una carrera política que apenas había estrenado. Mientras se abre una gran incertidumbre en el panorama político de Tailandia, dos años después de que el general Prayut Chan-o-cha convocara elecciones y cediera el poder, con muchas cortapisas.
La exprimera ministra ha reaccionado contra el contenido de la sentencia en sus primeras declaraciones, aunque no cabe apelación: “Nunca actué en provecho propio, sino por el bien del país y por la vida de las personas, tanto civiles como soldados”.
Las apuestas sobre el veredicto estaban divididas, aunque algo decantadas hacia su destitución, debido a la composición conservadora del tribunal. Ung Ing (apodo de la gestora de hoteles metida a política) no es un caso aislado. Antes que ella, otros cinco jefes de gobierno vinculados a las siglas políticas de Thaksin Shinawatra han sido barridos por los togados o directamente por los militares. Estrenó la lista el propio magnate, en 2006, pero luego le siguieron su cuñado, su hermana Yingluck y ahora su hija. También cayeron dos personas ajenas a la familia.

El viernes pasado, simpatizantes del exprimer ministro Thaksin Shinawatra celebraron que fuerea exonerado en un juicio por un presunto delito de lesa majestad. En los újltimos dos meses han reaparecido las “camisas rojas” y las “camisas amarillas” en concentraciones de signo opuesto como las que marcaron las convulsiones del periodo 2006-2014. La desigualdad, el crecimiento modesto y las modestas ideas para crecer alimentan el fenómeno
Esta vez, una resolución favorable era todavía más difícil por el contexto de tensión con Camboya, que ha remitido pero no desaparecido. Esta misma semana, otro soldado tailandés ha resultado gravemente herido -y ya van cinco desde la tregua de finales de julio- al pisar una mina colocada por el ejército camboyano en áreas en disputa. El mes pasado, el pulso se desbordó en la frontera disputada, durante cinco días de guerra de baja intensidad, con bombardeos de artillería y aéreos -en el caso de Tailandia- que dejaron un mínimo de 44 muertos. Más incluso que en la peor escaramuza de la década pasada, en 2011.
Mal momento para ser asociado con Hun Sen, que lleva más de cuarenta años mandando en Camboya. La conversación telefónica que ha servido de pretexto para desbancar a Paetongtarn Shinawatra tuvo lugar en mayo -con traductores- al hilo de una escaramuza en la que falleció un soldado camboyano y que redobló la militarización de las lindes. El diálogo, relativamente distendido, fue grabado y luego filtrado por el viejo zorro de Hun Sen en su cuenta de Facebook. Algo sumamente embarazoso para la familia Thaksin, que hasta entonces se jactaba de su amistad con la familia del jerarca camboyano, que les recibió en los años de destierro. De hecho, una prima de Paetongarn está casada con una mano derecha de este antiguo jemer rojo que se pasó al bando pro vietnamita y que sigue siendo la última fuente de autoridad en el país, por mucho que el primer ministro sea su hijo, Hun Manet.
La bisoña Paetongtarn Shinawatra, que rezuma cortesía, trataba de “tío” al veterano político camboyano, con mucha mano izquierda y quitándole hierro a la actitud desafiante del teniente general al mando de la región militar fronteriza, Boonsin Padklang. “Es un adversario”, dijo.
Evidentemente, en la cúpula de las Fuerzas Armadas tomaron nota. Pero mucha otra gente se ofendió por lo que ella calificó de “táctica comunicativa”. Es decir, engatusamiento, en un momento de alto riesgo. Aunque ha sido el Tribunal Constitucional de Tailandia el que, finalmente, le ha reconocido a Hun Sen la potestad de quitar gobiernos en Bangkok. Porque con la destitución de Paetongtarn Shinawatra cae también el resto del gobierno (en el que ella ocupaba apenas la cartera de Cultura, aliviada de responsabilidades que, según insinúa ahora el Constitucional, excedían sus capacidades). En breve se abrirá el melón de la formación del próximo gobierno, pero hasta entonces se mantendrá como primer ministro interino Phumtham Wechayachai, de su mismo partido.
Aunque Paetongtarn Shinawatra logró mantener el decoro institucional durante sus poco más de diez meses en el poder, todo el mundo sabía que no le debía el cargo a su formación, ni a su breve carrera en el partido, sino a su padre, que en opinión de muchos seguía moviendo los hilos. Pero el verdadero poder en la sombra en Tailandia es otro y no admite copias. En realidad no ha cambiado su ubicación y sigue cerca de los cuarteles y de los palacios, por mucho que el actual rey, Rama X, sea mucho menos popular que su difunto padre, Rama IX.

Hun Sen, que se fotografió con Thaksin Shinawatra en Bangkok en febrero del año pasado, dice ahora que el collarín y el yeso de este eran solo para la foto y que luego se los quitó. Media Tailandia tenía sospechas sobre las dolencias del magnate, que le evitaron la cárcel y que le mantuvieron en una planta exclusiva del Hospital de la Policía de Tailandia, cuerpo en el que empezó su carrera
Por otro lado, el marchamo legalista de la destitución no pone ninguna medalla en la pechera de la democracia tailandesa. Tanto el Tribunal Constitucional como, sobre todo, el Senado, son dos instituciones férreamente controladas por la élite más conservadora del país. El Senado, que hasta 2024 estuvo ocupado por senadores elegidos a dedo por la cúpula militar, sufrió aquel año una “democratización” cosmética. Ahora, como Cámara Alta, está compuesto por doscientos senadores elegidos por veinte estamentos, categorías gremiales o colegios profesionales, a razón de diez cada uno.
Los 45.000 candidatos que se postularon el año pasado -previo pago- eran también los únicos que ejercían el voto, en varias fases. Todas ellas sometidas, según algunos medios tailandeses, a una compra de votos de grandes proporciones. La distorsión es tal que hasta 160 de los 200 senadores serían afines a Bhumjaithai y otras fuerzas derechistas, en marcado contraste con la composición de la Cámara Baja, derivada del sufragio universal.
Fueron 36 de estos senadores los que a mediados de junio pasaron el balón al Tribunal Constitucional. Aunque Thaksin Shinawatra fuera dueño del Manchester United, son sus señorías quienes este viernes han marcado a placer, como llevan décadas haciendo.
El Constitucional tailandés ha disuelto 111 partidos políticos tailandeses dede 1997. Entre ellos, tres predecesores del actual Pheu Thai, siempre bajo el control de la familia Shinawatra. La salida de escena del último jefe de gobierno de la familia no significa que el partido esté acabado. Aunque las propias cuitas judiciales de Thaksin no han terminado. El viernes pasado fue exonerado por un juzgado de Bangkok de una acusación de lesa majestad por una entrevista concedida hace diez años a un medio coreano. Pero dentro de diez días se enfrenta a otro tribunal, por su placentero cumplimiento de sentencia a su retorno de quince años de autoexilio, en 2023. Pena conmutada y luego reducida, además, a un año de reclusión, en una planta del hospital policial con vistas al campo de golf de Bangkok.
Thaksin está bajo presión pero no acabado, como no lo está su partido, Pheu Thai, que cuenta aún con un candidato a ocupar el cargo, si logra trenzar una mayoría que le apoye, hasta completar la legislatura, en 2027.
En la última reforma del sistema tailandés, cada fuerza política pudo nombrar tres candidatos a primer ministro. Los partidos que obtuvieron al menos un 5% de los votos en mayo de 2023, pudieron entonces proponer a la cámara a uno de sus candidatos. AlPheu Thai le queda una última bala, Chaikasem Nitisiri, exministro de Justicia y exfiscal general del Estado, pero a sus 77 años está delicado de salud.
Sorprendentemente -o no- el general retirado Prayut Chan-O-Cha, que lideró la junta militar tailandesa desde su golpe de estado de 2014 hasta las elecciones de 2023 -en los últimos años, previo paso por las urnas- también podría optar al cargo, como su compañero de armas, Prawit Wongsuwan, otro firme adversario de Thaksin. Pero esto podría volver a envenenar las relaciones con Occidente.
Por ello, quien se perfila como candidato con firmes posibilidades es Anutin Charnvirakulel, líder del citado Bhumjaithai, un partido conservador que salió oportunamente del gobierno de coalición con Pheu Thai a raíz de la filtración de Hun Sen, en junio.
El incombustible Hun Sen -que el próximo miércoles acudirá al desfile de la Victoria en Pekín, junto a adalides de la democracia como Xi Jinping, Kim Jong Un, Vladimir Putin y Alexander Lukashenko- podrá fumarse un puro en el estrado de la plaza de Tiananmen por el éxito de su jugada en Tailandia. Todo ello, mientras afina la ley con la que pretende despojar de la nacionalidad camboyana a aquellos conciudadanos que colaboren con “la injerencia extranjera”.