Aquel día, el galerista Jorge Alcolea presentaba una exposición del italiano Fabio Colella en su sala de la calle Johann Sebastian Bach de Barcelona. Era sábado y por casualidad estaba de guardia con Cristina Jolonch, y Ramon Suñé al frente de la sección de Vivir de La Vanguardia. Llevaba conmigo a Simón y Lola y acepté la invitación de escaparme a disfrutar de las pinturas y compartir un plato de pasta que el pintor había cocinado allí mismo para celebrar la muestra. El plan era inmejorable, y más cuando mi amiga y periodista Ana Terradillos me confirmó que estaría también en la inauguración.
Las fotografías de las mesas cubiertas con manteles sicilianos de cuadros rojos y blancos me ayudan ahora a ser precisa en las horas. Ni probé la pasta que me sirvió Alcolea a las tres de la tarde. La guardia me obligaba a estar pendiente del teléfono. De repente, recibí el mensaje de una conocida que me aseguraba que Isak Andic, el dueño de Mango, había muerto en un accidente de montaña en Montserrat. Se lo comenté a Alcolea, que, como muchos de los presentes aquella tarde en la galería, conocía personalmente al fallecido, mecenas y apasionado del arte. Y a Terradillos le salió la vena de la inmediatez periodística de sus fantásticos años como responsable de la información policial en la Cadena SER, convirtiéndose en la voz de todas las noticias vinculadas con la organización terrorista ETA. “Dime cosas”, me gritó antes de que yo saliera disparada hacia la redacción con los perros.
Cargué a Simón y Lola en la mochila con la que viajan en moto y nos fuimos a la La Vanguardia. Escribí a mi director, Jordi Juan, tras confirmar con dos fuentes policiales la identidad de la víctima, y me advirtieron de que el cuerpo todavía no había sido rescatado. Fuentes de Mango confirmaron la muerte de Isak Andic a mi director y a las 16.05 h terminaba de redactar la primera de las crónicas que firmaría en los siguientes 14 meses sobre las circunstancias que han rodeado el fallecimiento del que fue el hombre más rico de Catalunya.

“El dueño de Mango muere al caer de una altura de 150 metros en las minas de Collbató”, titulé aquella primera crónica para la web. Acompañaba la información de una imagen que ya se ha convertido en el símbolo del legado de Andic, un retrato reciente en blanco y negro en el que el empresario turco afincado en Barcelona miraba con dulzura a la cámara. En esa primera información aseguraba que la víctima, que había resbalado y caído al vacío, estaba acompañado de su pareja Estefanía Knuth y del mayor de sus hijos, Jonathan Andic. En los días posteriores se confirmó que solo el primogénito acompañaba al empresario en la excursión. La confusión se produjo porque el ahora acusado de matar a su padre, la primera persona a la que telefoneó tras la caída fue Estefanía y esta se personó en el lugar inmediatamente, incluso antes que algunos de los policías que se desplazaron. De ahí que esas primeras informaciones la situaban en Montserrat con el padre y el hijo. Como tampoco fue cierto que Jonathan pidiera al personal de seguridad de su padre que los dejara solos aquella mañana.
No había terminado de escribir la crónica cuando me telefoneó Ana Terradillos desde el hall de acceso al edificio de La Vanguardia. Plantó a su pareja, el galerista, a su amigo el pintor y el instinto periodístico la condujo hasta La Vanguardia. La vasca afincada en Madrid lleva ya unos años retirada del frenesí de la inmediatez de la radio, ahora conduce uno de los matinales de Telecinco, La Mirada Crítica. Ocupó la mesa vacía de mi lado en la redacción y me acompañó prácticamente toda la tarde.
La relevancia económica y social del fallecido, buen amigo además del editor del Grupo Godó, Javier Godó, obligaba a dimensionar la noticia en la edición de papel y dedicarle al suceso, al personaje y a su trayectoria varias páginas del periódico. A medida que avanzaba la tarde, tiré de agenda y empecé a enviar mensajes a las fuentes. Esa tarde era imposible acercarse hasta el camino de Collbató. A mediados de diciembre oscurece con rapidez y ya sabía por policías y compañeros de las televisiones que los Mossos d’Esquadra habían cortado el acceso al punto en el que se había producido la caída.
Nunca antes había transitado esa ruta de montaña, ni siquiera de pequeña con mi colegio de Baró de Viver, como es costumbre ahora que la hagan numerosos estudiantes para visitar las cuevas del Salnitre. Estaba segura de que alguno de mis hermanos, Alberto o Iñaki, vecinos de la zona, conocerían el camí de les Feixades de Montserrat. Y así fue. Tanto uno como el otro, como sus mujeres, Gloria y Esther, habían hecho infinidad de veces la ruta y no engaño si digo que fueron los primeros que me mostraron su extrañeza. “¿Es complicado el camino?”, pregunté. “Qué va. Si se celebra incluso una marcha nocturna que reúne a un montón de personas todos los años”. Los siguientes en destacar la facilidad de la ruta fueron los mossos nada más pisar el lugar, quienes compartieron sus dudas con sus superiores.

Las dos primeras páginas dobles de La Vanguardia al día siguiente trasladaron a los lectores los mismos interrogantes que verbalizaron los policías. Sin paños calientes, pero con prudencia. El hombre más rico de Catalunya había muerto al precipitarse al vacío en un camino, tipificado de seguro por el Patronat de la Montanya de Montserrat, y en el que no había constancia de que se hubiera caído antes nadie.
Aquellas dudas sobre la naturaleza de la caída vinieron acompañadas de un sinfín de comentarios intencionados que empezaron a llegar a la redacción, sin pedirlos, sobre unas convulsas relaciones, entre el padre y el hijo que, visto lo visto, eran del dominio público en Barcelona. De repente muchos presuntos amigos de la víctima estaban dispuestos a contar, sin ser citados, episodios de esa pésima relación que aseguraban haber vivido en primera persona.
En aquella primera crónica se hacía referencia a las buenas condiciones del camino, a esas relaciones complejas entre el padre y su hijo, y a esa crisis que vivieron ambos cuando Isak dejó la empresa bajo la tutela del hijo varón para concederse un año sabático y dar la vuelta al mundo en su velero. Y se contaba cómo, durante la ausencia del patriarca, la empresa empezó a hacer aguas hasta que decidió retomar el timón.
Pero también hubo gente, como un abogado barcelonés buen amigo de Jonathan Andic, que desmentía esa relación pésima y que recordaba un reciente viaje a Roma de todos los miembros de la familia.
Aquella primera crónica supuso una sacudida en la sociedad catalana, porque en las mismas páginas del diario en el que Javier Godó mostraba su dolor al perder a un ser brillante y a un amigo querido, se reproducían las dudas que tenían ya los investigadores sobre el accidente. Ese fue el término que durante muchos meses se utilizó y se verbalizó: accidente de montaña. La crónica planteaba además que de los apenas cinco kilómetros del recorrido, el único punto sin protección era en el que se precipitó al vacío Isak Andic.
Pocas veces una noticia ha generado tantas llamadas de amigos y conocidos pidiendo que les contara todo aquello que seguro sabía y no desvelaba.
No iba a ser el seguimiento de un caso más y de eso las periodistas de sucesos no tardamos en darnos cuenta. Había demasiado interés y curiosidad en seguir de cerca el trabajo policial y sobre los movimientos del hijo. La muerte de Isak Andic se judicializó, el informe de la autopsia llegó al día siguiente, y la jefatura de la policía catalana coincidió con el comisario al frente de la comisaría general de investigación criminal que lo mejor era mantener el caso delimitado en la unidad de investigación de Martorell. Y que fueran exclusivamente los policías de ese grupo los que estuvieran al corriente de los avances de la causa.
Tal fue el blindaje que cuando el caso, que policialmente nunca estuvo detenido, se reactivó judicialmente, el instructor de las diligencias acordó con sus superiores seguir escribiendo el atestado pero fuera de los servidores de los Mossos. Con esa medida radical se evitaba cualquier tentación de inclusión en unas diligencias de las que han estado al tanto cuatro: los investigadores y el jefe de la comisaría de Martorell, y un par de superiores de alto rango. Durante los primeros meses el comisario jefe de la región metropolitana sur también estuvo informado, pero se le retiró de la cadena de comunicaciones.
Ni el comisario al frente de los Mossos, Miquel Esquius, ni el director de la policía, Josep Lluís Trapero, y evidentemente tampoco la consellera de Interior, Núria Parlón, estuvieron informados puntualmente de los avances de la investigación. “Elevar exclusivamente lo que se considere que tenemos que saber”, trasladaron a los investigadores. Era la mejor manera de no mentir cuando eran bombardeados a preguntas por curiosos y respondían con sinceridad que no sabían nada.
Sí se trasladó una consigna a los investigadores: que todas las diligencias, incluso aquellas que no requerían autorización judicial, estuvieran acompañadas de un escrito motivado destinado a la jueza de Martorell, con copia a la fiscal Teresa Yoldi.
Solo ese blindaje, de los más férreos y eficaces que recuerdo en más de tres décadas de profesión, provocó que el martes pasado, cuando Jonathan Andic fue detenido y la jueza tuvo a bien compartir el auto de prisión, la sorpresa fuera generalizada. Nadie conocía los indicios que los investigadores habían reunido en 14 meses. Se sabía que había habido contradicciones en sus declaraciones, un cambio de teléfono móvil, unas relaciones complicadas de padre e hijo, pero el detalle con el que la jueza enumeró los indicios dejó a prácticamente todo el mundo boquiabierto.

Cada suceso tiene sus particularidades y las del gremio solemos contar que cada una tiene víctimas que la acompañan en su día a día. En mi mochila viajan conmigo Cristina Bergua, Ana María Páez, Diana Quer, Gabriel, Paula y Marc… No hay dos coberturas iguales, pero sí una misma necesidad de tener muy presente en cada línea la presunción de inocencia y no precipitarse en el momento de publicar. Hay una regla de oro en los sucesos, trabajar con el freno de mano, a pesar de la tremenda expectación que genera este caso y que cada una de las informaciones que publicamos atraen a los lectores que quieren saber.
Y ahora qué. Pase lo que pase e independientemente del proceso judicial, sobre Jonathan Andic siempre sobrevolará una sombra de duda. Casi todo el mundo tiene formada ya una opinión de lo que ocurrió allí arriba. Durante mucho tiempo los investigadores aseguraban que no tenían la certeza de lo que sucedió realmente aquella fría mañana en Montserrat. Pero sí la convicción de que lo que les había contado Jonathan Andic no se correspondía con la verdad.
En estos últimos meses me he cruzado varias veces con Jonathan Andic en Barcelona. Una vez incluso compartimos el mismo ascensor del edificio Godó, que a él le trasladó, como prácticamente todas las semanas, a la octava planta en la que tiene el despacho su abogado, Cristóbal Martell, y a mí a la séptima, donde se ubica la redacción de mi Vanguardia. Extremadamente tímido, me consta que en algunos de esos encuentros temió que yo me acercara a preguntarle directamente por el caso. Ni se me pasó por la cabeza.
Debato mucho con un grupo de excelentes periodistas sobre el oficio y también sobre la vida. Cada dos por tres hablo de ellas y las cito con un respeto inmenso siempre que puedo: Anna Punsí, Rebeca Carranco, Fàtima Llambrich y Andrea Villoria.
También con ellas hemos debatido largo y tendido de este caso.
El auto judicial por el que la titular del juzgado cinco de Martorell envió a prisión eludible de fianza a Jonathan Andic es demoledor, pero la defensa advierte con rotundidad que tiene margen para rebatir cada uno de los indicios que lo incriminan. Y lo harán con argumentos que, hasta el momento, el acusado no ha sido capaz de trasladar con convicción, ni credibilidad ni a los investigadores, ni a la juez, ni a la fiscal.
Para la magistrada y la fiscal, los indicios reunidos hasta la fecha por los Mossos son suficientes para acusar de homicidio al hijo de Isak Andic, al entender que no se pudo caer accidentalmente en aquel tramo del camino. La defensa tratará de demostrar con informes e incluso recreaciones en tres dimensiones realizadas en el lugar de los hechos que sí es posible precipitarse de forma accidental. Y que no es la primera vez que alguien cae allí al vacío, sostienen.
Quedan por delante unos meses intensos, con innumerables visitas a los lamentables juzgados de Martorell y con alguna que otra nueva visita al camino de las minas de Collbató. Cuando el caso se reactivó judicialmente, un responsable policial dijo que Isak Andic, como todas las víctimas, merecía que se llegara hasta el final ante la más mínima sospecha. Y los investigadores, a medida que avanzaban en el caso, incrementaban sus dudas sobre lo que hizo realmente el sospechoso aquella mañana y los días anteriores.
De la misma manera que en La Vanguardia fuimos de los primeros en dirigir la mirada hacia Jonathan Andic por las sospechas que él mismo generó, ahora detallaremos el relato armado por su defensa. La familia Andic siempre ha creído firmemente en la inocencia de Jonathan. Y la mantienen.

