
Pese a que en este finalizado 2025 se ha acelerado el deterioro generalizado de la política y la convivencia, no todo ha ido a peor. Y entre lo poco que ha mejorado, destaca Catalunya, que ha recuperado buena parte de la normalidad perdida durante el procés . Una indiscutible mejoría que no la salva de los grandes males del momento, pues, como todos, nos vamos adentrando en un callejón cuya salida parece cada vez más lejana.
En su momento, la explosión independentista sorprendió por su radicalidad en un mundo aún estable. Sin embargo, aquella excepcionalidad de Catalunya se ha desvanecido a medida que el sinsentido ha ido emergiendo por todas partes;
el procés , con toda su carga de irresponsabilidad e histrionismo, se queda corto al lado de lo visto en algunas de las democracias más admiradas del mundo, como es el caso de Estados Unidos con Trump
o Gran Bretaña con el Brexit. Y, más cerca, la crispación e irracionalidad del Madrid político genera un clima tan asfixiante como el de la Catalunya del procés .
Bien gobernado, el país puede potenciar su tejido productivo y una sociedad decente
A esa pérdida de excepcionalidad ha contribuido en mucho la sensatez y pragmatismo del Gobierno de Salvador Illa que, en pocos meses, ha recuperado los fundamentos del progreso en democracia: el respeto, el diálogo y el priorizar las cuestiones que inciden en el bienestar ciudadano, tan olvidadas desde hacía años. Este clima de serenidad ha favorecido que regresaran las sedes de grandes compañías, se desatascaran proyectos relevantes y volvieran a emerger los grandes atractivos del país; así empiezan a señalarlo indicadores económicos y estados de opinión.
Por todo ello, estamos ante la posibilidad de volver a ser una excepción, pero en sentido muy distinto. Desde una pequeña comunidad, nada puede hacerse para reconducir los despropósitos de unos tiempos tan absurdos; un mundo que contempla el hundimiento del orden internacional y da carta de naturalidad a sociedades fracturadas, que pierden la noción del bien común y aíslan al individuo diciéndole que se les apañe como pueda. Nos aterran las incesantes muestras de endiosamiento de Trump, pero no debería estremecernos menos salir a la calle y encontrarnos con una ciudad poblada de personas sintecho, o leer que la pobreza ya alcanza a cerca de una tercera parte de nuestros menores.
No tenemos alternativa a observar atónitos lo que pasa en el mundo, pero en lo inmediato sí la tenemos: una Catalunya bien gobernada puede potenciar su tejido productivo y agrupar a una gran mayoría del país en torno al anhelo de una sociedad decente, de un espacio donde aún perviva aquella humanidad que muchas personas y empresas buscan para desarrollar sus proyectos de vida. Recuperar cohesión perdida no resultará nada sencillo, pero, para conseguirlo, lo primero es no dejarse llevar por la corriente dominante que viene del otro lado del Atlántico y que también resuena en Europa o en el mismo Madrid.
