El negocio alrededor de la inteligencia artificial ha potenciado la necesidad de construir nuevos centros de datos, infraestructuras con un consumo de electricidad y de agua desorbitado. El daño colateral, los clientes minoristas de electricidad, que ven como sus facturas van aumentando.
“En la carrera de la IA, el cuello de botella es la electricidad. Y los centros de datos son devoradores insaciables de energía”, comenta el profesor de escuela de negocios Pablo Foncillas. La otra cara de la moneda, los ciudadanos que se forran gracias a este sector en auge.

El divulgador en innovación se hace eco del caso de Marilee y David Kiliti. Según cuenta Wall Street Journal, estos dos granjeros de Pensilvania vendieron su terreno a promotores de centros de datos a cambio de más de 20 millones de dólares. “Y no es un caso aislado”, asegura Foncillas.
