Es muy tentador, por mor de hacer llegar mensajes claros a los lectores, sobre-simplificar los argumentos económicos. El peligro de hacerlo, sin embargo, radica en el hecho de que sean descalificados por la vía de mostrar algunas aristas no mencionadas en las afirmaciones que probarían su debilidad por su carácter incompleto. Y sobre la base de esta parte, se podría acabar rechazando el todo, deslegitimando el argumento.
Querría poner un par de ejemplos. Hoy, en el debate sobre la inmigración, cualquier cuestión que se pueda interpretar como limitativa de la entrada o en favor de la selección de recién llegados recibe fácilmente una descalificación política. En realidad, de lo que se trataría es de que con unos salarios mínimos suficientes, lo bastante altos para una vida digna, algunas empresas ya ni optaran por la contratación si no mejora su competitividad sobre la base de una productividad más elevada. Y lo hagan sin basarse en subsidios públicos o en centrifugar parte de los problemas que la contratación genera en forma de externalidades sociales. También podría tratar del hecho de que fuera la misma normativa laboral la que exigiera que determinados lugares de trabajos de atención al público tengan que conocer la lengua propia del país, de manera que eso se reflejara en una prima lingüística para el trabajador que invirtiera en aquel conocimiento. Sería, pues, la regulación pública de los salarios mínimos o el cumplimiento de la responsabilidad empresarial la que incentivaría aquel empleo más selectivo.
No es la explotación del trabajo lo que nos hará más ricos sino ofrecer mejores productos
Un argumento también bastante confuso y simplificado es la de si hace falta crecer o decrecer por el bien del progreso del país. Es obvio que la mejora del bienestar contiene elementos culturales, de estilos de vida, etc., pero también de capacidad económica en renta para hacer frente a las necesidades de las familias. De manera que el dilema no es si se crece o no, sino como se crece. D. Susskind nos lo recuerda en un libro que acaba de ser recientemente traducido al castellano ( Crecimiento Historia y balance, Ed. Antoni Bosch). La renta per cápita, los ingresos familiar brutos disponibles, mejoran tanto por el efecto de la eficiencia técnica (más producción por hora trabajada) como también por el precio del producto final. Con una productividad determinada, la renta mejora si el producto contiene más valor, y se refleja en la estima, el precio, que le otorga el consumidor. No es la explotación del trabajo lo que nos hará más ricos, sino la capacidad de las empresas para ofrecer mejores productos. Queda claro que si estos productos tienen costes ambientales o de cualquier otro tipo no internalizados por las empresas, hay que incorporarlos. Aquí el antídoto a esta manera de crecer no puede ser otra que hacerlo de manera diferente. Se trataría de compasar la ‘cuenta de resultados’, los flujos de renta de final de año, los EBITDAs, con los balances patrimoniales. Más allá de salvar la temporada, habría que valorar cómo se ha deteriorado el patrimonio, el capital humano, y el social, si es el caso, de la misma manera que lo hacemos todos en nuestra casa cuando valoramos consumo y deuda, ahorro hoy para más renta en el futuro, o bien tener, al contrario, el ‘pan para hoy y hambre para mañana’. Por lo tanto, es la manera en la cual contabilizamos el crecimiento y no la disyuntiva de si crecemos o no anualmente lo que se vuelve importante. Y finalmente, remarcamos que tener una tasa de crecimiento cero no quiere decir decrecer, sino mantener el nivel de demanda anteriormente alcanzado. Y, en términos cuantitativos, una oportunidad de hacer lo mismo, pero mejor, que es la llave por el aumento inequívoco de renta y bienestar a la vez.
