
¿Volverá a temblar la tierra en Las Vegas, donde Donald Trump posee un hotel de 64 plantas? La ciudad de los casinos, en efecto, registró pequeños terremotos periódicos durante los más de cuarenta años, entre 1951 y 1992, en que se realizaron pruebas nucleares atmosféricas y subterráneas (928 en total) a menos de doscientos kilómetros, en una inmensa área ultrasecreta de uso militar en el desierto de Nevada.
Trump inauguró su rascacielos en Las Vegas, con su nombre en la fachada, en el 2008. La aglomeración urbana es una de las de mayor crecimiento demográfico en Estados Unidos en los últimos decenios. Estos serían motivos de peso para no reanudar los ensayos atómicos, propósito anunciado por el presidente norteamericano –aunque sin dar detalles sobre su ejecución– y secundado por el ruso Vladímir Putin.
¿Se trata de planes serios o estamos ante la pura gesticulación fanfarrona entre las superpotencias? El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, se afanó en matizar ante la cadena Fox News que la discusión podría limitarse a las llamadas explosiones “subcríticas”, aquellas en las que se emplea material fisible, como plutonio, y potentes explosivos, pero sin desencadenar la reacción en cadena.
Las aclaraciones de Wright no han despejado las dudas sobre el alcance de las palabras de Trump, y más cuando Rusia habló después de emplear de nuevo sus instalaciones de la era soviética en el archipiélago de Nóvaya Zembliá, en el Ártico. En realidad, las pruebas subcríticas, de laboratorio, se siguen efectuando porque no están prohibidas por el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares (TPCE), firmado en 1996.
Los expertos franceses creen que los tests reales son innecesarios porque bastan los virtuales
En Francia, que posee su propio arsenal de disuasión nuclear desde la presidencia del general De Gaulle, el paso dado por Trump y Putin ha tenido mucho impacto y ha suscitado discusión. Se sienten aludidos. Después de llegar al Elíseo, en 1995, el conservador Jacques Chirac rompió la moratoria nacional y tomó la polémica decisión, aconsejado por los militares, de ordenar una última traca de seis detonaciones atómicas subterráneas en los atolones de Mururoa y Fangataufa, en la Polinesia Francesa, en el océano Pacífico. Chirac justificó estas pruebas por la necesidad de obtener datos científicos imprescindibles para poder hacer a posteriori simulaciones fiables por ordenador. No ha vuelto a haber desde entonces ningún otro ensayo real.
Los expertos franceses en armamento nuclear, como el almirante Jean-Louis Vichot, que comandó uno de los cuatro submarinos portadores de misiles estratégicos, han expresado estos días, en varias intervenciones en los medios, su escepticismo sobre la consistencia de los anuncios en Washington y Moscú. Su principal argumento es que las pruebas nucleares convencionales ya no son necesarias porque tanto norteamericanos como rusos poseen los datos necesarios para las simulaciones virtuales. Realizar pruebas reales implicaría un enorme gasto para poner a punto instalaciones caducas y formar al personal, amén del problema político y social.
Las explosiones atmosféricas, que provocan el característico hongo de evocación apocalíptica, porque recuerdan a Hiroshima, son hoy impensables, por la contaminación descontrolada que causarían, durante generaciones. Tales acciones desatarían un escándalo planetario. La última de este tipo la realizó China en 1980. Pero incluso las subterráneas, en teoría más seguras, crearían una fuerte controversia. El régimen de Putin, o el chino, podrían tal vez sustraerse a la presión ciudadana. De hecho, se cree que Pekín podría ser la superpotencia más interesada, por razones técnicas, en reemprender los ensayos, dado su ambicioso plan para aumentar sus arsenales atómicos y ponerse casi a la altura de Estados Unidos y Rusia. En la base militar de Lop Nor, en la región de Xinjiang, los satélites occidentales han detectado una sospechosa actividad de construcción de búnkeres y otros edificios.
EE.UU. realizó 928 ensayos nucleares durante 40 años en el desierto de Nevada, no lejos de Las Vegas
En el caso de Estados Unidos, cuesta de imaginar que Trump, pese a sus impulsos autoritarios y su imprevisibilidad, se atreviera a detonar una bomba de prueba en alguno de los territorios nacionales, por remoto que fuera.
En Francia todavía emergen periódicamente las quejas de la población polinesia cuya salud se vio afectada por la radioactividad y la polución de sus islas. Incluso los análisis cuando llueve barro en Francia detectan aún el rastro de las explosiones atómicas que París efectuó en el desierto del Sáhara argelino, antes y después de la independencia del país norteafricano, en los años sesenta del siglo pasado.
La iniciativa de Trump sobre las pruebas nucleares llegó como consecuencia de la exhibición de músculo atómico ruso. Estados Unidos no podía quedar atrás. Putin presentó como un éxito de su industria bélica el nuevo dron submarino Poseidón y el misil de crucero de propulsión nuclear Burevestnik , con una autonomía en principio casi ilimitada.
Solo una potencia nuclear declarada, Corea del Norte, ha hecho en los últimos años pruebas reales de sus armas. Las otras siete que oficialmente poseen la bomba (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia, India y Pakistán), así como una octava no declarada (Israel) cumplen en principio la prohibición. Recientemente hubo especulaciones sobre si un terremoto detectado en Irán podría haber sido la señal de un ensayo secreto.
Renunciar a la explosión atómica no significa dejar de probar los vectores para transportar el arma. Corea del Norte disparó el viernes un misil balístico sobre el mar del Japón. El proyectil recorrió unos 700 kilómetros, según el ejército surcoreano. Francia y el Reino Unido realizan tests periódicos de los misiles con que van equipados sus submarinos.
Un ensayo de mucha más relevancia que el norcoreano fue el que llevó a cabo la Fuerza Aérea de Estados Unidos, el pasado miércoles. Probaron el misil balístico intercontinental de última generación Minuteman III . Obviamente no llevaba ojivas nucleares. El lanzamiento se produjo desde la base espacial de Vandenberg, en California. El misil voló casi 7.000 kilómetros antes de impactar en una instalación militar norteamericana en el atolón de Kwajalein, en las islas Marshall, en el Pacífico.
El ensayo del Minuteman III , el único tipo de misil del que dispone hoy Washington en sus silos bajo tierra, sirvió para verificar la precisión del arma y los sofisticados sistemas de guiado, control y transmisión de datos. Se da la circunstancia de que el centro de mando del lanzamiento no estaba en una base en tierra –para evitar su vulnerabilidad en caso de guerra real– sino en un avión Boeing E-6B Mercury de la Armada.
El recurso a los puestos de mando en aviones –y de misiles en submarinos cuya ubicación es casi imposible de detectar– forma parte de los pilares de la compleja disuasión nuclear moderna. Sin que haya explosiones reales, por tanto, todos siguen poniendo a punto sus armas para que el equilibrio del terror funcione y el temido día del apocalipsis atómico nunca llegue.
