Adiós al último de la fila

Dice un proverbio africano: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado”. La construcción de la Unión Europea es uno de los ejemplos más notables de esta verdad universal. Desde la firma del Tratado de Roma en 1957 hasta hoy el proceso de unificación del continente ha llegado muy lejos, mucho más lejos de lo que muchos creyeron posible. Aunque siempre -eso sí- a pequeños pasos. La condición era sumar a cuantos más, mejor, y avanzar todos juntos.

El sistema, mal que bien, ha funcionado hasta ahora. Sin embargo, el vertiginoso y brutal giro del panorama internacional, con la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania -que está a punto de entrar en su quinto año- y el cuestionamiento de la alianza occidental por parte de Estados Unidos tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, lo ha hecho insostenible. El orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial se desmorona, las grandes potencias juegan a repartirse el mundo en esferas de influencia, y a la UE le cuesta reaccionar.

La mayoría de dirigentes europeos es consciente de que Europa necesita reforzar su independencia estratégica, potenciar y poner en común sus capacidades en materia de defensa, y tener una política exterior sólida. Pero el sistema actual de gobernanza lo impide. La exigencia de unanimidad es una rémora. El canciller alemán, Friedrich Merz, lo expresó de forma gráfica en el marco de la reunión que el Partido Popular Europeo (PPE) celebró el pasado fin de semana en Zagreb (Croacia): “No puede ser que el último de la fila marque siempre el ritmo”. dijo.

La idea de una Europa de dos velocidades, en la que un grupo de países avance en el proceso de integración sin esperar a que todo el mundo se ponga de acuerdo, no es nueva, ni absolutamente inédita (ahí están la zona euro o el espacio Schengen para demostrarlo). Pero hoy ha adquirido una nueva urgencia y numerosas voces proponen profundizar esta vía a través del mecanismo de las cooperaciones reforzadas o las ‘coaliciones de voluntarios’ (como en el caso de Ucrania, donde un grupo de países, algunos ajenos a la UE, se han comprometido a implicarse en un eventual proceso de paz, incluso desplegando tropas sobre el terreno)

España es uno de los países que abonan este camino. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una entrevista reciente con La Vanguardia, fue muy claro al respecto: “Europa debe avanzar en su proceso de integración y dotarse de una defensa realmente común. Y para ello no necesitamos el acuerdo unánime de los 27 estados miembros. Podemos avanzar una serie de países en ese proceso de integración hacia unas Fuerzas Armadas realmente europeas”, dijo. Un mensaje que remachó el pasado domingo, en nuestras mismas páginas, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares: “Si somos capaces de establecer coaliciones de voluntarios para teatros externos de la Unión Europea, ¿cómo no hacerlo para objetivos vitales para nuestras sociedades?”.

Dirigentes del PPE en Croacia. En el centro, el presidente del partido, Manfred Weber, y el primer ministro croata, Andrej Plenkovic (
Dirigentes del PPE en Croacia. En el centro, el presidente del partido, Manfred Weber, y el primer ministro croata, Andrej Plenkovic (MARKO PERKOV / AFP

Alemania y Francia abogan desde hace tiempo por una Europa de dos velocidades, con el fin de eludir el freno -cuando no el bloqueo- de los países más euroescépticos. Friedrich Merz lo propuso ya antes de ser elegido canciller. Y el presidente francés, Emmanuel Macron, lo defiende desde hace más de una década. Pero en este momento histórico, quien parece haber tomado la batuta es Berlín. A finales de enero, en una conferencia organizada por el diario Die Welt, Merz abogó por configurar un núcleo duro de seis países, a través del mecanismo de la cooperación reforzada, para avanzar en la integración y la independencia estratégica de la UE. El grupo, formado por Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Países Bajos, suma el 70% del PIB comunitario. “Europa debe convertirse en una potencia política capaz de pesar en el mundo, tanto económica como militarmente”, declaró el canciller alemán.

Dicho y hecho, el ministro de Economía germano, Lars Klingbeil, envió una carta a sus homólogos de los otros cinco países citados invitándoles a pactar un plan de actuación común centrado en cuatro objetivos: impulsar la unión de los mercados de capitales, fortalecer el euro -incluida la creación de un sistema de pagos independiente-, coordinar la inversión en defensa y asegurar el acceso a las materias primas críticas.

La consagración de una Europa a dos velocidades sobrevoló también la reunión de los dirigentes populares en Croacia, pero no llegó a quedar plasmada en el documento final. “Debido a su configuración institucional y a una gobernanza excesivamente compleja, la capacidad de reacción de Europa es cada vez más limitada y, a menudo, demasiado lenta, en comparación con lo que requiere el mundo actual”, expone la declaración del cónclave conservador, que, sin embargo, no pasa de esta constatación.

Si el PPE no fue más allá, no fue por falta de ganas de su líder, el socialcristiano alemán Mandred Weber, quien llevaba bajo el brazo propuestas mucho más ambiciosas. Así, además de abogar por la constitución de coaliciones voluntarias de países para evitar el bloqueo de la unanimidad, el dirigente bávaro defendía potenciar el peso político del liderazgo de la UE terminando con la actual bicefalia y fusionando en un único cargo las presidencias del Consejo Europeo y de la Comisión, que ahora ocupan António Costa y Ursula von der Leyen. Weber se inscribe así en la senda del desaparecido Wolfgang Schauble -un ferviente europeísta, además de martillo de la austeridad-, quien proponía eso mismo e incluso iba más allá y defendía su elección directa por los ciudadanos (una auténtica opa hostil para los líderes europeos)

Merz, mucho más circunspecto, cree que no es viable plantear ambiciosas revisiones de los tratados europeos -lo que exigiría la unanimidad de los 27- y aboga por un enfoque pragmático. Lo mismo que el ex primer ministro italiano y ex presidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi, quien en una intervención el pasado lunes en la Universidad Católica de Lovaina defendió la idea de aplicar un “federalismo pragmático”, que avance por la vía de los hechos eludiendo grandes debates conceptuales. Autor de un fundamental informe para recuperar la competitividad de la economía europea, Draghi consideró que los retos de Europa -sin embargo- van más allá y requieren un salto cualitativo en el camino de la integración que la convierta en un “auténtico poder”. Y abogó por que un grupo de países pueda impulsar una política común -federal, de facto- en materia de política exterior, defensa y fiscalidad.

Las puertas a una Europa de dos velocidades están abiertas de par en par.

Maniobras sin EE.UU. Se trata de unos ejercicios militares programados desde hace tiempo, desde antes del retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, pero han venido a coincidir con uno de los momentos más bajos de las relaciones entre Washington y sus socios de la Alianza Atlántica. El caso es que esta semana la OTAN ha iniciado, sin la participación de Estados Unidos, unas maniobrasSteadfast Dart (dardo firme)- destinadas a testar la velocidad de despliegue de tropas y equipos de combate en caso de ataque, en este caso desde el sur a la costa báltica. En los ejercicios, que dirige Alemania, participan 10.000 militares de once países aliados. La Armada española ejerce el mando del componente marítimo, la parte terrestre es liderada por Italia, y la coordinación del aire recae en Turquía. Participan, además, unidades de Bélgica, Bulgaria, Francia, Grecia, Lituania, Reino Unido y República Checa.

Gobierno en La Haya. Tres meses después de dar la sorpresa y ganar las elecciones anticipadas en los Países Bajos, superando a la ultraderecha, el liberal progresista Rob Jetten ha conseguido cerrar un acuerdo para formar un gobierno de coalición de centroderecha en minoría. El Ejecutivo reunirá a tres partidos, el D66 del futuro primer ministro, los democristianos del CDA y los liberales de derechas del VVD, y su programa de gobierno dará prioridad a las inversiones en defensa, la construcción de nuevas viviendas, el control de la inmigración y -como no podía ser de otra manera- mantener un férreo rigor presupuestario. Como quiera que no tienen mayoría suficiente en el Parlamento (66 escaños de 150), se verán obligados a buscar acuerdos con los partidos de oposición.

Elecciones en Portugal. Los portugueses están convocados este domingo a votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en las que parte como claro favorito el socialista José Antonio Seguro frente al ultraderechista André Ventura. En la primera vuelta, Seguro se impuso al líder de Chega por casi ocho puntos de ventaja. Una especie de revancha, después de que los ultras superaran por primera vez a los socialistas en las elecciones legislativas de mayo del año pasado. En Portugal, la figura del presidente no es meramente representativa, sino que ejerce también un papel de árbitro, nombra al primer ministro y puede disolver el Parlamento. La importancia de estos comicios, sin embargo, van más allá del papel institucional de la presidencia, su principal valor es el de termómetro de la fuerza de la extrema derecha.

Lluís Uría Massana

Subdirector de La Vanguardia, especializado en política internacional. Excorresponsal en París (2005-14), ha dirigido las secciones de Internacional, Política y Vivir. Autor de «Por qué amamos a los franceses (pese a todo)» (Diëresis, 2024)

También te puede interesar