

En Catalunya Ràdio, David Madí comenta el juicio a la familia Pujol y lo define como “la zona cero de la guerra sucia en todo el tema del procés ”. La afirmación compensa el entusiasmo, entre escabroso y vengativo, de otros medios, que celebran el juicio como la victoria no ya de la justicia sino de determinada trinchera. Que la instrucción haya durado diez años es una vergüenza que afecta no solo a los instigadores y las víctimas de las guerras (sucias y limpias) que se han sucedido desde la confesión del president Pujol, sino que atentan contra la salud, alarmantemente deteriorada, de la democracia.
Parece evidente que la histórica confesión de Jordi Pujol exigía aclaraciones que, por desgracia, no llegaron con las comisiones parlamentarias. Y que Pujol haya afirmado que “no he sido un político corrupto” no permite descartar que, amparándose en su nombre y en lo que ha representado, otros sí lo hayan sido. Para evitar acciones judiciales severas, en Brasil Jair Bolsonaro ha dicho que en el momento de intentar destruir la pulsera de la detención domiciliaria había alucinado y sufrido un episodio de bilocación paranoica. Cuidado con la bilocación. En una de sus celebradas últimas canciones, Rosalía dice: “Diría que no fue él / que fue su doppelgänger”.
Que un proceso tarde diez años no es una anomalía: es una desgracia
Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, celebró la marcha del día del Estudiante con un discurso y un baile. El discurso arengaba a los jóvenes a reclamar la paz, ahora que el presidente Donald Trump parece prepararse para una intervención militar. “¡Dialogue and Peace, yes!”, clamaba Maduro, que se prestó a bailar el remix de sus propias declaraciones y espoleó a los estudiantes siguiendo el criterio de Los payasos de la Tele cuando preguntaban: “¿Cómo están ustedes?” No sabemos si este combate entre presidentes de verborrea incontinente degenerará en guerra, pero sí que, gracias a la apisonadora de la inmediatez, Maduro es más un proveedor de memes y cápsulas para TikTok que un referente político solvente.
En Brasil, la cumbre climática de Belém quiere transmitir una imagen de cohesión que compense la ausencia del presidente Trump. Las resoluciones finales mantienen una retórica que abusa de las vaguedades y las buenas intenciones sin garantías de cumplimiento. En la cadena France Info, invitan a Laurent Fabius, que hace diez años presidió la Cop21 y los famosos Acuerdos de París. Fabius se felicita del trabajo realizado y, ciñéndose a la terminología anglosajona, explica que la situación actual dificulta enormemente la toma de decisiones eficaces. Habla de las tres eses (en inglés): la ciencia ( science ), que en el 2015 no se cuestionaba, y ahora sí; la sociedad ( society ), que ya no acepta tan unánimemente los principios de sostenibilidad, y los estados ( states ), que ya no demuestran un compromiso consensuado de llegar a acuerdos. Dicho de otra manera: todo está peor.
