Los hombres más poderosos del mundo no hablan de nosotros cuando se citan en Pekín. Ignoran la democracia y los retos globales. La fuerza parece darles la razón, pero solo porque aún no hemos recuperado la fe en nosotros mismos.
Donald Trump y Xi Jinping, los dos hombres más poderosos del mundo, no piensan en nosotros. Durante los dos días que han pasado juntos en Pekín han sonreído mucho y se han cubierto de flores, pero no hay dicho nada a favor de un mundo mejor, menos violento y más sensato. Ni una palabra sobre cómo afrontar los retos globales, desde las cadenas de suministro a la crisis climática. Nada, tampoco, sobre los derechos humanos. Dicen que han hablado mucho de todo pero no han acordado nada. No han dicho ninguna palabra a favor de la humanidad, ningún mensaje esperanzador aunque fuera mentira.
Trump buscaba un gesto de Xi para abrir Ormuz, pero no ha sido así. Bastaría una palabra del presidente chino para que los ayatolás cedieran, pero esta orden no se ha dado. Ormuz sigue cerrado.
Xi asegura a Trump que no tomará Taiwán por la fuerza y éste le dice que se mantendrá al margen
Xi, por su parte, sí que ha conseguido lo que quería de Trump, nada menos que el compromiso de que no defenderá Taiwán. No ha habido un anuncio oficial en esta línea, ni lo habrá, pero es evidente. Desde el día que Trump decidió que América era para los americanos , es decir, los estadounidenses, los chinos entendieron que Taiwán y su zona de influencia en el Pacífico era suya. Si Trump se quedaba con el canal de Panamá, además de Venezuela y Cuba, China podría hacer lo mismo con Taiwán y las islas en disputa con Japón, Filipinas y Vietnam. A Trump no le importa. Mantiene en la nevera un pedido de armas que Taiwán necesita para renovar sus defensas, hoy incapaces de resistir una ofensiva china. El pedido está valorado en 14.000 millones de dólares, pero por una vez parece que Trump no quiere hacer negocios. No, al menos, a costa de su “gran amigo” Xi, que debe de haberle asegurado que no tomará la isla por la fuerza.
Xi y Trump no han hablado de nosotros, sino de ellos. Se han repartido sus zonas de influencia y nada han dicho tampoco de Ucrania. Si Irán está a merced de China porque ésta le compra casi todo su petróleo, más aún lo está Rusia. Putin no podría sostener la invasión de Ucrania sin el apoyo de Xi y lo malo para Europa es que a Trump esta alianza le parece bien. Preferiría que Putin ganara la guerra y que la Unión Europea se desintegrara.

Así que, si los hombres más poderosos del mundo no hablan de nosotros, ¿quién lo hace? Nuestros líderes hablan mucho, pero no nos convencen. Están siempre en campaña electoral, prometiendo lo que es difícil cumplir y tomando decisiones que no ayudan al bien común europeo.
La cita Xi y Trump evidencia la debilidad de una Europa que se olvida de sí misma
Europa, para empezar, no tiene una política común con China. Los presidentes y primeros ministros europeos visitan Pekín con frecuencia pero para hablar de lo suyo, no de lo nuestro.
Pedro Sánchez, por ejemplo, permite a China abrir fábricas de automóviles en España para así evitar los aranceles de la UE a sus coches eléctricos. Sánchez, por lo tanto, introduce en Europa un caballo de Troya que puede destruir la industria automovilística europea. Esta industria es un pilar de la economía alemana, que es el motor de Europa. Si Europa tuviera una política común con China podría negociar desde la unidad, es decir, desde una posición mucho más fuerte. A cambio de un mayor acceso al mercado europeo, Bruselas, por ejemplo, podría exigir a Pekín un alto el fuego en Ucrania. El gobierno chino haría números y seguramente respondería con una contrapropuesta, pero la relación estaría más equilibrada. Sin embargo, como no es así, cada país va a la suya y Rusia persiste.
Alemania entiende que fabricar coches ya no es tan beneficioso y hace una apuesta por el negocio de las armas. Este año ha aprobado un gasto cercano a los 83.000 millones de euros, un 15% del presupuesto federal. En el 2031, Alemania no solo tendrá el ejército más poderoso de Europa, sino la industria que lo hará posible. Esta industria y este ejército serán alemanes primero y solo después europeos. Hoy, el partido neonazi Alternativa por Alemania es la fuerza política más popular. Conseguiría el voto de uno de cada tres electores. ¿Qué hará Alternativa por Alemania con el ejército más poderoso de Europa si un día asume el poder?
Como responder a esta pregunta asusta un poco, deberíamos hablar de lo nuestro, de lo que nos pasa y de lo que más nos conviene, es decir, de todo lo que no hablan ni Xi, ni Trump y tampoco nuestros entristecidos líderes europeos.
Si vivimos rodeados de hombres fuertes que van a la suya es porque ya nadie presta atención a lo que somos, es decir, ciudadanos de una democracia liberal. Esto implica ser libres, es decir, disponer de la libertad necesaria para convertirnos voluntariamente en lo que queremos ser. También supone ser generosos. El hombre libre en la antigua Grecia también debía ser generoso. Mi libertad, al fin y al cabo, no puede ser a costa de la de nadie. Esta generosidad propicia la tolerancia hacia el otro, es decir la fraternidad, el vivir juntos. La fraternidad es el nexo de unión entre la libertad y la igualdad. Desde la Revolución Francesa de 1789 estas tres palabras definen las sociedades democráticas europeas. Esto es lo que somos, aunque no lo parezca.
Por eso, cuando los hombres más poderosos del mundo nos ignoran y cuando nuestros gobernantes tampoco son capaces de ponernos en valor, no tenemos más remedio que ser nosotros, los donnadies, los que alcemos la voz para decir que no puede haber futuro sin nosotros, sin los hombres libres y generosos.

