La carrera por la ‘atlantificación’ del Ártico

Entre los signos más visibles del  cambio que experimenta el Ártico, se encuentran la reducción de la extensión y el volumen del hielo marino estacional, así como el aumento de la salinidad y el calentamiento de las aguas oceánicas debido al creciente deshielo glacial y al caudal de los ríos. Junto con la creciente navegabilidad marítima, el cambio climático impone exigencias cada vez mayores a las comunidades y las infraestructuras de las regiones septentrionales, al tiempo que genera una amplia variedad de oportunidades y riesgos para nuevas actividades.

Los científicos predicen la posible desaparición total del hielo marino estival entre el 2030 y el 2050. Estos cambios están alterando el sistema interconectado que forman el océano, la atmósfera y el hielo marino, lo que modifica los procesos físicos y biogeoquímicos con consecuencias a escala mundial. El ritmo y la magnitud del cambio, combinados con las realidades geopolíticas cambiantes, exigen una comprensión más profunda de la dinámica evolutiva del océano Ártico y sus implicaciones para el sistema terrestre y las sociedades humanas. Sin embargo, muchos aspectos de los ciclos físicos, químicos y biológicos del Ártico siguen sin conocerse bien; sobre todo, en regiones remotas como el océano Ártico central (OAC), al que solo recientemente se ha podido acceder con fines de investigación. Resulta difícil predecir las tendencias futuras sin datos de referencia sólidos, y las transformaciones simultáneas que se producen en múltiples subsistemas añaden aún más complejidad.

Antes el Ártico podía considerarse como un ‘desierto helado’. Su rápida ‘apertura’ ha despertado un intenso interés por parte de las comunidades científica, económica y estratégica

El Arctic Report Card 2025 de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. (NOAA) describe un panorama sombrío. La extensión máxima del hielo marino invernal ha alcanzado su nivel más bajo desde el inicio de los registros satelitales en 1979. El hielo plurianual más antiguo y grueso ha desaparecido casi por completo, sustituido por hielo más joven y delgado concentrado al norte de Groenlandia y del archipiélago canadiense. A medida que el hielo marino disminuye, el océano Ártico absorbe más radiación solar, lo que acelera el calentamiento y reduce la resiliencia climática general del planeta. El término apertura significa ahora no solo el deshielo físico del Ártico, sino también su creciente exposición a las influencias oceánicas y atmosféricas globales. El fenómeno de la atlantificación (la intrusión de aguas atlánticas más cálidas y saladas) debilita aún más el hielo marino, altera la estratificación oceánica e introduce nuevas especies procedentes de latitudes más bajas. El otrora remoto OAC forma ahora parte de una profunda transformación medioambiental. El informe Arctic climate change update 2024: Key trends and impacts, del Programa de Vigilancia y Evaluación del Ártico (AMAP) del Consejo Ártico, hablaba de un “nuevo clima ártico, en el que la región ártica en su conjunto se calienta cuatro veces más deprisa que el resto del planeta”. En el mar de Barents y alrededor del archipiélago de Svalbard, el calentamiento es ahora hasta seis o siete veces más rápido.

Dinámicas geopolíticas y tecnológicas

Durante gran parte de la guerra fría, EE.UU. y la Unión Soviética reconocieron que el océano Ártico era la frontera helada que los separaba. Ambos países invirtieron esfuerzos considerables en comprender mejor la criosfera del Ártico, lo que incluía la extensión y el espesor del hielo marino. Se sabía que las aguas cubiertas de hielo interferían en las lecturas de los sonares y existía una preocupación compartida ante la posibilidad de que los submarinos de propulsión nuclear pudieran desplazarse bajo el hielo y salir a la superficie cerca de sus respectivas ciudades para lanzar devastadores ataques de primer golpe. Los submarinos de propulsión nuclear y los rompehielos eran en ese período las únicas embarcaciones que se dirigían habitualmente hacia las zonas centrales del océano Ártico. El transporte marítimo comercial hacia el norte de la Unión Soviética y, posteriormente, de la Federación Rusa tenía principalmente carácter de destino y no de tránsito, y la guardia costera y el ejército soviéticos desempeñaban un papel importante en el apoyo a las comunidades costeras remotas. El océano Ártico podía considerarse como un desierto helado.

La rápida apertura del océano Ártico ha despertado un intenso interés por parte de las comunidades científica, económica y estratégica. En las últimas dos décadas, se ha convertido en algo habitual hablar de un “nuevo Ártico”: una región marítima que ya no permanece congelada de forma fiable y extensa durante muchos meses al año. Rusia y otros países han tratado de sacar partido de dicha apertura. Sin embargo, los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales y diferentes sectores económicos reclaman mejores previsiones en tiempo real y proyecciones sobre la capa de hielo, puesto que reconocen que un Ártico sin hielo tendrá repercusiones de gran alcance en materia de defensa, búsqueda y rescate, pesca, transporte marítimo y turismo. Las nuevas tecnologías, como los sistemas marinos autónomos, los sensores avanzados, la inteligencia artificial y los modelos climáticos, serán fundamentales para comprender los cambios y adaptarse a ellos. Sin embargo, esas mismas tecnologías también podrían, tal como temen las coaliciones medioambientales y los pueblos indígenas, intensificar la explotación de los recursos energéticos, la pesca y la competencia entre las grandes potencias.

El deshielo del Ártico es palpable a través de las últimas décadas 
El deshielo del Ártico es palpable a través de las últimas décadas EFE

El Ártico se encuentra ahora en la encrucijada del cambio climático y la geopolítica. Incluso los dirigentes políticos escépticos respecto a la ciencia climática reconocen la creciente importancia de la región. Durante su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha reactivado las ambiciones relacionadas con la compra de Groenlandia y el control de importantes pasos marítimos, como el canal de Panamá, con el objetivo de contrarrestar la expansión de China hacia el Ártico y las latitudes elevadas de América del Norte. En enero del 2026, Trump compartió en Truth Social un mapa de América en el que Groenlandia, Canadá y Venezuela aparecían cubiertos por la bandera de los EE.UU. Eso coincidió con una declaración pública en la que afirmaba que EE.UU. estaba comprometido con la búsqueda del dominio del hemisferio occidental, que se extendería hasta el polo Norte.

El OAC se convertirá en el futuro en un nuevo punto estratégico clave a medida que China, Rusia y EE.UU. compitan por la influencia y el control. Sin embargo, es importante destacar que los estados ribereños del océano Ártico siguen las normas de la Unclos para delimitar sus plataformas continentales exteriores, y que Canadá, Dinamarca y Rusia deberán negociar entre sí sus respectivos derechos soberanos sobre el océano Ártico. Habrá zonas del lecho marino del océano Ártico que formarán parte de “la Zona” (fondos marinos situados fuera de los límites de la jurisdicción nacional), mientras que las aguas del OAC son aguas internacionales. Aunque no ha ratificado la Unclos, EE.UU. ha adoptado procedimientos similares a los de los estados ribereños del océano Ártico (incluida Noruega) en lo que respecta a las plataformas continentales exteriores o extendidas. En diciembre del 2023, se anunció que los límites de la plataforma continental ampliada de Alaska abarcaban más de 780.000 kilómetros cuadrados de lecho marino. Si bien no existen disputas terrestres en la región ártica, el entorno marítimo es objeto de competencia o está sujeto a interpretaciones jurídicas contrapuestas en relación con los pasos del Noroeste y del Noreste, y con el hecho de si son aguas interiores o zonas en las que prevalece el derecho de paso en tránsito.

La Ruta Marítima del Norte

El océano Ártico está rodeado por las costas septentrionales de América del Norte, Europa y Asia, y contiene mares y archipiélagos clave como Svalbard y el archipiélago ártico canadiense. Los ocho estados árticos (Canadá, Dinamarca, a través de Groenlandia, Finlandia, Islandia, Noruega, Rusia, Suecia y EE.UU., a través de Alaska) constituyen una mezcla de países costeros árticos y subárticos. Cuatro millones de personas viven en la región ártica y alrededor del 10% son indígenas. Para las comunidades que viven en las costas árticas, el aumento del tráfico marítimo conlleva riesgos relacionados con la seguridad alimentaria, la contaminación y los posibles enfrentamientos entre fuerzas armadas rivales. China y Rusia han llevado a cabo en los últimos años patrullas aéreas y marítimas conjuntas frente a la costa de Alaska, lo que ha suscitado la preocupación de que el estrecho de Bering pueda convertirse en un punto caliente en términos geopolíticos.

De los corredores marítimos de la región, el más consolidado es la Ruta Marítima del Norte (NSR), que se extiende unos 5.000 kilómetros a lo largo de la costa norte de Rusia, desde el cabo Zhelániya hasta el estrecho de Bering. Al amparo del artículo 234 de la Unclos, Rusia reclama autoridad sobre los tránsitos extranjeros en esas aguas cubiertas de hielo y exige a los buques que utilicen pilotos y rompehielos rusos a cambio de un pago. EE.UU. impugna esa interpretación y defiende el derecho de paso inocente a través de los estrechos internacionales. Washington se ha abstenido de llevar a cabo operaciones de libertad de navegación (Fonop), pero se reserva el derecho a impugnar las reivindicaciones territoriales excesivas. Una de las razones por las que EE.UU. no ha llevado a cabo una Fonop en las aguas al norte de la Federación Rusa es el temor a que sus buques puedan acabar dependiendo de la ayuda rusa si quedan atrapados en el hielo. Otra razón es, sencillamente, el temor a provocar una respuesta hostil por parte de las fuerzas militares rusas.

También China ha expresado un gran interés por la Ruta Marítima del Norte, puesto que la considera una posible extensión ártica de su Iniciativa de la Franja y la Ruta

Bajo el mandato del presidente Vladímir Putin, la NSR se ha convertido en una vía estratégicamente vital para las exportaciones rusas de gas natural licuado (GNL) desde la península de Yamal. Moscú pretende aumentar el volumen de transporte marítimo a 90 millones de toneladas en el 2030 y a 130 millones de toneladas en el 2035, aunque en el 2024 solo se transportaron alrededor de 40 millones de toneladas, lo que supone aproximadamente un 1% del comercio marítimo mundial. Los ingresos del petróleo y el gas siguen siendo esenciales para la economía y el presupuesto militar de Rusia; sobre todo, en medio de la actual guerra con Ucrania. Alrededor de un 30% del gasto federal ruso se destina hoy a asuntos militares y, hasta ahora, el país ha logrado sortear los efectos de las sanciones occidentales enviando petróleo a China e India.

También China ha expresado un gran interés por la Ruta Marítima del Norte, puesto que la considera una posible extensión ártica de su Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). La ruta podría acortar los viajes entre Asia y Europa entre un 30% y un 40%, y evitaría cuellos de botella cada vez más volátiles como el mar Rojo y el estrecho de Ormuz. Sin embargo, la mayoría de las compañías navieras se mantienen cautelosas y alegan riesgos medioambientales, elevados costes de seguros e inestabilidad política. Con todo, en septiembre del 2025, el buque chino Istanbul Bridge completó un viaje de 18 días denominado “Arctic Express” desde China a Europa, en lo que supuso una prueba de viabilidad comercial. Aunque prometedora en teoría, la competitividad de la ruta depende de que la reducción de los tiempos de tránsito pueda justificar los mayores riesgos logísticos y geopolíticos. Además, la dependencia de infraestructuras controladas por Rusia hace que las ambiciones árticas de China sean vulnerables a los cambios en su asociación estratégica.

Una nueva frontera: el océano Ártico central

Una verdadera Ruta Transpolar a través del OAC podría, algún día, eludir por completo la Ruta Marítima del Norte de Rusia. Aunque no se espera un uso significativo a corto plazo, un Ártico sin hielo en verano haría que dicha ruta fuera técnicamente posible. En la actualidad, el OAC carece de la infraestructura esencial de búsqueda y rescate, y la pesca comercial está prohibida al menos hasta el 2037 en virtud del acuerdo para impedir la pesca no reglamentada en el océano Ártico central, firmado por EE.UU., la Unión Europea, Rusia, China y otros países. No obstante, las expediciones científicas y los esfuerzos de cartografía de las profundidades marinas (en especial, por parte de China) indican un creciente interés estratégico y económico. Un deterioro de las relaciones entre China y Rusia podría acelerar esos esfuerzos.

EE.UU., centrado en reafirmar su dominio en el hemisferio occidental, ve con recelo los avances chinos en el OAC. Mientras tanto, el crecimiento de una flota fantasma global de más de un millar de buques sancionados (dedicados al transporte clandestino de petróleo con los transpondedores apagados y a transferencias ilegales de buque a buque) plantea nuevos riesgos de seguridad. El OAC podría convertirse en otro escenario en el que se solapen las actividades marítimas comerciales, militares e ilícitas, lo que aumentaría el riesgo de confrontación.

Si el OAC queda libre de hielo estacionalmente en la segunda mitad del siglo XXI, ello marcará una transformación fundamental de la geografía y el clima del planeta. Con todo, la región seguirá siendo peligrosa, con una oscuridad reinante durante la mitad del año y un clima impredecible. Garantizar la seguridad marítima requerirá una fuerte inversión en vigilancia y seguimiento en tiempo real. Pese a ello, el atractivo de los beneficios y el control estratégico podría atraer a operadores dispuestos a asumir riesgos extremos, lo cual convertiría el Ártico en un refugio para flotas clandestinas y redes delictivas.

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Mientras tanto, China ha invertido en el desarrollo de sus capacidades de monitorización oceánica global a través del Servicio Nacional de Aplicaciones Oceánicas por Satélite. En el 2023, lanzó los satélites de observación oceánica Haiyang, que proporcionan una monitorización dinámica en tiempo real de los océanos y los mares regionales. La flota pesquera de alta mar de China recibe información satelital que le permite rastrear el movimiento de las poblaciones de peces en todo el mundo.

Perspectivas y retos jurídicos

Los sueños de que el Ártico sustituya el canal de Suez en el comercio mundial siguen siendo, en el mejor de los casos, especulativos. Es probable que los verdaderos puntos conflictivos que se avecinan giren en torno a tres cuestiones clave:

1. Incertidumbre jurídica. A medida que el hielo marino retroceda, el artículo 234 de la Unclos (que otorga poderes reguladores sobre las aguas cubiertas de hielo) perderá claridad y aceptación generalizada. Si esas aguas ya no están cubiertas de hielo durante “la mayor parte del año”, ¿surgirán terceras partes que impugnen activamente esos poderes reguladores? Es probable que haya reclamaciones territoriales y de navegación contrapuestas, especialmente entre los estados ribereños del Ártico (como Canadá y Rusia) y actores en ascenso como China y EE.UU. (que, bajo la presidencia de Trump, se ha comprometido a construir más rompehielos).

2. Alianzas impredecibles. Bajo la presidencia de Trump, EE.UU. ha dejado claro que una Rusia beligerante es un problema de seguridad para Europa. Los recientes acontecimientos relacionados con la amenaza de anexionar Groenlandia han llevado a los miembros europeos de la OTAN a considerar a EE.UU. como un socio de seguridad poco fiable. Zonas marítimas vitales como el corredor GIUK exigirán una mayor dotación de recursos por parte del Reino Unido, Noruega, Canadá, Dinamarca e Islandia si EE.UU. se retira de la OTAN y se reorienta aún más hacia el Indo-Pacífico. La protección de las rutas marítimas euroatlánticas, las infraestructuras submarinas críticas y la pesca cobrará mayor (y no menor) importancia.

3. Convergencia geopolítica. Las ambiciones estratégicas de las principales potencias mundiales chocan en el Ártico. Los intereses de EE.UU. en Groenlandia son un reflejo de la asertividad de Rusia en Svalbard y la presencia cada vez mayor de China en el océano Ártico. Existen posibles puntos de tensión: entre ellos, el océano Ártico, el estrecho de Bering y las aguas que rodean Svalbard, zonas en las que los intereses comerciales y militares contrapuestos podrían chocar entre sí y dar lugar a conflictos.

El océano Ártico se está convirtiendo en un campo de pruebas para la resiliencia climática y también en un escenario de rivalidad entre grandes potencias: una frontera en evolución que refleja la intersección a escala planetaria del cambio medioambiental, la tecnología y la geopolítica. Ahora bien, el océano Ártico se abre en diferentes lugares y a ritmos variables: la Ruta Marítima del Norte sigue siendo la más desarrollada, los mares estratégicos más importantes se encuentran en torno a los dos cuellos de botella (el corredor GIUK y el estrecho de Bering) y la Ruta Marítima Transpolar es la que habrá que seguir de cerca en el futuro. De todos modos, el hielo marino, la oscuridad y las inclemencias meteorológicas contribuirán a moderar las ambiciones geopolíticas.

Klaus Dodds es catedrático de Geopolítica y decano de la facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Middlesex. Coautor con Mia Bennett de ‘Unfrozen: The Fight for the Future of the Arctic’ (Yale University Press, 2025)

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