De oficios y profesiones

Estoy escribiendo un libro sobre el impacto de la IA en las profesiones y, durante la documentación, no paro de leer artículos sobre qué trabajos desaparecerán. Cuanto más lo pienso, más claro tengo que el tema no va a ir por ahí. No se van a perder oficios o profesiones. Van a transformarse, lo cual es bien distinto. Y para saber o anticipar cómo van a transformarse, el análisis debería orientarse hacia qué ocurrirá con nuestra manera de trabajar.

Una nueva tecnología casi nunca llega cuando uno se siente preparado para recibirla. Irrumpe en mitad de una carrera, cuando ya hemos aprendido un oficio, y acumulado experiencia. Por eso quienes mejor conocen una profesión son, a menudo, quienes más se resisten a cambiarla. Un joven que empieza todavía ha de desarrollarse profesionalmente, ha de descubrir el trabajo. Experimenta sin demasiados prejuicios y de forma natural integrará la IA. El experto, en cambio, conoce las reglas, los riesgos y los errores que suelen cometerse. Ese conocimiento es fuente de valor y, en la misma medida, fuente de resistencia al cambio. Cuanto mejor nos ha ido haciendo algo de una determinada manera, más difícil resulta aceptar que esa manera deba ser
modificada.

Por otro lado, a veces construimos una identidad alrededor de lo que sabemos hacer. Yo soy economista. Yo soy arquitecto. Yo soy abogado… Es un error. No somos nuestro oficio. Desempeñamos esos oficios. Cuando una calculadora hace una operación, el matemático no desaparece. Del mismo modo, cuando una IA redacta, calcula, programa o diagnostica, el profesional debe decidir qué pedirle, qué aceptar, qué corregir y de qué se hace responsable. Así, la IA es una herramienta más que los profesionales deberemos integrar a las actuales.

¿Y cómo se instrumentaliza este proceso? Pues a través de las tareas. Cada trabajo se compone de un sinfín de tareas, procesos o acciones concretas. Algunas las dejaremos de hacer por completo y las hará la máquina. Otras las haremos con la máquina. Y otras seguiremos solo haciéndolas nosotros. Ahí surge la pregunta clave para un profesional: qué parte de mi tarea conviene delegar y qué parte adquiere ahora todavía más valor. El criterio, la creatividad, la atención al detalle, las relaciones y la responsabilidad no se vuelven menos necesarios. Se vuelven más determinantes. La máquina puede proponer una respuesta, pero alguien debe juzgarla. Puede acelerar una decisión, pero alguien tendrá que asumir sus consecuencias. Las mejores nuevas ideas serán humanas, no automáticas.

Por eso me interesa cada vez menos preguntar qué profesiones desaparecerán. Prefiero preguntarme qué profesionales sabrán transformar su experiencia en criterio, sus dudas en mejores preguntas y, lo más importante: qué harán con el tiempo liberado.

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