La Europa nororiental va camino de convertirse en el nuevo centro de gravedad de la UE

Desde la agresión rusa contra Ucrania en febrero del 2022, el foco de atención de la política europea se ha desplazado hacia el este. Cuestiones de suma importancia para Polonia y los países del Báltico y la Europa central y oriental (la seguridad energética, la amenaza de Rusia o la desinformación) han pasado a ocupar un lugar central en la agenda política comunitaria, y las perspectivas y los intereses representados por los europeos del este han ganado más apoyo y reconocimiento. Menos evidente es si en eso ha consistido el tan citado desplazamiento del poder de Occidente hacia Oriente. Sin embargo, no hay duda de que la mayor relevancia política de las cuestiones que preocupan a los europeos orientales ha tenido un fuerte impacto en la dinámica interna de la UE. Ese fenómeno va acompañado de otros dos acontecimientos clave que están configurando la política comunitaria en los turbulentos tiempos de la guerra en el este y la presidencia de Donald Trump. En primer lugar, la UE se ha visto sumida en una situación de falta de liderazgo como pocas veces antes. La agitación política interna en Francia ha debilitado a Emmanuel Macron, mientras que los problemas de la coalición semáforo y su eventual desaparición han dejado a Alemania prácticamente fuera de juego. En segundo lugar, la tortuosa elaboración de las políticas comunitarias (agravada por la política de veto de Hungría), así como la necesidad de una mayor flexibilidad y rapidez en la acción, han hecho que las reuniones ad hoc y las coaliciones de voluntarios se conviertan en los únicos formatos prometedores, cuando no los únicos, capaces de evitar un estancamiento.

Cooperación reforzada

Es probable que la aparición de una cooperación reforzada en el nordeste de Europa sea la tendencia más significativa que refleje la nueva dinámica. La estrecha coordinación entre los países nórdicos y bálticos no es, sin duda, nada nuevo y se remonta a principios de la década de 1990. El Grupo Nórdico-Báltico de los Ocho (denominado NB8), que comprende no solo a los miembros de la UE Dinamarca, Suecia, Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia, sino también a Noruega e Islandia, es un formato bien consolidado de países que colaboran estrechamente dentro y fuera de la UE. Toomas Hendrik Ilves, expresidente de Estonia, y Gabrielius Landsbergis, exministro de Asuntos Exteriores de Lituania, han escrito en un informe de reciente publicación que “la región del mar Báltico, excluida Rusia, ha sido una de las zonas más dinámicas y con un crecimiento más rápido del mundo. Junto con una mayor convergencia económica, los estados de bienestar nórdicos, el motor económico alemán y Polonia y los estados bálticos han experimentado una transformación espectacular en los últimos 35 años. También ha aumentado la afinidad entre los países de la región”.

Cuestiones de suma importancia para Polonia, países bálticos y Europa central y oriental (energía, amenaza rusa o desinformación) han pasado a ocupar un lugar central en la agenda europea

En los últimos tiempos, tres nuevos factores han hecho que ese grupo adquiera una mayor atención y relevancia suprarregional. La adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN ha situado a todos los miembros del grupo en pie de igualdad en materia de política de seguridad, lo que abre nuevas oportunidades para el cierre de filas. De modo paralelo, la seguridad y la defensa (sobre todo, en el contexto de la guerra de Rusia y el apoyo a Ucrania) se han convertido en el ámbito más relevante de la cooperación regional, lo que ha unido aun más a los países. La “alineación completa” (en palabras de un diplomático de alto nivel de un país nórdico) en relación con Rusia ha sido el principal motor del estrechamiento de los lazos entre ellos. Por último, pero no por ello menos importante, tras el cambio de gobierno en Polonia en diciembre del 2023, Varsovia se ha convertido en un socio clave para el NB8, lo que ha reforzado considerablemente la influencia política del grupo. Las violaciones del Estado de derecho bajo el gobierno populista del PiS ensombrecieron las relaciones entre Polonia y los países nórdicos entre 2015 y 2023, pero la victoria de Donald Tusk eliminó ese obstáculo y abrió la puerta a una cooperación estratégica. La incorporación informal de Polonia al grupo ha sido un punto de inflexión.

Giro hacia el norte

En el pasado, la orientación estratégica de Varsovia se centró sobre todo en el Grupo de Visegrado (con Hungría, Eslovaquia y Chequia), así como en la aspiración de convertirse en colíder de la UE a través del formato del Triángulo de Weimar con Alemania y Francia. El coqueteo de Orbán y Fico con Putin, así como los enfoques contradictorios de los países de Visegrado sobre la UE y la democracia, han convertido en una quimera la comunidad de intereses de Europa central y oriental. El Triángulo de Weimar se ha revitalizado, pero es el giro hacia el norte lo que marca la nueva política exterior de Polonia desde el 2023.

El nuevo enfoque fue acogido con entusiasmo también al otro lado del Báltico. Poco después de la formación del gobierno de Tusk en diciembre del 2023, Polonia se unió a las consultas informales de los países del NB8 antes de las cumbres de la UE, una muestra más que simbólica de una nueva realidad en política exterior. La seguridad estratégica y los intereses económicos han desempeñado también un papel importante en este acercamiento. Dinamarca, Suecia y Finlandia son, considerados de modo conjunto, el tercer inversor más importante en Polonia, después de Alemania y Francia. Dinamarca representa un 50% de la inversión extranjera directa en Pomerania, la región septentrional de Polonia. La transformación energética de Polonia y las inversiones previstas en energía eólica marina hacen que el país sea muy atractivo para los socios escandinavos. Lo mismo ocurre con la compra de material militar, un ámbito en el que Suecia tiene mucho que ofrecer (submarinos, por ejemplo). Como recuerdan los diplomáticos polacos, Varsovia se vio literalmente inundada en el 2024 por visitas empresariales y de alto nivel procedentes de los países nórdicos en busca de oportunidades para reforzar la cooperación con el país más grande del este de la UE, ahora en vías de regresar al corazón de la comunidad europea.

La protección de la densa infraestructura de cables submarinos de telecomunicaciones en el mar Báltico se ha convertido en una prioridad para los países nórdicos y bálticos, incluida Polonia

La cumbre nórdico-báltica celebrada en Harpsund (Suecia) en noviembre del 2024 reunió al primer ministro Donald Tusk con otros dirigentes en una manifestación de un nuevo (y elevado) nivel de colaboración entre los socios. Es cierto que Polonia no recibió una invitación formal para unirse al NB8 al ser, según muchos diplomáticos, un país “demasiado grande” y que, por lo tanto, amenazaría con dominar ese formato ya consolidado. No obstante, la cooperación entre ellos va más allá de las cortesías diplomáticas y las declaraciones. Tras la cumbre nórdico-báltica, los primeros ministros Ulf Kristersson, de Suecia, y Donald Tusk, de Polonia, firmaron un nuevo acuerdo de asociación estratégica. La demostración práctica de esa estrecha cooperación es la importante contribución de Suecia (y Noruega) a la protección del centro logístico de apoyo militar a Ucrania, situado en Rzeszow, en el sudeste de Polonia.

Controlar el mar Báltico

No menos importante es que, a partir de la experiencia conjunta en el ámbito de la protección del espacio aéreo (“vigilancia aérea”), Donald Tusk propusiera el establecimiento de una “vigilancia naval”; es decir, misiones conjuntas en el Báltico para supervisar y proteger las infraestructuras críticas de esa zona tras los numerosos incidentes protagonizados por buques rusos o chinos que han provocado daños en cables submarinos. De hecho, a raíz de la guerra de Rusia contra Ucrania, el Báltico se ha convertido en una zona de creciente importancia para todos los países ribereños, tanto individual como colectivamente. La imposición de sanciones energéticas a Rusia llevó a la reorientación de las rutas de transporte y reforzó el papel de la energía eólica marina, además de dirigir la atención política hacia los riesgos para las infraestructuras críticas.

Como señala el documento Poland’s Northern Policy and Nordic-Baltic Cooperation redactado por un grupo de expertos polacos, Polonia importó en el 2023 alrededor de 6,5 millardos de metros cúbicos (bcm) de gas natural (aproximadamente un 46% del total de las importaciones) a través de la terminal de gas natural licuado (GNL) de Swinoujscie (un puerto del mar Báltico). Sumados a los 6,3 bcm (un 44%) recibidos a través del gasoducto del Báltico que conecta Polonia y Noruega a través de Dinamarca, ello permitió sustituir por completo las importaciones procedentes de Rusia. En total, hay diez terminales de GNL en funcionamiento en la región del mar Báltico y dos en construcción. Las terminales petroleras del Báltico, como las de Gdansk, Butinge, Vindava, Porvoo y Rostock, resultan esenciales para el transporte de crudo y productos derivados del petróleo. También atraviesan el mar Báltico conexiones eléctricas de alta tensión (SwedLink, EstLink y otras). La red de cables submarinos de telecomunicaciones es asimismo muy densa. La protección de toda esa infraestructura se ha convertido en una prioridad para los países nórdicos y bálticos, incluida Polonia.

Vinculación con la OTAN

La idea de Tusk de una “vigilancia naval” fue apoyada por el NB8 y recogida por la OTAN. La misión Centinela Báltico se puso en marcha en Helsinki en enero del 2025 para disuadir las acciones maliciosas de agentes estatales o no estatales en la zona fronteriza con Rusia. La reorganización de la defensa y la seguridad de los socios del norte y este de Europa se ha visto también en el desarrollo de dos proyectos coordinados de defensa fronteriza: el Escudo Oriental polaco y la iniciativa Línea de Defensa del Báltico. Polonia ha tenido un papel decisivo en la inclusión de esos proyectos entre las prioridades de la UE y en garantizar que pudieran optar a los préstamos de la iniciativa SAFE, dotada con 150.000 millones de euros, adoptada por la UE en mayo del 2025.

Las amenazas a la seguridad han acercado mucho a los países del noreste de Europa a favor de una agenda común. Su contribución a la geometría variable de la UE podría llegar a ser una de las más importantes

Otra preocupación importante es la denominada “flota fantasma” que elude las sanciones sobre el transporte de petróleo ruso. El problema se hizo especialmente evidente en mayo del 2025. Se informó de un incidente en el que un buque ruso realizaba maniobras sospechosas cerca de un cable eléctrico entre Polonia y Suecia; las fuerzas militares polacas intervinieron y obligaron al buque a retirarse a un puerto ruso. Bajo la presidencia polaca de la UE y con el firme apoyo de los países nórdicos y bálticos, en mayo se adoptó el 17.º paquete de sanciones, que incluyó, entre otros, casi 200 buques de la flota fantasma. Esos buques ya no podrán atracar en puertos europeos. En junio, Polonia acogió una reunión de los países del NB8 con Francia, Alemania, Países Bajos y Bélgica para profundizar en la “acción conjunta y coordinada” con objeto de contrarrestar eficazmente los intentos rusos de esquivar las sanciones internacionales. El grupo tiene previsto elaborar directrices para promover un comportamiento responsable en el mar, reforzar el cumplimiento del derecho internacional y garantizar una mayor transparencia en las operaciones marítimas.

Consejo de Estados del Mar Báltico

La revitalización del Consejo de Estados del Mar Báltico, una institución regional que se ocupa de cuestiones medioambientales, económicas y migratorias, podría ser otra manifestación del nuevo impulso con el que los países nórdicos y bálticos abordan conjuntamente los retos de la nueva época. En julio, Polonia asumió la presidencia del Consejo y es probable que impulse su transformación en una institución más centrada en la seguridad. Ilves y Landsbergis instan en el informe citado más arriba a que los países miembros “consideren la posibilidad de transformar el Consejo de Estados del Mar Báltico en un foro estratégico para el diálogo sobre seguridad regional, la coordinación táctica y la promoción política dentro de la UE y la OTAN”.

Sin embargo, existen limitaciones en cuanto al grado de ambición de la nueva coalición nórdico-báltico-polaca. Entre el NB8 y Polonia la alineación es total en lo referente a Rusia, la seguridad y la migración, pero no lo es tanto en otros ámbitos políticos (sobre todo, en política climática o competitividad). Varsovia ha bloqueado recientemente el acuerdo con Mercosur, ha querido posponer la introducción del sistema de comercio de emisiones ETS2 y ha defendido la política de cohesión a cualquier precio. No es esa la forma en que los países nórdicos ven el futuro de la UE. Dinamarca ha convertido la agenda verde en una de las prioridades de su presidencia comunitaria, en contraste con su predecesora polaca.

La institucionalización de la cooperación regional (sobre todo, en el ámbito de la seguridad) es importante, pero también puede tener inconvenientes. Polonia (pero también otros países) teme socavar la primacía y la unidad de la OTAN al promover en exceso la regionalización de la política de seguridad. Por último, el resultado de las elecciones presidenciales polacas y el éxito del candidato de derecha Karol Nawrocki nos recuerdan que la estabilidad del orden liberal-democrático no es algo que pueda darse por sentado. Si los populistas volvieran al poder, supondría un duro golpe para la cooperación con los países nórdicos, que conceden especial importancia al Estado de derecho.

Pese a todo, las amenazas a la seguridad han acercado mucho a los países del noreste de Europa y existe una gran voluntad política y un gran interés por seguir una agenda común. La UE es cada vez más diversa y es poco probable que tenga un único dirigente o un único centro de poder. Esa geometría variable interna requerirá varios centros de gravedad políticos para dirigir su transformación. No hay duda de que la contribución del noreste de Europa podría llegar a ser uno de las más importantes.

Piotr Buras es investigador sénior y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en Varsovia.

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