“Somos los judíos de Putin”

Oksana Zabujko sabe que el futuro es sombrío aunque una luz tenue y lejana siga brillando en la oscuridad. Ella, una de las intelectuales más relevantes de Ucrania, no la pierde de vista. Avanza hacia esa esperanza guiada por la lengua y la historia de una nación que no encuentra su lugar en Europa porque Rusia se lo impide.

“En esta guerra somos los judíos; somos los judíos de Putin”, afirma sin dramatismo, con la frialdad que exige cualquier combate existencial. Quien resiste con la soga al cuello no guarda espacio ni energías para el melodrama. Toda la fuerza se le va en demostrar que tiene derecho a ser quien es, a vivir con una identidad propia, genética, heredada, no impuesta por el poder colonial.

Oksana Zabujko, una de las intelectuales más reconocidas de Ucrania, estará esta semana en el CCCB 
Oksana Zabujko, una de las intelectuales más reconocidas de Ucrania, estará esta semana en el CCCB Global Images Ukraine via Getty

El presidente ruso cree que Ucrania no es una entidad política ni histórica. Afirma que el pueblo ucraniano no existe y que su lengua, en todo caso, es folclórica. Zabujko, que esta semana estará en el CCCB, escribe novelas, ensayos y poemas para demostrar lo contrario. “Rusia nos quiere someter y asimilar. Así ha sido desde hace siglos. Quiere una Ucrania colonizada y que nosotros seamos sus esclavos”.

“Rusia nos quiere someter y asimilar; quiere una Ucrania colonizada y esclavizada”

Son las siete de la tarde de un viernes de febrero y Zabujko me ha citado en Musafir, un restaurante tártaro en el centro de Kyiv. Hace cuatro años, al inicio de esta nueva guerra, era uno de los pocos locales que no cerraron. Servían café y platos tártaros de Crimea a las pocas personas que desafiaban el miedo.

Hoy es distinto. La guerra se ha normalizado, es viernes y Musafir está lleno de kievitas con ganas de empezar el fin de semana con buen pie. Oksana ha pedido una mesa lejos de la orquesta. Compartimos unas empañadillas (chebureki), una ensalada verde, media berenjena rellena y rollitos de arroz y carne envueltos en hojas de parra (sarma). Brindamos “por la victoria” con dos copas de vino tinto.

“Desde hace cuatro años, el primer brindis es siempre por la victoria”, aclara Oksana. Este ritual de chocar las copas por la victoria es, sobre todo, una afirmación nostálgica del yo, la constatación de que este conflicto solo puede resolverse con la rendición del enemigo en el campo de batalla.

“Las negociaciones de paz son una vergüenza. El único propósito es complacer a Putin. No hay nada que discutir. Ya lo dijo Golda Meir: ‘queremos vivir pero nuestros enemigos nos quieren muertos’; no hay lugar para el compromiso”.

Oksana cree que no hay alternativa a seguir luchando hasta el último hombre porque “las pérdidas que ahora sufrimos en el campo de batalla son muy inferiores a las que causará la represión rusa el día que capitulemos. No se podrán comparar. Putin nos aniquilará. Lo vimos en Bucha y lo veremos en Dontesk si algún día logramos liberarla”.

En las primeras semanas de la invasión, el ejército ruso llegó a las puertas de Kyiv. En Bucha y otras poblaciones al norte de la capital, asesinó de decenas de civiles. Descubrir las fosas comunes cuando Ucrania recuperó el terreno perdido fue la prueba más clara de que la barbarie volvía a asolar estas tierras como siempre lo había hecho, con mucha crueldad y desprecio por la vida humana.

Los ucranianos no olvidan el Holodomor, la muerte de millones de personas entre 1932 y 1933 a causa una hambruna provocada por la Rusia de Stalin. Fue un genocidio que antecedió al exterminio de un millón largo de judíos ucranianos durante la Segunda Guerra Mundial.

Oksana traza una línea entre ambos genocidios, es decir, entre Stalin y Hitler. “Ambos dictadores cerraron un pacto de no agresión en 1939. Hitler lo rompió y Stalin ayudó a los aliados a derrotar a Alemania. Creer que por esto Stalin era mejor que Hitler fue un error muy grave de Occidente que ahora pagamos con esta guerra. Si Stalin sintió que Alemania lo traicionaba, lo mismo ha sentido ahora Putin”.

Zabujko une a Hitler con Stalin y a ambos con Putin, genocidas de judíos y ucranianos. El presidente ucraniano, Valdímir Zeleski, es judío y de nada le ha servido su origen ruso ni la mano que tendió a Putin cuando llegó al poder.

Zabujko sostiene que Rusia tiene “un gen imperialista” que “Occidente no supo ver cuando cayó la URSS”

No le ha servido porque Rusia, según Zabujko, “tiene un gen imperialista” y solo trata de igual a igual a los que son auténticamente rusos. “Occidente no supo verlo cuando cayó la URSS. Creyó que el problema de Rusia era el comunismo, pero era y sigue siendo el imperialismo”.

Explica cómo Rusia ha necesitado el imperio para protegerse de los invasores y explotar los recursos de otros pueblos y constata que fue Ucrania quien dotó a Rusia de este imperio. “En el siglo XVII nosotros, los ucranianos, éramos el imperio ruso, un imperio ortodoxo frente a la católica Polonia y frente al imperio otomano. Los cosacos ucranianos debían ocupar Constantinopla. Kyiv debía ser un segundo Jerusalén, la esencia espiritual de Rusia.”

Ucrania no podía ser Ucrania si, al mismo tiempo, debía ser la cuna espiritual de Rusia. La represión cultural y lingüística arrancó entonces, hace tres siglos. Stalin la intensificó. Cientos de miles de ucranianos fueron perseguidos y ejecutados. “El 80% de los presos políticos en las cárceles de la URSS eran ucranianos”, aclara Zabujko. El último poeta en una cárcel rusa murió en 1985.

Hace treinta años, Zabujko trasladó esta relación de abuso y sometimiento a una novela que transformó Ucrania. La tituló Trabajo de campo en sexo ucraniano. Plantea el abuso dentro de una pareja y lo compara con el que sufre Ucrania a manos de Rusia. “Simplificando un poco, es la historia del abusado que se convierte en abusador”, explica. Rusia, traumatizada por los ejércitos invasores desde tiempo inmemorial reproduce en Ucrania los crímenes que ha sufrido. La historia, marcada por la violencia, alumbra una identidad opresora frente a la que Ucrania y la protagonista de la novela se rebelan.

Zabujko lamenta que Occidente haya escogido el confort material y moral por encima de la paz

Rusia invadió Ucrania en el 2014 como reacción a una revolución europeísta. No habría emancipación fácil, pero tampoco sometimiento.

Zubujko enmarca la resistencia de Ucrania en la renuncia al confort y al relativismo moral. Critica que las sociedades occidentales hayan escogido el confort por encima de la paz. Confort material y confort moral. “Ucrania, sin embargo, demuestra que hay otra vida. Seguimos vivos sin confort y podemos decir que no es una mala vida. Era mucho peor cuando éramos hijos de Rusia y teníamos miedo a perderlo”.

Es terrible reconocer que de la guerra puede salir algo bueno, pero así es. Zabujko está convencida. “Vivimos en la frontera de la civilización y hay que tener agallas para defender esta tierra de tantas invasiones. Pero lo estamos logrando, y hoy Ucrania es el país más grande de Europa y el que tiene el ejército más poderoso. Europa debería darse cuenta de que Trump y Putin van de farol y que nosostros vamos en serio”.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S

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