La llegada de los socialistas al poder en 1982 marcó el inicio de la llamada transición económica. España pasó de un modelo industrial basado en recursos baratos a otro moderno enfocado en servicios, turismo, comunicaciones y finanzas. Felipe González impulsó esta modernización con la idea de hacer que las cosas funcionaran. A comienzos de la década de 1990, el entonces ministro de Obras Públicas y Transportes, Josep Borrell, describió el significativo cambio que había experimentado el país utilizando una metáfora: España ha evolucionado rápidamente y las estructuras tradicionales se han visto superadas por el desarrollo alcanzado: “El niño se ha hecho adulto y las costuras de su viejo traje estallan por todos los lados”.
Se necesitaba un proyecto de país y hubo un gran consenso para lograrlo. Primero fueron los socialistas y después les siguió el PP. Todos manos a la obra apoyados en las privatizaciones y en la liberalización de la economía, que atrajo grandes inversiones para construir infraestructuras de red: autopistas, telecomunicaciones, tendidos eléctricos, ferrocarril, etcétera. Fueron los años de mayor prosperidad.
Consenso
Hay reformas estructurales pendientes que ahora son más necesarias que nunca y que requieren de consenso para que España no pierda el tren de la revolución digital
Si el símbolo del Plan de Desarrollo fue el Seat 600, el símbolo de la modernización de España fue el AVE (alta velocidad española), que comenzó a operar el 21 de abril de 1992 conectando Madrid con Sevilla en poco menos de tres horas para la Expo’92. Marcó un hito que nos hizo a todos sentirnos orgullosos.
Veinticinco años después, aquel traje ha vuelto a quedarse viejo y pequeño, sus costuras estallan por los cuatro costados. Cuando no falla la red eléctrica provocando el mayor apagón del siglo, es la canalización de agua la que provoca dramas como el de la dana en Valencia, o el descarrilamiento de Adamuz, por no citar el caos de los trenes de cercanías. Una lista que completarán las carreteras, las telecomunicaciones y la prevención de emergencias. España se irá quedando cada vez más atrasada a los ojos del mundo.

El símbolo de este deterioro vuelve a ser el AVE, que se ha convertido en la España a baja velocidad. Las dos horas y media a Barcelona en tren se han convertido en el doble. Por carretera hay que tener cuidado. Los microcortes eléctricos son constantes y la conexión a internet no llega a todas partes y es inestable.
Todo ello está frenando las inversiones y nos está haciendo perder el tren de la revolución digital. Es lo que se llaman las reformas estructurales pendientes y que ahora son más necesarias que nunca porque España puede quedar retrasada. Es todo un síntoma que los fondos Next Generation que llegaron de Europa y que se iban a destinar a cambiar el modelo productivo se están devolviendo en buena parte porque no se han utilizado. Desaprovechar el ciclo expansivo y la fuerte recaudación de Hacienda es un pecado que difícilmente nos van a perdonar las futuras generaciones.
Ha sido necesaria una tragedia ferroviaria con 46 fallecidos para tomar conciencia de que España no funciona y que es necesario un nuevo proyecto de país como el que se diseñó a finales del siglo pasado. Pero dicho proyecto es imposible con el nivel de enfrentamiento que existe en este momento y que impide cualquier tipo de acuerdo entre los dos principales partidos a pesar de que representan más del 70% de la soberanía popular. Gobierne quien gobierne, la primera decisión tendrá que ser recuperar el consenso, ya que un proyecto de país es obra de una generación, no solo de una legislatura.
