Resulta paradójico que EE.UU., que es el campeón del marketing, no sea capaz de valorar el coste reputacional que está teniendo la política de Donald Trump. Los sucesos de Minneapolis recuerdan a los años 50 con la caza de brujas emprendida por Joseph McCarthy. Si el macartismo perseguía a los comunistas con listas negras y acusaciones falsas, ahora el trumpismo persigue a los inmigrantes. Las campañas xenófobas contra los ilegales son fáciles de asimilar a la histeria de los puritanos contra la brujería en los juicios de Salem en el siglo XVII.
Tal vez todo ello resulte exagerado, pero el hecho cierto es que ha provocado la reacción de la sociedad civil, que ha iniciado un movimiento encabezado por Bruce Springsteen que se está extendiendo por todo el país. No deberían olvidar que fue también la sociedad civil la que forzó la salida de Vietnam en 1973 y ahora puede hacer perder a Trump las elecciones de medio mandato. Si esto sucede, la situación económica se puede complicar extraordinariamente porque la amenaza inflacionista y de una crisis de deuda sigue latente. Pero no hay mal que por bien no venga. Las actuaciones de Trump en política internacional han hecho reaccionar a Europa. Las amenazas de quedarse por la fuerza con Groenlandia han hecho comprender a los europeos que ya no pueden contar con la complicidad del amigo americano. Trump cree que sabe negociar muy bien con la estrategia de amagar y no dar. Pero el uso y abuso de los aranceles ha obligado a la Unión Europea a buscar otros aliados al margen de Estados Unidos, como India o el Mercosur y los que tendrán que llegar. En cuestiones de seguridad, también ha quedado claro que, con amigos como estos, Europa tiene que defenderse por sí misma.
Nadie ha hecho más por la consolidación y la unidad de Europa que el presidente de EE.UU.
Es decir, sin darse cuenta, Trump le ha quitado las muletas a los europeos en el ámbito político, económico y militar. Una de dos, o aprendemos a andar por nosotros mismos, o nos caeremos. Por tanto, debemos agradecerle que ha dado un impulso a la consolidación de Europa como el que no se producía desde la creación del euro. Nadie ha hecho más por la unidad de Europa que Trump. Incluso el Brexit, que tanto había apoyado en su primer mandato, parece que podría haber ido perdiendo fuerza y que cada vez serían más los británicos que piensan que habría que fortalecer los lazos con el continente. Pero más clara aún ha sido la actuación de Canadá con el discurso de su primer ministro, Mark Carney, que ha sido el más ilusionante de lo que va de siglo XXI. Todos los aliados de Estados Unidos hasta ahora reconocían su liderazgo, pero siempre que defendiera valores positivos. Pero nadie lo acepta a través del miedo, la coacción de los aranceles y el estrangulamiento económico. Es más que probable que, viendo la reacción que están provocando sus amenazas, Trump dé marcha atrás. Pero será tarde porque ha cuajado el convencimiento de que se han roto los vínculos trasatlánticos. Europa ha aceptado vivir sin muletas, aunque resulte difícil.
