La iglesia del fin del mundo

La religión gira en torno a la vida y la muerte, así que uno podría preguntarse qué hace una iglesia en un lugar donde está “prohibido” nacer, morir, ser viejo, estar enfermo y tener cualquier tipo de discapacidad. Nacer, porque no hay un hospital con área materno-infantil o sección de neonatos ni con capacidad para seguir los embarazos. Morir, porque los cadáveres no pueden enterrarse en el permafrost dado que nunca se descompondrían naturalmente, sus virus y bacterias sobrevivirían y se propagarían generando plagas. Y ser viejo o discapacitado, porque cualquiera que no sea autosuficiente es deportado.

La iglesia de Longyearbyen, construida originalmente en 1921 (un simple edificio rectangular de madera roja mirando a un fiordo), es la más septentrional del mundo en una población civil (la ortodoxa de San Nicolás, en la base aérea rusa de Nagurskoye, está más al norte pero es de uso militar). Su pastora, la reverenda luterana Siv Limstrand, no celebra por tanto bautizos ni funerales, sino que organiza concursos de juegos de mesa, presta las instalaciones para ensayar música, y tiene abiertas las puertas las veinticuatro horas del año, con galletas, gofres y bebidas calientes sobre una mesa, por si alguien no puede dormir (habitual en el verano ártico), busca refugio espiritual o huye de un oso (de los que hay casi tantos como personas, unos tres mil).

La pastora luterana tiene un trabajo poco convencional, ya que en Svalbard no nacen bebés ni se entierra a nadie

La iglesia del fin del mundo sitúa a Dios en la naturaleza y predica la armonía y la concordia en un lugar donde conviven 55 nacionalidades diferentes y que se calienta siete veces más deprisa que la media del planeta. El tratado de Svalbard de 1920 estableció la soberanía noruega, pero bajo condiciones especiales, como que se pueda establecer cualquier persona autosuficiente con un pasaporte válido (sin visado o permiso de residencia), y que sus recursos naturales (pesca, tierras raras, minerales como litio, zinc, cobre y cobalto, algunos tres mil metros bajo la superficie marina) pueden ser explotados por cualquiera que presente un derecho legítimo. Son codiciados cada vez más por estadounidenses, chinos y rusos.

La reverenda Limstrand lleva ya más de siete años en Longyearbyen, la capital del archipiélago en la isla de Spitsbergen, para lo cual se requiere un carácter especial por temperaturas invernales que sobrepasan los treinta grados bajo cero, la absoluta falta de árboles y cultivos de vegetales, la necesidad de llevar encima un rifle cada vez que se sale de los límites de la localidad (por los osos), la soledad, pero sobre todo por la eterna noche polar. El 8 de marzo se celebra en la iglesia “la fiesta del sol”, cuando los primeros rayos solares tocan los escalones del antiguo hospital por primera vez después de dos meses y medio de oscuridad.

Uno de los sermones más habituales advierte contra la codicia que está acabando con la utopía de Svalbard, el lugar donde puede vivir todo el mundo. El Gobierno de Oslo, viendo el interés de las superpotencias por los recursos naturales, ha empezado a hacer una interpretación más estricta de su soberanía, prohibiendo el derecho de voto a quienes lleven menos de tres años en el archipiélago y la compra de tierras por extranjeros, exigiendo un carnet de conducir noruego y aprobando la concesión de licencias para la exploración de minerales a partir del 2028. Al mismo tiempo, Moscú advierte de su disposición a proteger a la comunidad rusa de unas 400 personas con un lenguaje similar al que ha utilizado para invadir Ucrania, y Oslo acusa a China de enviar personal militar disimulado como turistas de cruceros. No hay mejor lugar en el planeta para monitorear la trayectoria de los misiles y descargar datos obtenidos mediante satélites.

Cuando los residentes de Svalbard se ponen enfermos son trasladados a Tromso o Trondheim, en la Noruega continental, y lo mismo cuando se aproxima el parto. En Longyearbyen (su nombre es un homenaje a John Longyear, el empresario que explotó la primera mina de carbón) hay una única clínica con instalaciones limitadas, más propia para atender emergencias que enfermedades serias, un solo supermercado y una bóveda que guarda más de un millón de muestras de semillas, por lo que pueda pasar. Y una sola iglesia, que no es tan alta ni tan espectacular como la Sagrada Família, pero sí la más septentrional del mundo, con un mural que representa el milagro de Galilea. Aunque en Svalbard no se trata de convertir el agua en vino, sino de sacar minerales preciosos de la desolación del permafrost.

Por el Pasaje del Noroeste

El archipiélago de Svalbard fue descubierto por el neerlandés Willem Barents en 1596 cuando buscaba una ruta más corta por el Pasaje del Noroeste para llegar a Asia. Ha sido punto de partida de exploraciones polares porque está más cerca del polo Norte, (1.300 kms) que de Oslo.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.

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