
Si Jesús hubiera nacido en el 2026, los tres Reyes Magos tendrían que hacer cola en el checkpoint 300 de Belén, en la actual Cisjordania ocupada. Presentarían sus pasaportes ante los soldados israelíes y los regalos pasaría un exhaustivo control de seguridad.
Sin embargo, la magia de Navidad a veces crea imágenes inverosímiles. Tan sólo tres días al año, la comunidad católica palestina de Belén obtiene un permiso especial del gobierno de Israel para pasar a Jerusalén, a tan sólo ocho kilómetros, pero separado por un muro de hormigón custodiado por centenares de torretas militares.
En víspera de la fiesta de la Natividad, un convoy de coches con matrícula palestina es escoltado desde el centro hasta el paso fronterizo, donde una gran puerta fortificada les da paso a un corredor no permitido para vehículos cisjordanos. Miembros destacados de la ciudad circulan a baja velocidad, bajo la mirada seria de los soldados y de un grupo de judíos ortodoxos que acuden a ese punto a rezar en la tumba de Raquel (figura bíblica).
“Esa casa de ahí antes tenía unas vistas preciosas, ahora está rodeada por el muro por tres costados”, señala el conductor del coche, miembro de una importante familia católica de Belén, y quien pide que se oculte su nombre. “Es un día especial para nosotros”, asegura. “Nos dejan ir con nuestros coches a Jerusalén y regresar con el Custodio de Tierra Santa”, el monje franciscano encargado de velar por los lugares sagrados para el cristianismo.
El recorrido del líder religioso hacia la Iglesia de la Natividad es, en sí mismo, un relato de geografía, fe y ocupación. La recepción se produce en tres puntos distintos, marcados hoy por el muro y por la fragmentación del territorio. El primero tiene lugar en la entrada norte de Belén, más allá del muro de separación, en la zona de Mar Elías, tierra que pertenece históricamente a Beit Jala. Allí lo esperan el alcalde de la localidad y una delegación municipal que, pese a la anexión israelí del área, cruza el muro para mantener una tradición centenaria.
“Es la primera vez en dos años que me atrevo a venir”, asegura el palestino, y añade que “la guerra en Gaza nos ha convertido a todos en sospechosos” a los ojos de las fuerzas de seguridad israelíes. El conflicto, que actualmente se encuentra paralizado por un alto el fuego precario, ha golpeado con fuerza el sector del turismo en todo el país. En Belén, donde la peregrinación cristiana es la principal fuente de ingresos, la tregua ha abierto un pequeño canal de esperanza.
Rony, propietario de una tienda centenaria de tallas de madera de olivo, situada a cinco pasos de la iglesia de la Natividad, explica que desde el último octubre “han comenzado a llegar más autobuses con visitantes”, pero “sigue habiendo más tiendas que turistas”. Para él, “la tienda no es solo un negocio. No pertenece sólo a mi familia o a la de mi hermano; forma parte de la vida de unas 25 familias que trabajan tallando productos de madera de olivo para nosotros desde hace más de 50 años”.
Frente a su establecimiento se alza un gran árbol navideño y unos cuantos puestos de comida. A pesar del ambiente festivo por la llegada de la comitiva franciscana, la presencia de extranjeros es prácticamente nula. Una marcha de boy scouts avanza con tambores por la principal calle de la población, donde sólo un par de vecinos hacen fotos al espectáculo.
“El desempleo ha aumentado de manera pronunciada y ha superado el 40 % en la región”, declara a La Vanguardia Mohamed Abu Ali, gobernador de la Autoridad Palestina en la provincia de Belén. “Las condiciones económicas son extremadamente difíciles: ha aumentado la pobreza, ha disminuido el poder adquisitivo, se ha reducido la inversión y el sector privado es incapaz de invertir o generar cualquier tipo de desarrollo debido al bloqueo israelí permanente y continuo contra el pueblo palestino”, denuncia el político.
La ceremonia termina con la recepción de Custodio -cargo ejercido desde el año pasado por el monje italiano Francesco Ielpo- por las autoridades de la gobernación en el lugar en el que se cree que dio a luz la Virgen María. Tras dos Navidades con celebraciones limitadas exclusivamente a los ritos religiosos, este año las autoridades y las iglesias palestinas optaron por conmemorar la Navidad de una manera diferente. En los años anteriores, la decisión de restringir los actos respondió al contexto de violencia y a la situación derivada de la guerra en Gaza.
“En ese momento, las iglesias decidieron limitar las festividades a los actos religiosos”, explica Abu Ali, durante la entrevista. Según él, la decisión de retomar las celebraciones busca enviar un mensaje de ánimo a la población en un contexto social y económico muy deteriorado. “Queremos transmitir esperanza a nuestro pueblo”, señala. “Confiamos en que, si Dios quiere, el próximo año traiga un cambio en las condiciones en las que nuestro pueblo ha vivido durante todo el período de ocupación, no solo en los últimos dos años”, añade.
La esperanza comienza con la primera venta del día de un comerciante cercano: un pequeño portal de madera con un muro que deja a Sus Majestades aislados, y sin caganer.
