
El estruendo de los helicópteros y las detonaciones que quebraron el silencio de Caracas en la madrugada del pasado 3 de enero no tardaron en hallar explicación. Poco a poco se supo que se trataba de una incursión de aeronaves norteamericanas sobre la capital venezolana. Y mientras se intentaba comprender el alcance de la operación, el desconcierto se disipó con un mensaje de Donald Trump en su red social, Truth Social: Estados Unidos había ejecutado una incursión en territorio venezolano que tuvo como desenlace la captura y extracción del país del mandatario Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
La operación norteamericana, cuestionable desde el punto de vista legal y moral, buscaba un inequívoco “jaque al rey”: descabezar el Ejecutivo, aunque inicialmente muchos lo interpretaron como un intento de forzar un cambio de régimen.
Pero horas más tarde Trump mostró sus cartas con una crudeza que sorprendió a la comunidad internacional y especialmente a los venezolanos: Washington no solo admitía su incursión por el control de los recursos petrolíferos, sino que anunciaba un tutelaje directo sobre el nuevo gobierno. La figura elegida para esta transición no era un líder opositor, sino la propia vicepresidenta del oficialismo, Delcy Rodríguez quien, bajo la amenaza de nuevos ataques deberá acatar las reglas del mandatario estadounidense.
La calle había dejado de responder a las llamadas de Maduro
Las implicaciones de la caída de Maduro todavía se procesan en un escenario de extrema confusión para la ciudadanía, la dirigencia opositora y buena parte de la chavista que aguardan señales claras para poder interpretar lo que viene.
No obstante, la salida de Nicolás Maduro fue la culminación de una inviabilidad política de la que se venía hablando en Venezuela desde hacía meses. Su destino quedó sellado cuando las tropas estadounidenses alcanzaron su residencia en la base militar de Fuerte Tiuna; pero para entonces, el deseo de verle fuera del poder ya no era patrimonio exclusivo de sus detractores.
Para comprender el colapso de Maduro es imperativo regresar al 28 de julio de 2024. Aquella incapacidad de probar su supuesta reelección presidencial inició un proceso de erosión irreversible. Quedó claro que ya no tenía calle cuando se enfrentó a una mayoría social que venció el miedo para votar en su contra, pero también a un chavismo democrático que no convalidó el robo de las elecciones. Maduro había dilapidado por completo el capital político de Hugo Chávez, aquel “huracán” capaz de revertir el golpe de 2002 gracias al respaldo popular, se evaporó definitivamente en un sucesor, quien sólo consiguió en la represión la única fórmula para sostenerse en el poder.
Con el episodio de la elección presidencial también cambió su valoración internacional. Su aislamiento ya no solo era auspiciado por los populismos de derecha de figuras como el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele; progresistas como Gabriel Boric en Chile también le retiraron el oxígeno político a un líder que ya no era posible presentarlo como demócrata. Incluso la Comunidad Europea y aliados estratégicos como Gustavo Petro o Lula Da Silva, si bien no fueron demasiado persistentes para exigir de Maduro un retorno a la democracia, comenzaron a guardar una distancia prudencial.
Pero el factor determinante para su debacle estuvo dentro de sus propios aliados cercanos. Maduro se convirtió en una figura incómoda para la cúpula cívico-militar que sostiene el armazón del Estado y que viendo cómo se convertía en un peso muerto, poco a poco le fue soltando la mano y la discusión de la continuidad del régimen sin la presencia de Maduro se volvió cada vez más frecuente.
La liberación de los centenares de presos políticos venezolanas sería el primer indicador de un cambio real
Solo el hastío de esa élite que veía imposible abrir juego con Maduro en Miraflores explica un desenlace tan abrupto para el hombre que controló los hilos del poder venezolano durante casi trece años y que deja muy clara la negociación entre factores de poder chavista con los Estados Unidos.
La salida de Maduro es un hecho consumado, pero el método escogido por Estados Unidos plantea interrogantes éticas y políticas. Delcy Rodríguez asume el mando bajo un diseño de la Casa Blanca. Trump, en su rol autoerigido de “protector” de Venezuela, ha preferido la continuidad de una pieza del sistema para promover un cambio de Gobierno sin sobresaltos y sobre todo, asegurar una apertura económica cómoda a los intereses de Washington. La operación deja por fuera los deseos de cambio democrático de los venezolanos y posterga quién sabe hasta cuándo las aspiraciones de quienes encarnan el liderazgo de la oposición mayoritaria, pero que según Trump no garantizan estabilidad ni tienen la suficiente fuerza para controlar el país.
Queda por ver si Rodríguez y la estructura heredada del madurismo que hoy permanece intacta, están dispuestos a cumplir el dictado de Washington para garantizar su propia supervivencia. La liberación de los centenares de presos políticos que aún pueblan las cárceles venezolanas sería el primer indicador real de cambio, pero al menos hasta ahora no hay señales de que eso sea así.
Sin embargo, esta nueva etapa recién comienza y las señales que determinen el rumbo que tomará Venezuela están por venir.
