En la cronología de los grandes acontecimientos que han marcado la historia de la monarquía británica, desde la ejecución de Carlos I hasta la abdicación de Eduardo VIII, ya aparece también la detención del expríncipe Andrés, la primera vez desde la guerra civil inglesa del siglo XVII que un miembro de la familia real es arrestado por la policía. No porque vaya a ser (al menos a corto plazo) el final de la Casa de los Windsor, sino porque se ha visto en directo, en la era digital de las noticias veinticuatro horas, cómo podría producirse ese final.
Para la supervivencia de una institución que cuesta a los contribuyentes unos 600 millones de euros anuales entre viajes, sueldos del personal y mantenimiento de sus propiedades, es fundamental que a cambio aporte prestigio para el país, sea una atracción turística y esté rodeada no sólo de una aureola de misterio, como decía la difunta reina Isabel, sino también de probidad y sentido del deber. Comportamientos como el de Andrés Mountbatten-Windsor son un torpedo nuclear en su misma línea de flotación.
La policía no descarta una orden judicial para entrar en el Palacio de Buckingham en busca de posibles pruebas
Aunque todo el mundo sepa que los royals son humanos, su vida privilegiada y la apelación al linaje hace que tengan que comportarse casi como semidioses. Cuando una joven Isabel conduce ambulancias en el Londres atacado por las bombas de la Lutwaffe, la monarquía responde a lo que se espera de ella. Cuando Carlos y Diana se ponen los cuernos mutuamente y cuentan sus infidelidades en la televisión, todo lo contrario. Y no digamos cuando Andrés es acusado de violación y abuso sexual, o su exesposa Sarah Ferguson es pillada con las manos en la mase ofreciendo a un periodista disfrazado de jeque árabe acceso e influencia a cambio de medio millón de dólares en efectivo, contantes y sonantes.
Aunque esté aplicando al pie de la letra el eslogan real de keep calm and carry on (mantener la calma y seguir adelante), Carlos III es plenamente consciente de la gravedad de la crisis y las consecuencias que puede tener. Por mucho que haya dejado a su hermano solo ante los leones y afirmado que “la ley ha de seguir su curso”, la pregunta que se hacen hoy muchos británicos es por qué no reaccionó antes y con mayor contundencia a los indicios de conducta indebida (sexual y financiera) del ex duque.
Muchas veces se ha hablado (la última por el propio Carlos al heredar la corona) de la necesidad de modernizar la monarquía y hacerla más democrática y transparente sin que ocurriera, pero ahora los Windsor han visto las orejas al lobo y parecen dispuestos a hacerlo. De entrada hay fuertes presiones al Gobierno para cambiar las leyes de manera que sea imposible el acceso al trono de Andrés, actualmente octavo en la línea de sucesión. El líder liberal demócrata Ed Davey ha dicho que si el FBI y el Congreso de los Estados Unidos se plantean interrogarlo, la Cámara de los Comunes debería también poder hacerlo. Sería una revolución en la relación entre la realeza y los súbditos.

Con Andrés en libertad pero sujeto a una investigación que decidirá la presentación o no de cargos, la policía siguió ayer examinando sus dos últimas residencias y sacando documentos de ellas, exhortó al personal dedicado a su protección que cuente lo que sepa sobre posibles irregularidades (ya sea la entrega de información confidencial a Epstein o la utilización de Heathrow y otros aeropuertos británicos para el tráfico sexual), y ni siquiera se descarta del todo una orden judicial para entrar en el Palacio de Buckingham en busca de pruebas. Algo que hasta hace poco habría parecido cosa de ciencia ficción.
Los excesos de Andrés alientan la impresión popular de que el poder y el dinero sirven para comprarlo todo
El drama de Carlos III es que Andrés es tanto un miembro de la realeza como de la familia aunque haya sido despojado de sus títulos, y que su conducta es el tipo de abuso que hace que la gente se rebele contra los privilegiados que se aprovechan del poder y el dinero para gozar de inmunidad y pierda fe en la democracia. Y ello hace inevitable que su caída en desgracia afecte también a la institución, por mucho que se intente establecer un cordón sanitario.
El expríncipe, educado por la misma institutriz que su padre y su hermano, que manejó helicópteros de la Royal Navy en la guerra de las Malvinas, playboy empedernido cuyas conquistas incluso hacían gracia en los años ochenta, es ahora objeto de escarnio. Expulsado del Royal Lodge de Windsor, no es sin embargo como la gente que no puede alquilar un piso a pesar de trabajar duro. En su caso, mientras encuentra algo, la familia le ha permitido instalarse en una de las casas de varias habitaciones que integran el complejo de Sandringham, donde el clan suele pasar las Navidades.
Muchos súbditos se preguntan por qué el rey no reaccionó antes y con más firmeza a los abusos de Andrés
A la colección de imágenes que simbolizan la historia de la monarquía británica hay que añadir la obtenida el jueves por un fotógrafo de Reuters, que muestra a Andrés hundido en el asiento trasero del coche a la salida de la comisaría, con las manos cruzadas y la mirada perdida. ¡Qué contraste con la de treinta años atrás, abrazado sonriente a Virginia Giuffre! La crónica visual de una caída.
Desde la ejecución de Carlos I en el siglo XVII, la continuidad es la esencia de la monarquía británica. Para ello la reina Isabel empezó a pagar impuestos, y en el 2013 se cambiaron las reglas para que un monarca pudiera tener un consorte católico, y que los varones no tengan prioridad sobre las mujeres en la línea de sucesión. Ese instinto de supervivencia va a ser puesto otra vez a prueba.

