València, laboratorio urbano de la I+D: sensores en las acequias o ecoterrazas sostenibles

¿Quién tiene a disposición un gran mercado para probar esa nueva tecnología para el reparto de alimentos cuando es emprendedor, está empezando o todavía no cuenta con socios para tirar adelante un proyecto? València pone a disposición de la innovación recursos para los que es difícil que nadie tenga suficiente dinero: desde probar una solución de gestión de estacionamiento con sensores para optimizar el uso de plazas en tiempo real y reducir la congestión en el aparcamiento del Palacio de Congresos hasta dejar circular durante dos días un robot autónomo de IA para que teste su capacidad para limpiar playas detectando y recogiendo residuos en la arena. Son solo dos de los 18 proyectos que este año la ciudad ha admitido que se prueben en sus calles a través del llamado Sandbox urbano, una herramienta que se cree la innovación y apuesta por ella. Gratuitamente, además.

Pero, ¿realmente qué es y para qué sirve el Sandbox urbano? A caballo entre la idea figurada de un laboratorio o de una gran sala de pruebas, el Sandbox se presenta como una solución a disposición de los creadores que quieran probar sus innovaciones en diferentes espacios de la ciudad. Hasta 150 disponibles y con la obligación de revisar cualquiera de los propuestos que no entren en esa lista para valorar si también pude utilizarse. Es, por tanto, un mecanismo que convierte a la ciudad de València en facilitadora de la transferencia tecnológica como espacio pionero donde empresas, institutos tecnológicos y startups testan sus soluciones innovadoras en entornos urbanos reales durante un plazo máximo de cinco años.

Hay 150 recursos municipales disponibles y el equipo de Innovación se compromete a analizar aquellas propuestas que no estén inicialmente en el listado para incluirlas

Los proyectos pueden proceder de cualquier sector, actividad, tecnología o fuente del conocimiento, siempre que se dirijan a la búsqueda de nuevas soluciones o funcionalidades que no existen actualmente en el mercado; y una de sus condiciones más importantes es que permitan identificar el valor añadido que van a aportar al interés público general y, en concreto, a la ciudad. No vale todo, por tanto. Debe haber innovación en su esencia. 

Umibots Robotic Solutions tuvo durante dos días a su robot limpiando las playas de València

Umibots Robotic Solutions tuvo durante dos días a su robot limpiando las playas de València 

Umibots Robotic Solutions S.L.

Para contrastarlo, los emprendedores deben presentar un documento a la comisión evaluadora, que lleva un año trabajando en este proyecto pionero que no existía antes en el sur de Europa. Lo explica con detalle Fermín Cerezo, jefe de Servicio de Innovación del Ayuntamiento de València: “En ninguna ciudad había un proyecto así. Existían verticales, como el Sandbox de la energía, el de la salud… pero pensamos en darle la vuelta y aglutinar en València todas las opciones”, explica. Así nació el Sandbox urbano, que en su primer año ha recibido 26 proyectos, 18 de los cuales se prueban actualmente o ya están finalizados. Otros tres no se formalizaron y cinco están actualmente en proceso de evaluación. 

En un año se han presentado 26 propuestas, 18 de los cuales han entrado en el Sandbox y están ahora en pruebas o ya han finalizado

Cerezo hace un balance satisfactorio de este primer año y advierte que el proyecto sigue creciendo. Esta semana se ha celebrado una jornada de innovación con la Red de Institutos Tecnológicos de la Comunidad Valenciana (Redit), que expuso propuestas que podrían entrar en el Sandbox, como por ejemplo el desarrollo y aplicación de recubrimientos para superficies asfálticas capaces de mitigar el efecto isla de calor, propuesto por el Instituto Tecnológico Metalmecánico, Mueble, Madera, Embalaje y Afines (AIDIMME) o probar nuevas cerámicas orientadas a mejorar las condiciones ambientales y el confort en los entornos urbanos, una idea que llegó de la mano del Instituto de Tecnología Cerámica (ITC). Es el ejemplo, destaca la concejala de Innovación Paula Llobet, de cómo la ciudad ofrece “un ecosistema único: diverso, abierto y conectado con los retos urbanos más urgentes”. 

Mientras surgen nuevas, siguen probándose en la ciudad ideas como la de Baukunst, que propuso instalar sensores y fibra óptica en la red de acequias para seguir a tiempo real parámetros del agua de riego, un proyecto que obligó al equipo de Innovación del Ayuntamiento a identificar las acequias municipales y a incluirlas en ese listado, amplio y ampliable, de recursos disponible. “Inicialmente, no estaban, pero estudiamos las opciones, vimos la posibilidad y ya está en marcha. Tenemos ese compromiso”, explica Cerezo, quien detalla que en este proyecto la administración está obligada a contestar en un plazo máximo de tres meses. La innovación no puede perder el tiempo. 

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Hay algunos proyectos que es fácil haber visto por la ciudad durante este año, por su singularidad. Son los robots que limpiaron playas o plazas de Umibots o las ecoterrazas sostenibles instaladas en la calle Cura Femenía de Russafa que buscan disminuir los niveles de ruido generados por el ocio además de incorporar criterios de sostenibilidad que tengan en cuenta la calidad del aire y los materiales utilizados. En cualquier caso, los proyectos deben generar conocimiento y comunicación mutua. “Queremos aprender y conocer, para que fluya el conocimiento; pero también queremos una proyección internacional para que si ese proyecto sale al mercado y se presenta en otros espacios. se sepa que se probó en nuestra ciudad”, detalla Cerezo. 

El beneficio económico no es imprescindible, de hecho la ordenanza municipal que regula el Sandbox excluye de compartir los beneficios futuros a las personas físicas, los autónomos y sociedades durante sus dos primeros años de actividad (a partir del tercer año estarán exentos si la cifra de negocio anual no fuera superior a un millón de euros), las fundaciones y entidades sin fines de lucro; las universidades y sus equipos de investigación y los centros e institutos tecnológicos. El resto sí que debería compartir con la ciudad, a partir del segundo año, entre el 0,5% y el 5% de los beneficios netos de un proyecto “testado en València”, casi una marca propia en este ejercicio de innovación que se ha propuesto la ciudad.

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