El choque de civilizaciones como arma en el ámbito nacional e internacional

En su obra fundamental de 1996 El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial , Samuel Huntington definió la distopía que seguiría al final de la Guerra Fría como un choque entre las principales civilizaciones del mundo: el islam, el cristianismo occidental y las grandes civilizaciones asiáticas, el hinduismo y el confucianismo. Lo que Huntington no imaginó fue que el choque pudiera producirse en el seno mismo de la sociedad occidental y convertir a Estados Unidos y Europa en enemigos enfrentados por diferencias civilizatorias. Huntington tampoco previó la transformación de la religión en un arma divisoria dentro del propio Estados Unidos, la patria de la diversidad.

Desde la fundación de la nación, el espíritu puritano de la “ciudad asentada sobre una colina” derivado del Sermón de la Montaña se ha vinculado con la autopercepción de Estados Unidos de ser el resultado de una alianza con Dios. Eso ha llevado a los políticos estadounidenses a recurrir a un vocabulario y unas imágenes religiosas en una medida mucho mayor de la habitual en Europa. Los presidentes estadounidenses siempre han hablado igual que si fueran predicadores, invocando a Dios y su bendición sobre Estados Unidos como nueva Jerusalén y, a diferencia del pecaminoso Viejo Continente, como una civilización inocente y moralmente inmaculada.

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Donald Trump y su esposa acudieron el 20 de enero pasado a la iglesia de San Juan, en Wasghington )

Evan Vucci / Ap-LaPresse

Dos expresidentes republicanos me vienen a la mente como auténticos representantes del celo misionero de Estados Unidos: Ronald Reagan en la década de 1980 y George W. Bush a principios de la década de 2000, quienes se definieron a sí mismos como cristianos renacidos. La hostilidad de Reagan hacia la Unión Soviética fue tanto una expresión de repulsa moral hacia un “imperio del mal” ateo como una preocupación geopolítica. George W. Bush, por su parte, se refirió al “eje del mal” formado por Irán, Iraq y Corea del Norte; y también describió su guerra en Iraq como una “cruzada” que le había encomendado Dios para luchar contra los “malvados”.

La batalla ideológica del movimiento MAGA es, en esencia, una guerra civil occidental sobre los valores

Ni Reagan ni Bush sentían especial respeto por los aliados europeos de su país. Sin embargo, es Trump quien ha llevado al extremo la división entre Estados Unidos y Europa y lanzado a los antiguos aliados hacia caminos geopolíticos divergentes. Desde el Renacimiento, la historia de Europa ha sido la historia de una progresiva secularización. Más tarde, cuando Europa adoptó religiones seculares con la forma del comunismo y el totalitarismo, Estados Unidos siguió siendo, en palabras del apologista cristiano inglés G. K. Chesterton, “una nación con alma de iglesia”, el único país del mundo fundado no sobre un grupo étnico determinado, sino sobre un credo.

En las recientes directrices de la Estrategia de Seguridad Nacional, el gobierno de Trump considera a Europa como el Otro, un Otro cuyo enfoque en relación con los derechos humanos, el derecho internacional, las normas democráticas y el trato a las mujeres se descarta como una injerencia inaceptable en los asuntos internos de países soberanos. El documento acusa a Europa de ser “irreconocible” debido a su “borrado civilizatorio”. También promete el respaldo estadounidense a los partidos euroescépticos de todo el continente para evitar un futuro en el que “los miembros de la OTAN se conviertan en una mayoría no europea” dada su disolución civilizatoria como consecuencia de la inmigración musulmana, como si fuera cierta la teoría conspirativa nacionalista del Gran Reemplazo. Para que Europa recupere la confianza civilizacional en sí misma, lo que tiene que hacer es eliminar las instituciones transnacionales, dejar de reprimir las libertades de los “partidos patrióticos” y abandonar su fallido enfoque que lleva a la asfixia regulatoria. Cuando, a principios de diciembre, la Unión Europea impuso una multa de 140 millones de dólares a X, la plataforma social de Elon Musk por infringir las normas de transparencia del bloque comunitario, el vicepresidente J. D. Vance arremetió contra ese ataque “por tonterías” a las compañías estadounidenses.

Resulta llamativo que la Estrategia de Seguridad Nacional exima a Asia de las críticas sorprendentemente duras que lanza contra Europa. Ello se debe a que la batalla ideológica del movimiento MAGA es, en esencia, una guerra civil occidental acerca de los valores políticos y el futuro del liberalismo. Además, mientras que los poderes burocráticos y reguladores de la Unión Europea despiertan la ira MAGA, Asia, con su déficit institucional regional, parece mucho más compatible con la visión trumpista del mundo, basada en la soberanía nacional y la política transaccional. El énfasis liberal e internacionalista en los derechos humanos y las normas sociales siempre ha tenido poca aceptación en la mayoría de los gobiernos asiáticos (sobre todo, en Pekín), que desconfían desde hace tiempo de ese sustituto religioso posterior a la Guerra Fría de un orden internacional basado en normas. El énfasis de Trump en el pragmatismo y los intereses (la diplomacia como Kommerzpolitik) encuentra un gran eco entre los gobiernos asiáticos.

Ni Reagan ni Bush sentían especial respeto por Europa, pero ha sido Trump quien ha ido más allá

Reagan se revolvería en su tumba, pero no porque el nacionalismo cristiano trumpista sea intrínsecamente antieuropeo, sino porque es prorruso. Putin y la derecha religiosa estadounidense pertenecen al mismo bando en la guerra cultural declarada por el presidente estadounidense a Europa. Comparten una plataforma: el odio a los homosexuales, la admiración por los autócratas fuertes que defienden los “valores familiares” y el retorno al fundamentalismo religioso. Uno de los aspectos más irritantes de los nacionalistas cristianos del movimiento MAGA es que, en su universo, Dios está del lado de Putin. Estamos asistiendo a una revolución diplomática trascendental en la cual Estados Unidos cruza la frontera que lo lleva a una afinidad con la némesis de Europa, Vladímir Putin.

Para Trump, la guerra de Putin en Ucrania tiene sus motivos, Europa alberga expectativas poco realistas sobre el modo de acabar con ella y Putin tiene razón al pedir que se ponga coto a la perpetua expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. En teoría, un final rápido de la guerra aportaría a Europa, según afirma la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, “estabilidad estratégica”, un raudo levantamiento de las sanciones y la reanudación de las importaciones europeas de petróleo y gas, con la consiguiente reactivación de la economía del continente. Sin embargo, eso resulta difícil de conciliar con la insistencia de Trump en que los europeos eliminen las importaciones de hidrocarburos rusos y compren 250.000 millones de dólares al año de gas natural licuado estadounidense. En lugar de confiar en las vacuas promesas de Trump acerca de una bonanza posbélica para Europa (Goldman Sachs estima que un acuerdo de paz global en Ucrania sólo añadiría un 0,5% al crecimiento de la eurozona y que un más probable alto el fuego frágil sólo supondría un impulso del 0,2%), la Unión Europea debería buscar un crecimiento a más largo plazo mediante una aplicación más convincente de las recomendaciones de Mario Draghi sobre competitividad europea, que hasta ahora solo se han aplicado en una escasísima porción.

En realidad, buena parte de la guerra de civilizaciones de Trump se libra en el ámbito nacional. Así, la orden de atacar objetivos de Estado Islámico en Nigeria por la matanza de cristianos (un “regalo de Navidad”, según dijo) se debió a que los cristianos que sufren persecución religiosa en el extranjero se han convertido en una importante fuerza motivadora para su base evangélica. En realidad, Boko Haram no distingue entre musulmanes y cristianos: los mata a todos.

Las políticas MAGA en materia social, ética y política están muy lejos de los principios cristianos

Nada refleja mejor la combinación de Evangelio y política en el ideario MAGA que el funeral del activista conservador Charlie Kirk celebrado el pasado mes de septiembre y al que asistieron el presidente Trump y su segundo, J. D. Vance. La viuda, Erika Kirk, dijo que perdonaba al asesino “porque era lo que hizo Cristo”. El presidente del Congreso, Mike Johnson, proclamó en esa ocasión que, al igual que en el caso de Jesús, la “fuerza del martirio” de Kirk era más potente en la muerte que en la vida.

Y ahí reside la paradoja. Trump es un ignorante al que le importa poco la religión. Sin embargo, para millones de evangélicos, es el homo missus a Deo , el asno del Mesías que destruirá para ellos el orden liberal en el plano nacional y en el internacional. Las poderosas formas estadounidenses de cristianismo, las megaiglesias independientes y los ministerios televisivos, representan una importante fuerza social y política favorable en gran parte a Trump. Según una encuesta del Centro de Investigaciones Pew, el 23% de los estadounidenses adultos con una opinión favorable de Trump es muy religioso. Otro 62% de los estadounidenses con una opinión favorable de Trump tiene un nivel medio de compromiso religioso. Sólo el 15% de las personas con una opinión favorable de Trump tiene un bajo nivel de compromiso religioso.

Al día siguiente de perder Trump las elecciones de 2020, se celebró desde la Iniciativa de Oportunidad y Fe (hoy Oficina de la Fe) de la Casa Blanca un servicio de oración retransmitido en directo en el que se pidió “refuerzo angélico” para inclinar los votos a su favor. Un pastor del movimiento TheoBros, formado por varones blancos que defienden una forma de nacionalismo cristiano y al que pertenece el actual secretario de Defensa Pete Hegseth, insistió entonces en que el sufragio femenino era un error.

Para los nacionalistas cristianos del universo MAGA, Dios está al lado de Vladimir Putin

Esta nueva versión ascendente del cristianismo MAGA encaja con la salvaje crueldad del nuevo orden político y al mismo tiempo difumina la separación entre Iglesia y Estado que hunde sus raíces en la Constitución estadounidense. Una de las primeras órdenes ejecutivas de Trump fue erradicar el “sesgo anticristiano” en el gobierno federal. La idea de que se pueda invocar a Jesús para justificar el recorte de la ayuda a países extranjeros y meter a la fuerza a inmigrantes en furgonetas sin distintivos resulta repulsiva. El Jesús de la política estadounidense de las décadas de 1930 y 1940 era una figura adecuada para una época que reaccionaba ante Auschwitz, Hiroshima y la lucha de los afroamericanos por la emancipación. El nuevo Jesús MAGA es del todo diferente.

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Un grupo de manifestantes portan pancartas con la efigie del fallecido Charlie Kirk)

Alex Goodlett / Ap-LaPresse

Consideremos, por ejemplo, el caso de Allie Beth Stuckey, una de las herederas del puesto de Charlie Kirk en la cima del cristianismo MAGA. En un libro reciente, Toxic Empathy: How Progressives Exploit Christian Compassion (“Empatía tóxica: cómo los progresistas se aprovechan de la compasión cristiana”), Stuckey describe las políticas de inmigración de Donald Trump como inspiradas “en las Escrituras”, el lugar donde encontró principios acerca de las fronteras y “la provisión de Dios a través de los muros” (como el de México, destinado a mantener a raya a los “condenados del mundo” del poema de Emma Lazarus colocado en la base de la estatua de la Libertad). Eso supone hacer caso omiso de la explícita instrucción veterotestamentaria de acoger al extranjero que aparece de nuevo en las enseñanzas de Jesús como philoksenia , término griego que remite al amor a los extranjeros, lo contrario de la xenofobia como la practicada por J. D. Vance y Trump cuando mintieron afirmando que los inmigrantes comían perros y gatos. El Jesús MAGA que bendice todas y cada una de las muestras de dominio y supremacía blanca constituye una aberración. Existe incluso un arraigado género de felicitación navideña en el que los funcionarios republicanos aparecen posando con fusiles de asalto. Según esta versión tóxica y agresiva de cristianismo, Jesús ha pasado de ser un humilde rabino judío que predicaba la transformación de la sociedad para convertirse en un fascista armado, homófobo, negacionista de la ciencia, avaricioso y dedicado a difundir el miedo.

A diferencia del protestantismo, el catolicismo había sido una fuerza mayoritariamente conservadora en la política estadounidense, obsesionada con el debate sobre el aborto. Ya no es así. El papa Francisco dejó claro que el aborto no era la única cuestión que importaba e insistió en que la Iglesia se centrara en los pobres. Su notable encíclica, Laudato si’, fue una feroz crítica a la política de división y explotación. El papa Francisco incluso aconsejó al vicepresidente Vance que meditara sobre la parábola del buen samaritano y que extendiera la compasión al sufrimiento de los pobres y vulnerables. El papa León XIV sigue una línea similar. Recientemente ha criticado a las autoridades de inmigración estadounidenses por el brutal trato acordado a los inmigrantes detenidos. No es de extrañar que la defensora más acérrima del presidente Trump, Laura Loomer, haya acusado a la Iglesia católica de intentar destruir Estados Unidos “condenando las deportaciones”.

Sin embargo, lo que llama la atención es que, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024, los católicos votaran a Trump frente a Kamala Harris por un margen de 15 puntos y que destacados miembros del gobierno de Trump (en particular, el secretario de Estado Marco Rubio, el zar de la frontera Tom Homan, la secretaria de prensa de la Casa Blanca Karoline Leavitt y el vicepresidente Vance) sean católicos. Pese a ello, las políticas MAGA en materia social, ética y política, incluso en lo referente a las relaciones internacionales, no pueden estar más alejadas de los principios católicos y cristianos básicos y, en realidad, de los valores constituyentes sobre los que se fundó Estados Unidos.

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