
Enseñamos a los estudiantes a ser críticos con la publicidad, pero no con un resultado de Google. A ser escépticos con lo que ven en internet, pero no con una respuesta de ChatGPT. En bachillerato, aprenden a detectar falacias y sesgos, pero no saben cómo funcionan los sistemas que deciden qué ven, qué les interesa y que, cada vez más, están decidiendo por ellos.
Esta semana es la de la selectividad y nuestros alumnos deberán resolver problemas de optimización, hacer comentarios de texto, relacionar corrientes filosóficas o traducir a Safo. Pero no se les evaluará el pensamiento computacional.
Un ciudadano que no entiende los sistemas de decisión no es realmente un ciudadano, es un cliente
El astrofísico Carl Sagan decía que la ciencia es, más que un corpus, una manera de pensar. Podemos aplicarlo de la misma manera a las humanidades, disciplinas que, lejos de ser compartimentos estancos, deberían empaparlo todo. También a la computación, que también es una manera de pensar. Estudiamos matemáticas no para ser contables, sino para ser competentes; estudiamos qué es un zeugma no para ser poetas, sino para expresarnos mejor. De la misma manera, aprender a programar no es solo la adquisición de conocimientos: aprender a programar es programar para aprender.
Alguien dirá que ahora la máquina ya programa sola, que con un par de prompts a Claude o ChatGPT ya es suficiente. Precisamente por eso, el pensamiento computacional es más relevante que nunca. Necesitamos entender el milagro de la inevitabilidad, la escalabilidad y la felicidad, la tecnísima trinidad.
La primera nos dice que los cambios tecnológicos son un destino y que toda resistencia es fútil. Pero quien piensa en términos computacionales sabe que ninguna máquina es un destino; es –como escribió Lewis Mumford en 1934– un hecho social diseñado por alguien. La segunda es la escalabilidad: más datos y más cómputo resultan en más inteligencia , como si fuera una ley de la naturaleza ( spoiler : no lo es). Entender los procesos de cálculo subyacentes es como visitar la tramoya del Mago Pop: no hay magia sino tecnología, con límites y una factura –de energía, de agua, de nuestros datos– que, como la entrada al espectáculo, también pagamos. La tercera dice que el progreso tecnológico lo resolverá todo. Pero la magia se desvanece cuando conoces a los magos que la hacen posible, gente mucho menos simpática que el Mago Pop.
Un ciudadano que no entiende los sistemas de decisión no es realmente un ciudadano, sino un cliente. Por eso, el pensamiento computacional, más que un corpus de conocimiento y una manera de pensar – à la Sagan – es también un manual de defensa cívica y democrática. La selectividad del futuro no debería evaluar si los estudiantes saben programar. Debería evaluar si saben reconocer cuándo deciden ellos mismos y cuándo lo hace la máquina por ellos. Porque no se trata de programar para aprender –que también–, sino de programar para aprender a ser mejores ciudadanos.
