Basta sacar el pasaporte en el paso fronterizo de Ledra para entrar a otro mundo. Los minaretes de las mezquitas, las callejuelas serpenteantes de los bazares, las llamadas a la oración. Y muchas banderas blancas con una media luna y una estrella rojas, los mismos colores de la turca. Kebabs, cafeterías y golosinas turcas atrapan las miradas de los visitantes.
“Gracias a Turquía puedo dormir por las noches”, dice Dervish, el vigilante de la mezquita de Lala Mustafa Pasha, o la antigua catedral de San Nicolás, construida por la dinastía francesa de la Casa de Lusignan que gobernó Chipre durante la Edad Media. “Turquía nos manda agua, nos da seguridad. Si no fuera por ellos no llegaría la comida. Sin ellos no somos nada”, insiste. A su espalda, algunos turistas occidentales pasean maravillados por este edificio gótico que fue convertida en mezquita cuando el imperio otomano conquistó la isla.
El templo, símbolo de algunas de las culturas que han tomado la antigua isla de Afrodita hasta la fecha, está al otro lado de la Línea Verde. A día de hoy, y pese a los múltiples intentos diplomáticos de reunificar el país, Nicosia sigue siendo la última capital europea partida en dos, dividida por un muro que se resiste a caer. En un lado, un país miembro de la UE, con un crecimiento económico del 3,4% y una tasa de paro por debajo del 5%. En el otro, la República Turca del Norte de Chipre, que, más de cincuenta años después de la ocupación turca de 1974, sigue representando un tercio del territorio de la isla pese a que solamente la reconoce Turquía.
“Gracias a Turquía puedo dormir por las noches”, dice el guardián de una mezquita
Entre ambos territorios, la Línea Verde o la Zona de Amortiguación, que el jueves visitó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, prometiendo dar un nuevo “ímpetu” a los esfuerzos de paz. La trazó con un bolígrafo verde –ni rojo, ni azul, para evitar recordara a los colores de Grecia o Turquía– el funcionario Michael Parrett-Young en 1963 para contener los enfrentamientos entre las dos comunidades poco después de la independencia de Chipre, antigua colonia británica.
Hoy en día sus únicos habitantes son gatos. La guía turística que se la enseñó a Von der Leyen es un personaje conocido en la televisión chipriota por su protesta: su casa familiar se encontraba en esta tierra de nadie, todavía vigilada por un millar de soldados de la ONU. En Ledra, uno de los siete puntos de entrada, un restaurante de kebabs ha sido bautizado como “el muro de Berlín”.
La líder comunitaria viajó a Chipre con motivo del arranque del semestre en que ostenta la presidencia de la UE, un privilegio rotatorio por el que podrá tener una importante influencia en los debates comunitarios. Y, curiosamente, desempeñará este papel en un momento en que las fronteras internacionales parecen volátiles y tanto Donald Trump como Vladímir Putin demuestran no tener ningún respeto por la integridad territorial.
“Hay quien piensa que si no vamos allí será legitimar la ocupación”, dice una guía grecochipriota
Nada tienen que ver con el caso chipriota el conflicto de Ucrania o las amenazas de Trump de tomar Groenlandia por la fuerza, pero el Gobierno de Chipre tiene la misma respuesta siempre. Es decir, que se debe respetar el derecho internacional, aunque el inquilino de la Casa Blanca lo desprecie en público. Lo repiten, sin embargo, con una voz más clara cuando se trata de Kyiv. Los chipriotas creen que no toca hacer enfadar a Estados Unidos, insisten en que se están desligando de sus vínculos con Rusia y piden entrar en la OTAN si alguna vez Ankara les retira el veto.
Desde el centro de conferencias Filoxenia, donde acaban de estrenar un edificio dedicado a los encuentros de la presidencia de la UE en Chipre, esta tensión es muy visible. En lo primero que se fija el grupo de periodistas europeos cuando baja del autobús es en la enorme bandera de la República Turca del Norte de Chipre escarbada en la montaña junto a un lema demoledor: “qué feliz es aquel que dice yo soy turco”. “Estáis en un Estado miembro de la UE, el último bajo ocupación militar. Fuera de esta sala de prensa tendréis la prueba tangible en la montaña más allá de Nicosia. Esto es lo que los chipriotas deben vivir día a día como ciudadanos europeos”, explica la viceministra de Asuntos Europeos, Marilena Raouna.
Pese a los focos puestos de la UE en Chipre, el conflicto sigue absolutamente estancado. En el 2003 y en el 2017 llegó a parecer que un acuerdo era posible, pero ninguno de los dos lados quiere confiar en el otro y pesaron también los intereses internacionales, especialmente los de Grecia y Turquía.
Pero todavía hay quien mantiene la esperanza de que las nuevas generaciones impulsen la reunificación. La entrada de Chipre a la UE permitió el contacto entre dos sociedades hasta entonces herméticas, y hay turcochipriotas que, pese a no hablar griego, ya envían a sus hijos al otro lado de la capital en busca de mejores escuelas, aunque tengan que pasar controles de pasaportes dos veces al día. “Queremos la paz en la isla para ambas partes. Pero no creo que vaya a ser posible pronto”, lamenta Nadia, mientras toma un te con sus amigas en la parte turca.
Los jóvenes turcochipriotas cruzan en busca de productos que no pueden encontrar en su lado del muro, como el cerdo. Los grecochipriotas lo hacen en busca de mejores ofertas. “Algunos de los nuestros dicen que lo mejor es no ir allí porque damos dinero a los ocupadores. Otros, en cambio, reivindican que no quieren una división y que si no vamos a Chipre será legitimar la ocupación”, reflexiona Cristina, una guía turística que insiste en la “ilegal” ocupación . “A mí no me gusta ir al otro lado”, promete el vigilante Dervish. “Los policías nos miran mal y nos tratan como animales”.
