Como muchas otras estrategias de seguridad nacional, la publicada por el Gobierno de Trump en noviembre del 2025 constituye una guía parcial y selectiva de la política exterior estadounidense. Por lo general, las estrategias de seguridad nacional adolecen de dos problemas inherentes. Son aspiracionales, porque describen un mundo y un conjunto de capacidades estadounidenses que la Casa Blanca desearía ver; y son vagas, pues afirman generalidades y principios que pueden parecerse más a promesas electorales que a principios de gobierno. La Estrategia de Seguridad Nacional del 2025 plasma ambos problemas. Incluso a los pocos meses de su publicación, ya ha demostrado ser un indicador incierto y poco fiable de los acontecimientos.
La Estrategia de Seguridad Nacional del 2025 no es un documento aislacionista. Tampoco lo es el propio Gobierno de Trump, lo cual quizás diga más sobre la palabra aislacionismo que sobre ese Gobierno. Aislacionismo, como término, se inventó para estigmatizar cualquier política exterior posterior a 1945 que no se basara en una sólida alianza transatlántica y que no respaldara la proyección de poder global desde Washington. Ningún presidente estadounidense ha aceptado nunca la etiqueta de aislacionista, y su aplicación a la primera o segunda presidencia de Donald Trump ha resultado equívoca. Trump no cree en la alianza transatlántica, pero siempre se ha presentado como defensor de la proyección del poder global. En el cargo, ha buscado el poder en todas sus formas; y, a fin de cuentas, los presidentes estadounidenses tienen más poder en la escena internacional que en la nacional.

Aunque sea fácil no interpretarla bien, la Estrategia de Seguridad Nacional del 2025 capta con precisión la actitud del Gobierno de Trump. Arroja luz sobre una distinción clave en su segundo mandato: la distinción entre la proyección de poder, por un lado, y el abandono de la diplomacia tradicional, por otro. Constituye un homenaje al poder presidencial y a la fuerza militar, temas clave del segundo mandato. Partiendo de la premisa de que el poder es el verdadero agente en los asuntos internacionales y de que EE.UU. disfruta de una suerte de monopolio del poder, la Estrategia de Seguridad Nacional rechaza la acción multilateral y las instituciones multilaterales. Y, lo que es más significativo, rechaza la persuasión, o sustituye el complicado y laborioso trabajo de persuasión por un acatamiento deseado.
El rechazo de la persuasión no contribuye a un aislacionismo estadounidense, sino que contribuye al aislamiento del país. El EE.UU. de Trump es hiperactivo. Cierra acuerdos por todo el mundo. Se ha inmiscuido en el proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán y el de muchos otros países. Ha utilizado la fuerza militar disruptiva en Venezuela, Irán y en varios otros lugares. Es un factor con el que todos los países deben contar. Sin embargo, el EE.UU. de Trump no está ganando batallas diplomáticas. No persuade a nadie, ni siquiera a los partidos europeos de extrema derecha, a los cuales el actual Gobierno estadounidense considera sus socios naturales en el extranjero. El poder militar es el poder de destruir. El poder diplomático es el poder de crear, y los países que no pueden crear alianzas duraderas ni acuerdos diplomáticos se van aislando. Tal es la actual trayectoria de EE.UU..
Los contornos del aislamiento estadounidense se detectan en todo el mundo, en el hemisferio occidental, Asia, Oriente Medio y Europa.
Prioridad al hemisferio occidental
El Gobierno de Trump ha dado prioridad al hemisferio occidental. En su segundo discurso de investidura, Trump prometió reorientar la política exterior estadounidense hacia dicho hemisferio, y ha cumplido esa promesa. Ha situado la inmigración y la lucha contra el narcotráfico en el centro de ese cambio. Son, en parte, cuestiones internas para EE.UU., pero el Gobierno de Trump desea resolverlas mediante diversos tipos de presión. El hemisferio occidental es también un modelo para su política a escala mundial. La esperanza es convertirlo en un escenario de dominio estadounidense y, a continuación, expandir hacia fuera la zona de ese dominio. En dicho proyecto, la herramienta esencial es la fuerza militar. Pese a las declaraciones sobre la transformación de Canadá en el estado número cincuenta y uno (es decir, sobre la anexión del territorio canadiense), el Gobierno de Trump ha demostrado estar más interesado en ejercer el control político (mediante la fuerza militar) que en cambiar las fronteras.
Siempre es posible intimidar a los países para que muestren acatamiento, pero la intimidación merma la legitimidad. El poder bruto no puede competir con el atractivo de una asociación legítima
En enero del 2026, EE.UU. trasladó al jefe de Estado venezolano a la ciudad de Nueva York, donde va a ser juzgado. A nivel táctico, esa operación no fue un fracaso; sin duda, fue considerada un éxito por la Casa Blanca, ya que sirvió en parte de inspiración para una iniciativa similar en Irán (en febrero del 2026). Venezuela no cayó en la anarquía tras el secuestro de Nicolás Maduro. No murió ningún soldado estadounidense; además, EE.UU. adquirió cierto grado de soberanía sobre Venezuela, puesto que consiguió dictar algunas condiciones políticas y participar en el transporte del petróleo venezolano. Para evitar nuevas incursiones militares, el Gobierno venezolano posterior a Maduro ha tenido que someterse a los deseos estadounidenses. La incursión en Venezuela puede ser el mejor resumen de la política exterior del segundo mandato del presidente Trump. Ha aumentado su poder personal, ha sido una demostración de fuerza y ha parecido funcionar.
Al margen de la habilidad táctica que haya puesto de manifiesto el traslado de Maduro desde Caracas hasta la ciudad de Nueva York, las acciones de EE.UU. no son una receta para una influencia duradera. Es probable que sean una receta para el declive de su influencia duradera en el hemisferio occidental. Un problema fundamental de la política exterior estadounidense bajo el mandato de Trump es el afán de la Casa Blanca por el acatamiento, lo cual resulta humillante para quienes deben mostrarlo. Con el tiempo, ese acatamiento dará paso al desafío. Otro problema de la política exterior estadounidense (muy evidente en las relaciones entre EE.UU. y Venezuela) es su falta de preocupación por la legitimidad. La legitimidad puede derivarse de la ley, del cumplimiento de un conjunto de normas y procedimientos acordados, o bien de la creación de bases de apoyo locales, socios y aliados sobre el terreno que deseen sinceramente cooperar y perseguir algún tipo de agenda común. Siempre es posible intimidar a los países para que muestren acatamiento, pero la intimidación merma la legitimidad. El poder bruto no puede competir con el atractivo de una asociación legítima.
Socio errático en Asia
En su segundo mandato, Trump se ha mostrado, para sorpresa de muchos, muy complaciente con China. En parte, ha sido algo intencionado. Las disputas han sido con países del hemisferio occidental, como Venezuela, o con Europa, o más recientemente con Irán. Hasta ahora, el presidente Trump no ha intentado alterar el statu quo en Asia y no ha generado ninguna crisis con China. Parte del moderado enfoque de su Gobierno hacia China le ha sido impuesto. En la primavera del 2025, Trump intentó librar una guerra comercial contra China, pero ese país respondió empleando o amenazando con emplear su considerable influencia contra EE.UU. La guerra comercial resultó ser una medida desacertada; y EE.UU. no tenía ningún otro contencioso con China. Es posible que Trump busque una serie de proyectos conjuntos con China, una relación basada en la paridad y los intereses comunes.

La peculiaridad del enfoque contemporáneo de EE.UU. hacia Asia radica en el tema central de la competencia con China, que es omnipresente, y en el daño gradual que se está causando a las capacidades y relaciones que permiten a EE.UU. competir con ese país. Desde el primer mandato de Trump, pasando por los cuatro años de la presidencia de Joe Biden y hasta el segundo mandato de Trump que aún no ha concluido, se observa una tendencia hacia una mayor autosuficiencia, hacia cadenas de suministro más localizadas y un acceso más seguro a las tierras raras y los minerales críticos. El objetivo de esa tendencia es reducir la dependencia de China y sentar las bases para una competencia que puede desarrollarse íntegramente en los ámbitos del comercio y los negocios o que puede, como teme el ejército estadounidense, ser necesaria para librar y ganar una guerra contra China en relación con Taiwán. Un EE.UU. capaz de fabricar por sí mismo, como ha argumentado a menudo el presidente Trump, es un EE.UU. que puede recompensar a la clase trabajadora estadounidense y repeler la influencia china no deseada.
En Asia, donde muchos países temen la influencia china no deseada, EE.UU. tiene el potencial de profundizar su ya extensa red de alianzas. El Gobierno de Trump ha hecho casi lo contrario; y, de nuevo, porque de modo más que evidente el arte de la persuasión es algo que se le resiste y porque le cuesta tener en cuenta los intereses de otros países. Ha impuesto aranceles elevados a Japón, pese a ser ese país un aliado incondicional de EE.UU.; y ha chocado de modo innecesario con el Gobierno de Narendra Modi y ha hecho enfurecer a Nueva Delhi al afirmar que había mediado en la paz entre India y Pakistán. Son solo dos ejemplos entre muchos. EE.UU. también ha iniciado una guerra con Irán que podría tener sus consecuencias negativas más inmediatas y graves en Asia. Como en el hemisferio occidental, el Gobierno de Trump está socavando las fuentes populares y legítimas de influencia de EE.UU. en Asia, donde, como en muchas otras partes del mundo, es percibido comúnmente como un socio errático y poco fiable. Y, en Beijing, un EE.UU. errático es sinónimo de oportunidades para China.
Fuerza militar en Oriente Medio
Oriente Medio ha sido testigo de las acciones más sorprendentes del segundo mandato del presidente Trump. Cuando irrumpió en la escena política en el 2016, Donald Trump era un crítico declarado de las guerras eternas en Oriente Medio, que achacaba a la insensatez de los presidentes anteriores, tanto republicanos como demócratas. En su primer mandato, el proyecto estrella para Oriente Medio fueron los acuerdos de Abraham, un intento de superar la guerra y normalizar las relaciones entre Israel y tantos socios de la región como fuera posible. Entre el 2016 y el 2020, EE.UU. no estuvo en guerra en Oriente Medio. Tanto el segundo discurso de investidura de Trump como la Estrategia de Seguridad Nacional del 2025 no ofrecen indicios de una posible guerra en la región, si bien en junio de ese año EE.UU. se había unido a Israel para bombardear instalaciones nucleares iraníes. En su primer mandato, Trump había respaldado un ataque militar en Siria, pero no fue el inicio de una guerra. En discurso tras discurso, evitar la guerra en Oriente Medio fue un leitmotiv del pensamiento del presidente Trump en materia de política exterior.
Aunque resulta imposible predecir el resultado de la actual guerra de EE.UU. con Irán y por más que acabe ampliando el futuro papel de EE.UU. en Oriente Medio, es muy probable que esta guerra reduzca el número de socios estadounidenses en la región. No será el caso de Israel, con quien EE.UU. ha fusionado sus operaciones militares. Es casi seguro que sí lo será con Irán. En este sentido, EE.UU. parece haber dejado escapar una oportunidad. La oportunidad consistía en alentar en ese país (mediante un apoyo tácito y discreto) el movimiento de oposición que se ha ido gestando durante muchos años y que había mostrado en el 2025 signos de ganar fuerza real. El intento precipitado de decapitar al régimen iraní en febrero del 2026 ha acabado por consolidar al régimen, por más que la situación pueda cambiar en el futuro. Es más, los extensos ataques estadounidenses e israelíes contra objetivos civiles en Irán han empujado a la población a respaldar a su Gobierno. Lo mismo ha ocurrido con la retórica de Trump de bombardear el país hasta devolverlo a la “edad de piedra”. Son muy pocos los iraníes que considerarán legítima la acción militar estadounidense; y, por su parte, el Gobierno de Trump ha renunciado sencillamente a la tarea de persuadir a los iraníes, tanto dentro como fuera del Gobierno.
Trump está socavando la influencia de EE.UU. en Asia, donde es percibido como un socio errático y poco fiable. Y, en Beijing, un EE.UU. errático es sinónimo de oportunidades para China
Una consecuencia sorprendente de la guerra en Irán podría ser la disminución de la influencia estadounidense entre los estados árabes del Golfo. EE.UU. mantiene con ellos largas relaciones y cuenta allí con numerosos activos militares. Esos estados se han indignado por la represalia iraní contra Israel y EE.UU., ya que dicha represalia ha perjudicado su bienestar económico. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán les supone un problema, puesto que dependen del estrecho para exportar petróleo, gas y otras materias primas. En un escenario posible, los estados árabes del Golfo podrían sumarse a una política israelí-estadounidense de cambio de régimen en Irán. Ahora bien, en ausencia de tal cambio, también podrían buscar una paz separada con Irán y llegar a acuerdos con Teherán con objeto de reactivar sus economías y escapar de la capacidad iraní de atacarlos con drones o misiles. Si eso ocurriera, EE.UU. tendría a Israel como socio y aliado, pero se vería limitado o posiblemente desplazado en otros lugares. Se trata de otro escenario más en el que una dependencia excesiva de la fuerza militar conlleva el riesgo de un aislamiento estratégico y diplomático a largo plazo.
En contra de Europa
La perspectiva de un EE.UU. aislado en Europa es casi inevitable. El Gobierno de Trump ha adoptado un enfoque triple respecto a Europa. De entrada, como en muchos otros lugares, EE.UU. ha impuesto un duro régimen arancelario; según Trump, se supone que Europa debe ser una fuente de ventaja económica para su país. En segundo lugar, la Casa Blanca ha insinuado en repetidas ocasiones una anexión de Groenlandia, que es territorio soberano danés. Y, en tercer lugar, en discursos sucesivos en la Conferencia de Seguridad de Munich, el vicepresidente Vance y el entonces asesor de Seguridad Nacional Marco Rubio elogiaron los gobiernos de Eslovaquia y Hungría y celebraron la posibilidad de una Europa más nacionalista, al tiempo que denigraban a la Unión Europea y criticaban un orden político europeo alineado con el centroizquierda o el centroderecha. Como en el hemisferio occidental, aunque por razones diferentes, el Gobierno de Trump busca en Europa acatamiento ante unos alegados intereses estadounidenses en materia económica y de seguridad.
Es probable que ese enfoque hacia Europa fracase por dos razones. Una es que los llamados países nacionalistas (Hungría y Eslovaquia, por ejemplo) son demasiado pequeños y representan en Europa una minoría demasiado reducida para ser socios viables de EE.UU.; los partidos de extrema derecha, por su parte, suelen ser más prorrusos que proestadounidenses. Independientemente del país, no han mostrado entusiasmo alguno por la guerra de EE.UU. contra Irán. En ese sentido, el Gobierno de Trump ha confundido la afinidad estilística con los elementos de una asociación funcional en materia de política exterior. El otro problema, que también surgirá en algún momento en América Latina, es la reacción adversa. Las humillaciones que el presidente Trump ha infligido a los dirigentes europeos y su disposición a alterar las fronteras de Europa en Groenlandia no se olvidarán fácilmente. Impulsarán a los electorados europeos (en la medida en que EE.UU. influya en las elecciones europeas) a retirar a Europa de la alianza transatlántica, no para poner fin a la OTAN ni para caer en una confrontación directa con EE.UU., sino para mantener cierta distancia con ese país.
Donald Trump es un presidente estadounidense históricamente impopular. Se acerca a las elecciones legislativas de mitad de mandato, que podrían proporcionar en el Congreso una base de poder al Partido Demócrata. Una derrota estadounidense en Irán, si es eso lo que trae consigo la guerra, podría debilitar gravemente al presidente Trump tanto en su país como en el extranjero. EE.UU. podría cambiar de rumbo. Podría llegar a considerar su adicción a la fuerza y su desatención a la persuasión como desventajas o como errores que deben corregirse. De no ser así, la Estrategia de Seguridad Nacional del 2025 habrá demostrado ser profética. No predijo una guerra en Irán, pero sí esbozó una ruptura brusca con el pasado, un pasado en el que el poder y la persuasión se mantenían en un equilibrio aproximado. Habrá supuesto el cumplimiento de una expresión que el propio Trump ha popularizado: “EE.UU. primero”. Que lo haga con una concepción tan estrecha del poder y, en particular, de las limitaciones del poder, será la desgracia de EE.UU. Será también la desgracia de todos los países que preferirían ser sus auténticos aliados y socios.
Michael Kimmage es profesor de Historia en la Universidad Católica de América, Washington DC
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