Thiel, rey de la Patagonia

Peter Thiel, el más ideológico de los empresarios de la Inteligencia Artificial, con un patrimonio de 30.000 millones de dólares, según Forbes, ha decidido trasladar su domicilio a la Argentina. Es un hombre de mundo. Nació en Alemania en 1967, pasó la infancia en Estados Unidos y Sudáfrica, regresó a Norteamérica, estudió filosofía y derecho en la Universidad de Stanford, en cuyos foros defendió el apartheid sudafricano, se interesó por las teorías del capitalismo libertario y se convirtió, peldaño a peldaño, en un eficiente inversor.

Fundó la plataforma de pagos PayPal, puso dinero en numerosas empresas digitales, entre ellas Facebook, vendió su participación en PayPal a eBay y se embarcó en la fundación de Palantir, la empresa de análisis de macrodatos (big data) más potente del mundo. Fundada en 2003 con apoyo financiero y logístico de la CIA, su nombre se inspira en las “piedras videntes” de la saga de El Señor de los Anillos. La compañía desarrolla plataformas de inteligencia artificial (como Gotham y Foundry) que procesan volúmenes masivos de información de diversas fuentes para ayudar a gobiernos, agencias de inteligencia, ejércitos y grandes corporaciones a detectar patrones, extremar la vigilancia y tomar decisiones estratégicas. En estos momentos Palantir es uno de los grandes contratistas del Pentágono, con discutida presencia en Europa.

Thiel la tiene tomada con el papa León XIVHace tres meses viajó a Roma, en vísperas de la publicación de la encíclica pontificia sobre la IA, para denunciar que el verdadero Anticristo es el Papa. Según su elucubración teológica es Anticristo quien se opone al programa de libertad sin límites para la tecnología. Pretendía dar una conferencia en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino, en la que el fraile agustino Robert Francis Prevost, actual obispo de Roma, cursó estudios de derecho canónico en los años setenta. Quería acusarlo desde las aulas donde se formó. La conferencia acabó siendo impartida en un palacio privado ante un público muy restringido. Estos días, Thiel ha vuelto a la carga. “El Papa se comporta como un agente del Partido Comunista Chino”, ha dicho en un foro celebrado en Aspen (Colorado), refiriéndose a la encíclica Magnifica Humanitas. Si el Papa propone ‘desarmar’ la IA, ello le convierte en colaborador objetivo de los comunistas chinos. Bienvenidos a la Segunda Guerra Fría. 

Peter Thiel
Peter ThielKiyoshi Ota / Bloomberg

Vienen tormentas. Trump ha resbalado en Irán. Las diferencias entre el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado Marco Rubio empiezan a ser visibles. Está empezando la lucha por la sucesión antes de las elecciones de mitad de mandato en noviembre. En Estados Unidos aumenta la inquietud social ante el acelerado despliegue de la IA en fábricas y oficinas. Mucha gente teme perder su trabajo. Crece el rechazo a los centros de datos. Las protestas ya han obligado a cancelar proyectos valorados en 42.000 millones de dólares debido a preocupaciones por el consumo de energía y agua, según The Economist. Sectores significativos del Partido Demócrata están virando a la izquierda, y la base MAGA comienza a lanzar consignas contra los tecnólogos.A  Steve Bannon no le gusta el Papa, pero está promoviendo el movimiento Human First. Les prometieron menos guerras y mejores salarios; hay más escenarios de guerra y el dinero se lo llevan los magnates de la tecnología. 

Y tienen problemas en Europa. Francia acaba de rescindir el contrato de sus servicios de inteligencia con Palantir, en nombre de la soberanía digital. En el Reino Unido están estudiando anular el contrato del Servicio Nacional de Salud con la empresa fundada por Thiel. En Alemania van en la misma dirección. El Gobierno español ha enviado instrucciones a las empresas con participación pública para que no cierren contratos con Palantir. Telefónica e Indra son las principales destinatarias de ese veto.

En este contexto, Thiel ha establecido su domicilio en Buenos Aires con la mirada puesta en la Patagonia. El ‘filósofo oscuro’ quiere tener su propio reino. Toma distancias de Washington ante la vorágine de las elecciones de medio mandato, huye de la fiscalidad de California, y ofrece a Javier Milei convertir la Argentina en un gran laboratorio mundial de la IA sin restricciones, supervisiones, ni controles. 

A través de su fondo de capital riesgo Founders Fund está invirtiendo en un programa tecnológico para maximizar la explotación del yacimiento de Vaca Muerta, gigantesca formación geológica con hidrocarburos no convencionales en el norte de la Patagonia, que debe ser explotado con técnicas de fracking. Se captura el gas excedente para convertirlo de manera inmediata en electricidad, que a su vez alimenta centros de datos de alta densidad para la IA. Thiel quiere construir numerosos centros de datos en las llanuras de la Patagonia, aprovechando los cursos de agua y las excelentes condiciones de refrigeración. Quisiera ensayar en la Patagonia el proyecto de ciudades-sin Estado que se quiso experimentar en Honduras con la ciudad-empresa de Próspera, en la isla de Roatán, proyecto que fracasó tras un fallo adverso de la Corte Suprema de Honduras.

Mapa de la Patagonia
Mapa de la Patagonia

El reino anarco-liberal de la Patagonia. Para que esa idea prospere, el mandato de Milei debería tener continuidad. Palantir se ocupará de ello si tiene acceso a todos los datos del Estado argentino sobre sus ciudadanos. La colonización de esos datos puede cambiar definitivamente el destino de Argentina.

¿Qué ofrece Milei a cambio? Una legislación sin límites. Un compromiso estatal explícito de no intervenir ni aplicar regulaciones tempranas sobre el desarrollo de Inteligencia Artificial. Haz lo que quieras. Abolición de las normas estatales que en la actualidad dificultan la adquisición de grandes extensiones de tierra a capitales extranjeros. Compra lo que quieras en la Patagonia. Promoción de nuevas centrales nucleares, de tecnología norteamericana, para alimentar los nuevos data center. Creación de figuras jurídicas que faciliten la puesta en marcha de empresas gestionadas exclusivamente por la IA sin intervención humana. Impuestos bajísimos. Experimenta como quieras y paga lo que quieras. 

La Patagonia es un lugar fascinante. Nos lo cuenta el geógrafo Santiago Fernández Muñoz, que la conoce muy bien.

“La Patagonia es la gran región del extremo austral de América. Tiene una superficie similar a la suma de Francia y España y una de las densidades demográficas más bajas del planeta, excluyendo las zonas desérticas y polares. Sin embargo, bajo el nombre de Patagonia conviven dos realidades geográficas muy diferentes. Por una parte, la Patagonia andina, cuyos paisajes recuerdan las imágenes más idílicas de los Alpes suizos y cuyo mejor icono es el glaciar Perito Moreno. Fue precisamente a esta Patagonia a la que viajó Peter Thiel, desplazándose hasta Bariloche y al emblemático hotel Llao-Llao para reunirse con un escogido grupo de empresarios argentinos a los que se supone explicó sus proyectos en el país.

Pero la inmensa mayoría de la Patagonia nada tiene que ver con los bosques verdes y lagos de los Andes argentinos y chilenos. Hay una Patagonia desértica. Los vientos cargados de humedad del océano Pacífico chocan con la barrera de los Andes y, debido al conocido efecto Föhn, descargan enormes precipitaciones en las laderas occidentales de la cordillera, donde se llegan a recoger 3.000 litros anuales. Cuando esas masas de aire alcanzan las mesetas patagónicas, lo hacen ya prácticamente secas, de modo que en amplias zonas las precipitaciones apenas superan los 300 litros anuales.

Explotación Vaca Muerta en Argentina
Explotación Vaca Muerta en ArgentinaGetty Images

Muchos viajeros han descrito la Patagonia como un gran desierto. Aunque, desde un punto de vista geográfico, la región no puede considerarse estrictamente desértica, la impresión de quien la recorre es precisamente esa: una inmensa soledad, una llanura interminable, dura y uniforme, cubierta de pequeños cantos rodados sobre los que crecen arbustos espinosos sin hojas y casi siempre movidos por un fuerte viento. Las dimensiones y las distancias desbordan las referencias de cualquier europeo: 2.500 km separan el límite norte de la región con Tierra del Fuego, la misma distancia que existe entre Madrid y Estocolmo.

La Patagonia es inmensa, dura, árida, pero también vacía. Solemos pensar que durante la época colonial española toda América estaba sometida a un control efectivo por parte de la Corona. Sin embargo, no fue así en el extremo austral del continente. Durante el periodo colonial apenas existieron asentamientos permanentes, una situación que se prolongó hasta el siglo XIX, en las primeras décadas posteriores a la independencia de Argentina y Chile. No existía de hecho dominio territorial de ninguno de los dos países sobre la Patagonia, lo que, unido a las cambiantes divisiones administrativas coloniales, llevó a ambas naciones a mantener un enconado litigio por su titularidad. Chile reclamaba que la Corona había asignado la Patagonia a la Capitanía General de Chile; por su parte, el gobierno porteño afirmaba que la linde entre el Virreinato de Buenos Aires y la Capitanía General de Chile había sido fijada en la cordillera de los Andes, por lo que la Patagonia era de su exclusiva titularidad.

Los cada vez más frecuentes incidentes entre las dos naciones y su paralelo rearme parecían sugerir que la posesión de la Patagonia sería resuelta en un enfrentamiento armado; sin embargo, en muy poco tiempo la tensión se trasladó del extremo austral del continente al norte de Chile, donde las explotaciones de guano, el petróleo de entonces, estaban generando constantes litigios entre Chile y Bolivia. La tensión desembocó en la llamada Guerra del Pacífico, que enfrentó al país andino con Perú y Bolivia entre 1779 y 1884 por la posesión de la zona de Atacama. El conflicto de la Patagonia pasó entonces a un segundo plano en la política chilena, ya que era imprescindible mantener a la República Argentina neutral.

El ejército argentino aprovechó la situación para desarrollar la Conquista del Desierto, que comenzó poco más de un mes después de que Bolivia declarase oficialmente la guerra a Chile. Fue una agresiva campaña militar emprendida por el Estado argentino entre 1878 y 1885, con el objetivo de extender la soberanía nacional sobre la Patagonia y la región pampeana, hasta entonces controladas por pueblos indígenas. La campaña permitió incorporar al Estado millones de hectáreas, desplazar la frontera real hacia el sur, reducir los malones (incursiones de los pueblos indígenas) y facilitar la colonización, el tendido de infraestructuras y el desarrollo de la ganadería y la agricultura. Al mismo tiempo, supuso el sometimiento militar de las comunidades indígenas, con miles de muertos, prisioneros y desplazados, lo que ha dado lugar a un intenso debate historiográfico y político sobre sus consecuencias y su significado histórico.

Existen lugares del planeta con una poderosa dimensión simbólica, casi mística, y la Patagonia es uno de ellos. Su inmensidad, su aislamiento y su escasa población la han convertido en un territorio donde exploradores, científicos, colonos, revolucionarios, magnates y visionarios han proyectado colonias, sueños y experimentos que difícilmente habrían imaginado en otros lugares. Desde supuestos proyectos de asentamiento de la diáspora judía o la cultura galesa, hasta las iniciativas de Vicente Blasco Ibáñez o, más recientemente, el interés de Peter Thiel, la Patagonia ha ejercido una singular capacidad de atracción sobre quienes buscaban comenzar algo nuevo.

El novelista y aventurero valenciano Vicente Blasco Ibáñez llegó a Argentina en 1909, fascinado por la idea de un país en construcción y cargado de futuro. Escribió Argentina y sus grandezas y proyectó convertir las tierras del Alto Valle del Río Negro en una colonia agrícola a imagen y semejanza de la huerta de Valencia. El gobierno argentino le concedió tierra y fundó la Colonia Cervantes en 1910 con la ambición de transformar el “desierto” en una comunidad agrícola moderna, con colonos valencianos, viviendas, cooperativas, escuelas, bibliotecas y vida social organizada. La aventura fue tan imaginativa como ruinosa. Blasco invirtió buena parte de su dinero, atrajo a colonos valencianos y levantó obras de riego, pero el proyecto chocó con la dureza del medio, la insuficiencia de recursos y un sistema hidráulico inadecuado. Lo perdió casi todo y la mayor parte de los colonos volvieron a Valencia.

La colonización galesa de la Patagonia fue también otro sueño, en este caso del pastor nacionalista Michael D. Jones, cuyo objetivo era crear una comunidad donde los emigrantes galeses pudieran preservar su lengua, su cultura y sus instituciones, lejos de la creciente asimilación a la cultura inglesa. Con el apoyo del Gobierno argentino, interesado en poblar y consolidar su soberanía sobre la Patagonia a finales del siglo XIX, los colonos galeses se establecieron en el valle inferior del río Chubut. Tras las enormes dificultades iniciales, las primeras colonias prosperaron y se fundaron las localidades de Rawson, Gaiman, Trelew, Dolavon y Trevelin, que todavía hoy conservan una fuerte vinculación con la cultura galesa.

Douglas Tompkins, fundador en 1964 de The North Face, empresa multinacional estadounidense especializada en indumentaria, calzado y equipamiento para montañismo, senderismo y atletismo, también soñó. Al final de los años ochenta del siglo pasado, decidió vender por cientos de millones de euros sus compañías y dedicar gran parte de su fortuna a comprar tierras en la Patagonia chilena. Llegó a adquirir 300.000 hectáreas, una superficie igual a la provincia de Álava, una auténtica república The North Face, cuyo objetivo era y es ‘ayudar a la naturaleza a sanar’, sin intervención humana”.

Thiel quiere fundar un reino antipapista en la Patagonia, mientras Trump anula tarjetas rojas en el Mundial de Fútbol.

(Este nuevo capítulo de Penínsulas ha contado con la colaboración de Santiago Fernández Muñoz, geógrafo, experto en geopolítica y políticas públicas, socio de SILO).

Enric Juliana Ricart

Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)

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