Europa o barbarie

Los comienzos de año son propicios a recapitulaciones y resoluciones. El 40.º aniversario de nuestra incorporación a la Unión Europea permite hacer balance de nuestras décadas recientes. El conseller Jaume Duch escribía hace unos días que, desde el punto de vista colectivo, han sido “nuestros mejores 40 años”. Pocos lo discutirán, y los que hemos participado en los acontecimientos de estas últimas cuatro décadas nos podemos sentir bastante satisfechos del resultado.

Pero la perspectiva de los próximos años es incierta e inquietante. “Nuestro mundo es cada día más duro”, dijo Emmanuel Macron a los franceses en su alocución de fin de año. En las guerras terribles y devastadoras en el Oriente Medio y en Ucrania, el presidente francés sumaba “el retorno de los imperios, la crisis del orden internacional y un mundo de guerras comerciales y de competiciones tecnológicas”. En el mensaje de año nuevo a los alemanes, el canciller Friedrich Merz añadió una puntualización inquietante: “No somos el juguete de las grandes potencias”.

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NUUK (Greenland), 05/01/2026.- Chairman of the Naalakkersuisut, Greenland's Prime Minister Jens-Frederik Nielsen holds a press conference in Nuuk, Greenland, 05 January 2026. (Groenlandia) EFE/EPA/OSCAR SCOTT CARL DENMARK OUT

La UE no ha de menospreciar las críticas que recibe desde EE.UU. y Rusia

La actual Administración estadounidense ha puesto la proa en la Unión Europea, vaticinando ni más ni menos que su “desaparición civilizacional”. La incesante trompetería trumpista sobre cómo de magníficamente van las cosas en EE.UU., y cómo van de mal en nuestro Viejo Continente, ha hecho mella en Europa. Se multiplican las respuestas alarmadas, como si la Unión Europea se enfrentara dramáticamente a su “última oportunidad”, a su definitiva “hora de la verdad”, a un “ahora o nunca”, en uno “todo o nada”. Estas disyuntivas retóricas, a menudo bien intencionadas (muchas proceden de europeístas a ultranza) no se ajustan a la realidad y pueden resultar contraproducentes. Su proliferación puede contribuir involuntariamente a reforzar el tópico interesado y falso de un ineluctable declive de una Unión Europea en fase terminal, ante unos Estados Unidos ascendiendo de nuevo a la grandeza, o en una Rusia imperial y triunfante. Europa ya no es aquello que era. En algunos aspectos por suerte: se ha liberado de sus pecados coloniales, aunque no de sus responsabilidades. Pero sigue siendo mucha Europa.

Un único pronóstico seguro se puede hacer sobre su futuro. Seguiremos interrogándonos sobre el futuro de Europa durante mucho tiempo. Este interrogante viene de antiguo y proseguirá. Hace más de un siglo, Paul Valéry lo formulaba así: “La hora actual esconde esta cuestión primordial: ¿conservará Europa su primacía en todos los órdenes? ¿Se convertirá Europa en aquello que es en realidad, es decir, una pequeña cabeza del continente asiático? O seguirá siendo lo que aparenta ser: ¿la parte preciosa del universo terrestre, la perla de perla de la esfera, el cerebro de un cuerpo vasto?” En términos renovados, esta pregunta persistirá por mucho tiempo, como los problemas que haya detrás. Sería absurdo y caprichoso que llevaran a un fatalismo paralizante. Los problemas e interrogantes actuales, que son muchos, tienen que incitar a la acción (no a la pasividad, a la melancolía o a la hipocondría), de la misma manera que los terribles dramas europeos del siglo XX, con sus guerras civiles incorporadas, fueron el revulsivo y la espuela que hicieron posible la reconciliación y la unidad.

FILE PHOTO: A man walks as Danish flag flutters next to Hans Egede Statue ahead of a March 11 general election in Nuuk, Greenland, March 9, 2025. REUTERS/Marko Djurica/File Photo

Estatua enNuuk de Hans Egede, el apóstol deGroenlandia

Marko Djurica / Reuters

También se puede avanzar un segundo pronóstico. El futuro más realista y pragmático de la UE es una “integración variable”, una “Europa a varias velocidades”. Este modelo, que permite a los estados miembros escoger diferentes niveles de integración, ya ha hecho su recorrido: el euro es el ejemplo más visible.

Sea cuál sea el futuro trayecto de Europa, hay dos grandes errores a evitar. El primero sería caer en una claustrofobia temporal, en la angustia de hacer demasiadas cosas al mismo tiempo, con poco margen de maniobra y en poco tiempo. El federalismo de los hechos, el “federalismo pragmático” que reclama Mario Draghi, no propone una catarsis general, un paso improbable de gigante. El objetivo es la Europa de los avances concretos y consistentes, difíciles de revertir. A menudo, su ritmo pausado impacienta, pero al mismo tiempo da una seguridad que no tienen las estrategias de ruleta rusa hoy imperantes en Moscú y en Washington. La grandilocuente y pretenciosa vulgaridad de los decorados y espectáculos de estas dos capitales, con su acumulación bulímica de entorchados de purpurina dorada y sus pomposas pretensiones de grandeza, son el reflejo estético de una decadencia política y moral y el presagio que sus promotores acabarán mal.

El segundo error de Europa sería menospreciar las críticas que, desde ángulos bastante coincidentes, se dirigen desde Washington y Moscú a la Unión Europea, descartándolas como si fueran mentiras infundadas. Los espejos deformantes engañan y caricaturizan, pero no son una fantasía. Reflejan la realidad, aunque la deformen hasta el esperpento más grotesco. En enero del 2024, Trump dijo en el Foro de Davos: “Tenía un gran proyecto en Irlanda y me advirtieron: ‘El problema es que necesitas luz verde de la UE y tardan entre cinco y seis años’. Les dije: ‘¿Es una broma?’”

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No se tiene que tomar a la ligera este comentario. En aquellas fechas, el director general del grupo Michelin se quejaba amargamente, ante una comisión del Senado francés, de verse obligado a luchar en dos frentes, “contra una competencia internacional implacable” y contra un laberinto normativo europeo “con directivas en las que cada país añade su toque particular”. Se tiene que simplificar el funcionamiento de Europa.

En la Unión Europea, el esquema basado en obtener defensa de Estados Unidos, energía de Rusia y materias primas y manufacturas baratas de China ha quedado liquidado. Hay que pasar a otra cosa, y eso no es una mala noticia. No hay que ser un ferviente federalista para constatar tres hechos fundamentales. En primer lugar, que en el ancho mundo, fuera de la UE, todas las sociedades son más precarias que las nuestras. El segundo dato es que la mayor parte de nuestras contradicciones y carencias no se pueden resolver con menos Europa, como constatan cada día en la Gran Bretaña del Brexit. El tercero es, como decía Enric Juliana hace unos días en la radio, que “la situación es muy seria”. Solo con más y mejor Europa podremos responder a los retos de hoy y de mañana. La alternativa es la barbarie.

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