Starmer sacrifica a su jefe de Gabinete en un intento por salvar la cabeza por Mandelson

Perseguido por una jauría de sabuesos hambrientos de poder y ávidos de sangre (los diputados laboristas), el primer ministro británico, Keir Starmer, les ha arrojado, con tal de que miren a otra parte, el equivalente de un chuletón de rubia gallega: la cabeza de su jefe de Gabinete, hombre de máxima confianza y arquitecto de la mayoría absoluta del Labour en las elecciones de hace año y medio, Morgan McSweeney.

Para Starmer es como la amputación sin anestesia de una pierna en un intento desesperado para impedir que la gangrena de su gestión e innumerables errores se extienda por todo el cuerpo, y se lo lleve al otro barrio (lo cual, según los médicos, todavía no se puede descartar). McSweeney era el último parapeto entre él y sus detractores. Al sacrificarlo, se ha quedado sin escudero. Si hay una víctima más, será el premier.

Downing Street ha escenificado la situación para que parezca una dimisión real, un gesto altruista del ya ex jefe de Gabinete, como una bruja que se mete voluntaria en la hoguera antes de ser empujada a la pira funeraria, un último favor a su caudillo para que éste pueda sobrevivir y librar la batalla final.

“Yo recomendé a Peter Mandelson como embajador en Washington y asumo plenamente la responsabilidad, fue una decisión que ha dañado la confianza en el partido, en el país y en toda la clase política, de modo que la única salida honorable es marcharme”, afirmó McSweeney en su renuncia un domingo a la hora de comer, cuando los perros tenían ya rodeado a Starmer y sólo una distracción podía libarle de su furia. Starmer nombró a Mandelson embajador a pesar de conocerse su relación con Jeffrey Epstein, el financiero estadounidense que se suicidó en prisión mientras esperaba ser juzgado por tráfico sexual de menores. El líder británico cruza ahora los dedos para que sus enemigos hayan quedado saciados de sangre.

El premier ha ganado tiempo (¿hasta la elección parcial de finales de mes en Gorton y Denton, hasta las autonómicas y municipales de mayo, más que eso?) pero se ha quedado sin su estratega y sin estrategia, si es que a sus conti-nuas marchas atrás se le podía llamar así. La obsesión de McSweeney era navegar las aguas del centro, que han resultado mucho más turbulentas de lo esperado. Orquestó la purga de Corbyn y los corbynistas, convenció al premier de que diera por cerrado el Brexit y endureciera su política antiinmigración, y dirigió el timón a la captura de los antiguos votantes de clase obrera del norte de Inglaterra que se han pasado a Farage.

Fue una decisión que ha dañado la confianza en el partido, en el país y en toda la clase política

Morgan McSweeney

Ex jefe de gabinete de Starmer

Irlandés, nieto de un correo del IRA e hijo de un contable y una profesora de bridge en la República, McSweeney se trasladó a Londres con diecisiete años y trabajó como paleta en diversas obras, sin mostrar interés aparente en el ejercicio del poder hasta que estudió Ciencias Políticas y se ofreció a hacer prácticas voluntarias al Labour. Apostó por el tecnócrata Starmer como la mejor opción del partido para recuperar el mando tras 18 años de mandato tory. Diseñó un astuto plan que se tradujo en la mayoría absoluta del 2024, un 63% de los escaños con sólo un 33% de los votos. Un joven de ciudad pequeña (Cork), al servicio de un abogado pro derechos humanos y ex fiscal del Reino.

El ex jefe de Gabinete encontró las riendas del poder mucho más complicadas que las de la oposición, patrocinando medidas como la congelación de los subsidios a las familias de más de dos hijos, la cancelación de las ayudas para pagar la electricidad a los jubilados, la subida de impuestos a los granjeros y un carnet de identidad obligatorio, todas las cuales resultaron en marchas atrás. Incluyó en un discurso de Starmer la frase de que la inmigración está convirtiendo el Reino Unido en “una isla de extraños” (de la que el primer ministro tuvo que desdecirse) y, sobre todo, presionó para la designación de Mandelson como embajador, un amoral y delincuente sin escrúpulos en la corte de otro amoral y delincuente sin escrúpulos. Le pareció un golpe maestro pero ha sido su perdición.

McSweeney impulsó un programa de centro derecha, arrojando unas cuantas migajas a la izquierda (imposición del IVA a los colegios privados, ampliación de los derechos a los trabajadores, renacionalización de los ferrocarriles, energía verde…). Pero el sector más progresista del partido se puso en su contra, convencido de que era una influencia negativa sobre Starner y le hacía dar vueltas como una peonza. “El problema es que en el Parlamento hay demasiados don nadie que se creen JFK”, comentó una vez.

Starmer estaba en el corredor de la muerte, atado a la silla eléctrica, y el sacrificio de McSweeney ha sido como una llamada telefónica de último hora postergando la ejecución. Pero se ha quedado sin apelaciones.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.

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