Netanyahu busca en Irán un final como el de Maduro

El secuestro de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha sido difícil de encajar para la mayoría de potencias globales, a excepción de Israel, donde la operación contra el dictador se ha celebrado como una victoria propia.

El primer ministro, Beniamín Netanyahu, horas después de la detención, dio “el apoyo de todo el gobierno a la firme decisión de Estados Unidos para restaurar la libertad y la justicia en la región”. Añadió que “América Latina está experimentando una transformación”, en referencia a gobiernos como el de Javier Milei en Argentina, quien ha dado respaldo incondicional a Israel a pesar su ofensiva sobre la franja de Gaza.

Pero la lectura de Netanyahu es también estratégica, y mucho más vinculada a sus actuales frentes bélicos. “Venezuela ha sido un centro estratégico para la actividad iraní en la región”, explica a La Vanguardia el investigador del Programa sobre Irán y el Eje Chií en el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), Dennis Citrinowicz. Según él, “la posible pérdida de Venezuela para Estados Unidos supone un golpe muy duro para Teherán”.

El gobierno de Maduro mantenía excelentes relaciones con el régimen de los ayatolás en Irán, ambos países sujetos a severas sanciones internacionales. “Existe una cooperación muy estrecha entre Teherán y el Ejército venezolano, incluida la construcción conjunta de drones, la presencia de asesores militares iraníes y la creación de infraestructuras”, declara Citrinowicz. Otros grupos vinculados a la República Islámica, como la milicia chií libanesa Hizbulah, pueden perder canales de financiación y sus redes en Sudamérica si se efectúa un cambio de régimen en Bogotá.

El gobierno persa teme que el ayatolá Ali Jamenei encuentre un destino similar al de Nicolás Maduro. Desde Teherán, el mensaje que se extrae del caso venezolano es inquietante. La detención de Maduro se produjo apenas un día después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazara públicamente con usar la fuerza si el régimen iraní continuaba reprimiendo las manifestaciones.

Para la cúpula iraní, la secuencia no es casual. “Lo ocurrido en Venezuela ha incrementado el temor en Teherán de que Estados Unidos tenga una voluntad real de impulsar un cambio de régimen también en Irán”, señala Citrinowicz. Ese miedo explica, en parte, el endurecimiento del discurso iraní en las últimas semanas y las reiteradas amenazas de responder con misiles ante cualquier ataque preventivo.

Sin embargo, el escenario de una ofensiva militar inmediata dista de ser claro. Según el analista del INSS, la prioridad absoluta del régimen iraní en estos momentos es interna. “La principal preocupación de Irán ahora es estabilizar la situación dentro del país”, afirma. Las protestas, alimentadas por la inflación, la escasez y el deterioro de las condiciones de vida, han colocado al sistema bajo una presión inédita. En ese contexto, Teherán intenta evitar cualquier escalada externa que pueda agravar una crisis que ya perciben como existencial.

Desde Israel, el cálculo es igualmente prudente, al menos por ahora. “No creo que exista en este momento un apetito real en Israel para atacar Irán”, explica Citrinowicz. Aunque el gobierno de Netanyahu mantiene a la República Islámica como su principal amenaza estratégica, la evaluación actual en los círculos de seguridad israelíes es que un ataque directo podría desencadenar una escalada regional difícil de controlar. Por ese motivo, Israel ha tratado de transmitir mensajes tranquilizadores a Teherán a través de intermediarios, como Rusia, asegurando que no tiene intención de lanzar una ofensiva inmediata.

Citrinowicz advierte de que la situación podría cambiar si Irán continúa reforzando sus capacidades militares estratégicas. “Si la tendencia actual continúa y el fortalecimiento iraní se prolonga hasta el 2026, la probabilidad de un ataque israelí aumentará, siempre y cuando exista luz verde por parte de Estados Unidos”, apunta. En ese escenario, Venezuela aparece como un precedente inquietante: la demostración de que Washington está dispuesto a actuar de forma directa contra regímenes considerados hostiles.

La incógnita mayor es el papel de la Casa Blanca. “Irán no es Venezuela”, subraya Citrinowicz, recordando que una acción militar contra la República Islámica tendría consecuencias mucho más graves. Incluso operaciones limitadas podrían desencadenar una escalada regional, involucrando a Israel, a los aliados de Irán y a los distintos frentes abiertos en Oriente Medio. Por eso, aunque la retórica se ha intensificado, ni Washington ni Tel Aviv parecen dispuestos, de momento, a cruzar ese umbral.

Para Netanyahu, sin embargo, el desenlace venezolano refuerza una narrativa que lleva años promoviendo: la de la fragilidad de los regímenes aliados de Irán y la posibilidad real de su caída. La presión combinada -sanciones, aislamiento diplomático y amenazas militares- es vista en Israel como una estrategia que puede dar frutos, incluso sin necesidad de un ataque directo.

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