El 9 de noviembre de 1989, Günter Schabowski anunció la nueva normativa de viajes de la RDA. Preguntado cuándo entraba en vigor, dijo “de inmediato”. No se había leído bien el texto que solo preveía permisos tramitados en las oficinas de pasaportes. AP envió un urgente: “la RDA abre la frontera”, y la televisión del Oeste dijo que las puertas del muro estaban abiertas. Lo estuvieron cuando miles de personas corrieron a los pasos y un guardia acabó abriendo la barrera. No murió nadie.
El 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta entre 50.000 y 60.000 personas. De momento se han recuperado 72 cuerpos, y los equipos de rescate esperan más. La víspera, Mohamed VI pronunciaba el discurso del Trono desde Tetuán, a 30 kilómetros de la playa, y pedía optimismo frente a los discursos que alimentan la desesperanza. No habló de fronteras.
Una red detiene a la gente, la otra la mueve ¿Quién no querría se Lamine Yamal?
En 1989 la noticia llegó por la televisión y la amplificó el boca a boca en la calle.
En Ceuta llegó a los móviles y la amplificaron los algoritmos de recomendación. En Marruecos hay 57 millones de líneas móviles para 38 millones de personas y, sobre la población total, Facebook llega al 59%, YouTube al 56%, TikTok al 43% e Instagram al 39%; X no pasa del 3%.
¿Qué han visto, estos jóvenes, para jugarse la vida? Medias verdades y noticias falsificadas sobre regularizaciones e invasiones inventadas por la ultraderecha europea. Eso tras una vida viendo un norte lejano pasado por los filtros de Instagram, donde inevitablemente “la gente es limpia y noble, culta, rica, libre, despierta y feliz”. El último ejemplo es el éxito de la selección española, que también lo es en las redes, y ahí resuena Lamine Yamal, un catalán de ascendencia marroquí que lleva el nombre de dos personas que ayudaron a sus padres. ¿Quién no querría ser Lamine Yamal?

Esto es la punta del iceberg. La conversación que cuenta está, empero, en los grupos privados de Facebook y en los de WhatsApp, Telegram y Signal —en los grupos de los amigos del fútbol, de la escuela o del trabajo— donde los bulos corren sin que nadie los desmienta. Y ahí es donde los traficantes de información sobresalen. Son los que ganaron mucho dinero con los linchamientos de la India y la limpieza étnica de los rohinyás, con el asalto al Capitolio y el de Brasilia, con los disturbios racistas de Dublín y de Southport y ahora con Ceuta. En todos, la concurrencia de las redes sociales ha sido condición necesaria.
Me gustaría estar en el grupo privado de WhatsApp que tendrán Infantino, Trump y el rey de Marruecos, para saber si la final del Mundial de 2030 se jugará en el Spotify Camp Nou o en el Gran Estadio Hassan II, que con 115.000 espectadores será el estadio de fútbol más grande del mundo.
