
Ayer mientras dormíamos, Carles Vilarrubí nos dejó en plena noche, sin hacer ruido. Llevaba días mal, pero no queríamos pensar en qué pasara lo que ha pasado.
A medianoche, aturdido por la noticia, me han venido en la cabeza los primeros versos de Lletra a Dolors de Miquel Martí i Pol, cuando dicen: “Me cuesta imaginarte ausente para siempre. Tantos recuerdos de ti se me acumulan que ni dejan paso a la tristeza y te vivo intensamente sin tenerte”. Cuando hablamos de Carles Vilarrubí es imposible que no se te acumulen los recuerdos y es imposible imaginarlo ausente para siempre.
Era un gran diplomático, era firme y nunca rehuía un reto por difícil que fuera
Durante los últimos 30 años hemos vivido de todo. Hemos luchado, trabajado, disfrutado y sufrido juntos, pero, durante los últimos tiempos, nos hemos dedicado intensamente a transformar y potenciar la Acadèmia Catalana de Gastronomia y Nutrició, junto con un grupo inconmensurable de compañeros que él, con su personalidad y maestría, ha dirigido con la habilidad del mejor director de orquesta.
La Academia ha sido su última batalla, incruenta, pero que le ha pedido un esfuerzo y dedicación extraordinarias. Ha sido su última gran obra en la que, le agradeceré siempre, me pidió que participara.
Era un gran diplomático, que tenía más manos izquierdas que la diosa Shiva sin embargo, al mismo tiempo, era firme y nunca rehuía un reto por difícil que fuera. Recuerdo cuándo en el año 2019 le propuse que la Academia hiciera un homenaje a la figura de Josep Pla. Me miró sorprendido y me dijo: ¿sabes que eso generará mucha controversia, no? E inmediatamente añadió: pero es de justicia y lo haremos.
Asumió el reto y Josep Pla tuvo su merecido homenaje al restaurante Motel Empordà, acompañado de la publicación de un libro que actualmente hace debilidad entre los coleccionistas. Fue durante unos días difíciles debidos a cortes de carreteras, pero el llamamiento de Carles Vilarrubí hizo que la sala del viejo Motel estés llena. Su personalidad generaba siempre entusiasmo y adhesiones incondicionales.
Hace unos días, en un acto público di las gracias a aquellos que estaban presentes, pero que no les vemos. Los di las gracias porque cuidan de nosotros, nos protegen, nos iluminan. Él, pocas semanas después, ha pasado a formar parte de este grupo de seres a los cuales me refería y que ya no vemos, pero está con nosotros. Antes, hace muchos años, les llamábamos ángeles.
Adiós amigo y, como decía todo cantante Lluís Llach en la canción de Viatge a Ítaca : “Buen viaje para los guerreros, que en su pueblo son fieles. Favorezca el Dios de los vientos el velamen de su barco y (…) llenen redes de queridos estrellas, llenas de venturas, llenos de conocimientos. Buen viaje para los guerreros”. Adiós compañero, buen viaje viejo guerrero, amante de tus amigos y de tu país.
