
La economía continúa creciendo a buen ritmo, con el Gobierno y la Comisión Europea apostando por un 2,9% de aumento del PIB en el 2025. Y dado que en el 2024 superábamos en un 7,1% el generado en el 2019, la mejora del año en curso permite ampliar la recuperación de las enormes pérdidas del 2020 y recortar distancias respecto del área del euro. En todo caso, buenos resultados en actividad y, lógicamente, en empleo. Ello se traduce, según ha avanzado el Ministerio de Hacienda, en un aumento de más del 10% en ingresos fiscales (y expectativas para el 2026 cercanas al 8%), una notable mejora de la recaudación dado que el PIB nominal avanza sensiblemente menos (en el entorno del 5%/6%). Y, finalmente y como rúbrica particularmente positiva de estos días, la Comisión Europea (en su European economic forecasts autumn 2025 de esta semana) nos anuncia un crecimiento del PIB en España del 2,3% para el 2026 y del 2,0% para el 2027. Unos avances que se apoyan en la fortaleza del mercado de trabajo, reflejo a su vez de las entradas de inmigración.
No está mal, aunque no se animen en demasía. Porque este favorable diagnóstico de hoy no debería hacernos caer en un optimismo panglosiano, como el del tutor del Cándido de Voltaire: en lo tocante a asuntos socioeconómicos, todo tiene su lado obscuro. Cierto que entre el 2019 y el 2024 el crecimiento del PIB deriva de un incremento del 9,3% de ocupados EPA (1,8 millones) y del 5,3% en el total de horas trabajadas. Ello quiere decir que, en términos anuales, la productividad por ocupado habría caído un -0,4%, o aumentado un 0,3% si se mide por hora trabajada. En el mejor de los casos, modesta mejora. Además, empleo y productividad son vasos comunicantes: idéntico aumento del PIB tiene impactos distintos sobre el bienestar ciudadano según se base en el primero o en la segunda. No es extraño que socialmente se perciba que el PIB crece, pero que la renta per cápita lo hace menos: para aumentar esta, debe hacerlo la productividad.
En asuntos socioeconómicos, todo tiene su lado obscuro
Y ahí es donde emergen los problemas: con avances modestos del PIB/hora, el crecimiento hay que fiarlo al del empleo. Y este está condicionado a lo que haga la inmigración: entre el 2022 y el 2024, de los 1,8 millones de nuevos ocupados, los inmigrantes han absorbido el 69% del total. Por ello, y a poco que acompañe el aumento del PIB, la inmigración continuará con fuerza: entre otros factores, así lo exigirá la jubilación de cerca de 4,5 millones de ocupados de la generación del baby boom que hoy tienen entre 55 y 66 años.
Con un tejido económico intensivo en mano de obra estamos atrapados. El modesto avance de la productividad nos obliga a cifrar el aumento del PIB en el del empleo e, inevitablemente, en el de los inmigrantes, cuyo crecimiento comienza a percibirse, en ciertos ámbitos, como excesivo. Los próximos años, inmigración y productividad definirán un mundo bastante menos optimista que el de hoy.
