Un ‘management’ valiente

Es un momento para ser valientes. Es un momento para reivindicar un management lleno de equilibrio y humanidad. No faltarán voces que, al compás de los populismos emergentes, piensen en volver a aquello de que en las empresas lo que no son pesetas son puñetas. No faltarán los que querrán aprovechar la inteligencia artificial para empequeñecer el papel de las personas. Pero es un momento para consolidar equilibrios. Necesitamos un management que permita enfrentar el desafío de la inteligencia artificial sin arrinconar a las personas. Al contrario, lo sensato es que la inteligencia artificial potencie a las personas, no que las sustituya. El equilibrio en las empresas y en la sociedad tendrá siempre su punto de apoyo en las personas.

Es un buen momento para proponer un management que sea capaz de defender a la vez la competitividad, la bondad y la belleza. Es un triángulo valiente y apasionante. Es un triángulo más difícil que subrayar una empresa centrada en sus operaciones y sus intereses exclusivamente. Es más difícil que llenarnos la boca de buenismo y de retóricas supuestamente humanistas pero que olvidan que las empresas sin resultados positivos no sobreviven. Es más difícil porque para algunos las empresas no tienen nada que ver con la belleza, sino con la estética de la especulación. El triángulo competitividad – bondad-belleza es más difícil, pero es lo que tiene sentido. No es un momento para rendirse ni a las máquinas ni a los que defienden un management sin límites y una inteligencia artificial sin contención.

El triángulo

El triángulo competitividad, bondad y belleza es para los que apuestan por una empresa que busca la positividad de su comunidad con la condición dar resultados positivos

Les confieso que en otros momentos hubiera sentido una especie de prevención de mezclar la bondad y la belleza con la empresa. Han tenido que pasar muchas décadas y muchos clientes mediante para defender que este triángulo es lo más consistente a lo que podemos aspirar. Este triángulo lo aprendí de mis clientes. Hace años que Michael Porter definió que la ventaja competitiva de las empresas podía venir por dos cosas, o por ser más eficiente que su competencia o por la diferenciación que logra ante su competencia. Años después Rita Gunter Mc Grath, nos explicó que la innovación y el cambio tecnológico reducían la vida de las ventajas competitivas de larga duración definidas por Porter y que se trataba de saber combinar muchas ventajas transitorias en un mundo en plena transformación para poder mantener nuestras empresas a flote. 

En la era de la inteligencia artificial la ventaja competitiva continuará siendo la clave. La ventaja competitiva vendrá de las personas, con mucha IA, pero de las personas. Las empresas no viven de la inteligencia artificial. Las empresas viven de los clientes. Ser una empresa consistente es evolucionar con los clientes y desarrollarlos con nuevas propuestas que tienen éxito cuando se sirven medio paso por delante. Sin competitividad nada es sostenible, ni la propia empresa humanista. Las empresas se sostienen por la competitividad, pero las personas necesitan ir más allá de la competitividad.

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Lo relevante es saber combinar competitividad con bondad. Es saber competir con límites. Es saber ganar dinero, pero no de cualquier manera. Un management que, como decía Peter Drucker, no se centre en hacer las cosas correctamente, sino en hacer las cosas correctas. No hablamos de bondad para proponer procesos de beatificación o perfiles pluscuamperfectos. Hablamos de que los referentes de las empresas sean gente que además de ser grandes profesionales sean gente que opte por la honestidad. Que sean buenas personas sin necesidad de postureo buenista. Que sea gente que tenga claros los límites, que practique el respeto y que si se equivoca sepa pedir disculpas. 

Y esa bondad es una bondad de trinchera. Es la decencia en medio de la trinchera, con la tensión del día a día, con éxitos y con fracasos de por medio. No es una bondad de laboratorio. Y todo ello ligado a la competitividad. Los que se quedan con la bondad y se olvidan de la competitividad, se equivocan de lugar. Las empresas necesitan sobrevivir con resultados positivos alcanzados de un modo en el que la gente se pueda mirar al espejo sin ruborizarse. Es la bondad del esfuerzo y de competir sin externalidades negativas para las personas ni para la naturaleza. Hacer que la integridad sea importante dentro de la empresa, sabiendo que uno se puede equivocar y que tiene el derecho a rehabilitarse de sus errores. Una bondad sin superioridad moral, sin ese rin tintín insoportable de los purismos. La bondad como esa manija de coherencias que hace que no se pueda sentir orgulloso del lugar donde trabaja.

Evolución

Las empresas no viven de la inteligencia artificial; Las empresas viven de los clientes y se sostienen por la competitividad

Y por último nos queda la belleza. Volvamos a los clásicos y al Renacimiento, donde bondad y belleza se entrelazaban. La belleza como contribución a legados con más estética que vanidad. La belleza como una contribución de otro nivel. Es la belleza del diseño que impregnó a Olivetti, a Apple. Es la belleza de los espacios. Pienso en las fábricas maravillosas como el Vapor Aymerich, Amat i Jover, en sedes corporativas como la de Simon o de Puig en Barcelona, en tiendas como el de Zara de Serrano, o en algunas de las más famosas bodegas españolas. Aquellos que contraponen beneficios o funcionalidad a la belleza nunca nos dejarán legados perdurables. Piensen en el Renacimiento, una época de guerras entre ducados italianos, de hogueras en la plaza pública, de cainismo político y sin embargo solamente sobrevivió la belleza. La belleza y la bondad conviven con la trinchera y la adversidad. Al final solamente queda la belleza. Nada más.

El triángulo competitividad – bondad y belleza es para los que apuestan por una empresa que busca la positividad de su comunidad y de la sociedad y sabe que todo ello tiene como condición dar resultados positivos. Conozco a muchos referentes de este triángulo, gente que nos deja semillas prolíficas. Gente que va en serio a la hora de competir, que son gente decente y que si puede apuestan por la belleza en vez de apostar por la mediocridad. En el centro del triángulo competitividad-bondad-belleza anida el management humanista.

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