
Dicen que nadie se baña dos veces en el mismo río. El universo está en constante transformación, y tras ocho años al frente de la Unión por el Mediterráneo (UpM), veo una organización muy distinta de la que encontré al asumir el cargo de secretario general. La región ha cambiado, la UpM ha evolucionado y me marcho siendo uno de sus más firmes defensores. Me gusta verlo como un viaje hacia un destino aún por alcanzar después de años marcados por crisis y disrupciones globales.
En este tiempo, hemos consolidado nuestras capacidades y movilizado un ecosistema cada vez más amplio de socios, donantes y partes interesadas. Hemos elaborado informes sobre cuestiones clave, desde el cambio climático hasta la integración económica, e impulsado iniciativas como los programas de ayudas de la UpM, el Pabellón Mediterráneo en las COP y las Capitales Mediterráneas de la Cultura y el Diálogo. Con el Blue Med Partnership hemos movilizado más de mil millones de euros para proyectos de economía azul sostenible y hemos creado el primer mecanismo regional de seguimiento en materia de género.
Ningún país euro-mediterráneo puede afrontar las crisis actuales por sí solo
Paralelamente, hemos modernizado nuestra secretaría para hacerla más ágil. Hay mucho que celebrar gracias a nuestro equipo y a la capacidad de convocatoria de la organización. Pero sabemos que tendríamos que haber logrado mucho más.
Más allá de los conflictos, que han adquirido una dimensión catastrófica con la guerra en Gaza, otras presiones se intensifican. El cambio climático, las desigualdades económicas y las brechas sociales que afectan especialmente a mujeres, jóvenes y comunidades rurales son desafíos transfronterizos que debemos afrontar colectivamente. Respuestas cortoplacistas centradas en la seguridad no funcionarán si no abordan la raíz de los problemas. Aunque una mayor integración regional es indispensable para la paz, la estabilidad y la prosperidad, crece la preferencia por agendas nacionales.
Treinta años después del Proceso de Barcelona, la cooperación al desarrollo sigue marcada por un bilateralismo que trata a los socios del sur como receptores de ayuda y no como coarquitectos de un futuro común. Esta miopía estratégica perpetúa divisiones artificiales entre quienes son considerados socios convenientes y quienes no, pero la geografía no se elige. Hay que evitar respuestas fragmentadas. Amplios sectores de la población pagarán el precio de nuestra falta de preparación.
Sabemos que nuestra capacidad para afrontar el futuro dependerá de nuestra disposición a actuar juntos. Sin embargo, mientras la región exige mayor implicación, la UpM continúa limitada por la escasez de recursos.
Termino con una afirmación y una pregunta. La UpM es el vehículo para construir una región capaz de actuar como un bloque coherente en un momento de cambios globales irreversibles. ¿Están los estados miembros comprometidos con esta visión y dispuestos a invertir en ella?
Hasta entonces, la UpM seguirá cumpliendo su misión, consciente de que ningún país euromediterráneo puede afrontar las crisis actuales por sí solo.
