Pese a que se venía anunciando, el caos en Rodalies nos ha cogido por sorpresa al superar la peor de las expectativas. Aunque ahora nos domina el monumental enfado y la urgencia por recuperar una mínima normalidad, la gravedad de lo vivido nos obliga a procurar entender el porqué del desastre como primer paso para evitar nuevos episodios de este inacabable desatino; esto no puede quedar con el tradicional señalar al otro y como si nada.
Así, lo primero será preguntarnos si el deterioro evidenciado en el tren es una excepción o si también se da en otros servicios públicos. Y, sin duda, en mayor o menor medida, prestaciones esenciales como la salud, la educación, la justicia o el acceso a la vivienda también vienen padeciendo déficits muy preocupantes, aunque sus consecuencias no se evidencien con la concreción y contundencia del ferrocarril. Unos déficits que no son exclusivos de nuestro país, sino que, arraigados en todo el mundo occidental, se han convertido en la semilla del malestar social y el auge del radicalismo político.
Esto no puede quedar con el tradicional señalar al otro y como si nada
En el caso de España, además, estamos pagando las consecuencias de la errónea fijación de prioridades en el transporte ferroviario. Hace décadas, todas las miradas se pusieron en el desarrollo de la alta velocidad en detrimento de la red convencional, entregándonos a un ridículo vincular la modernidad con el circular a 300 por hora, como si en el tardar media hora más o menos nos fuera la vida. Y en eso aún seguíamos hasta la tragedia ferroviaria en Adamuz; basta con recordar cómo, hace tan solo un par de meses, el ministro de Transportes alardeaba de que se alcanzarían los 350 por hora en el trayecto Barcelona-Madrid.
A su vez, estas dinámicas se han agravado en Catalunya por la indiscutible e incomprensible falta de inversión del Estado en la red de Rodalies, pese a las evidentes y continuas carencias del servicio; una falta de sensibilidad aún más preocupante en el contexto político de los últimos tiempos. Un desastre al que ha contribuido en muy buena medida la década de procés , unos años en que el gobierno catalán aparcó las prioridades ciudadanas para orientar todas las energías hacia una quimera, abocándonos a un país que, solo ahora, empieza a recuperar el tono y la orientación.
Así las cosas, pese a las circunstancias tan catastróficas, quiero creer que estamos ante un momento de oportunidad. De una parte, este tocar fondo viene a coincidir con el nuevo escenario que parecía abrirse con el reciente compromiso de inversión del Estado, acompañado del traspaso del servicio a la Generalitat. Y, aún más importante, con el buen hacer del Govern de Salvador Illa, que viene destacando por el discreto concentrarse en el gobierno de las cosas, ese alejarse de las utopías de los últimos tiempos para concentrarse en la mejora del bienestar ciudadano. Trabajo no les va a faltar.
