Cuarenta años en Europa

El próximo 1 de enero se cumplirán 40 años desde que España se adhirió a la Comunidad Económica Europea (CEE); uno de los acontecimientos más relevantes de nuestra historia moderna, al hacerse realidad la vieja aspiración de aparcar para siempre el aislacionismo ibérico. Ese día se inició una etapa de modernización acelerada y exitosa pues, si hace cuatro décadas el sueño era aproximarnos a nuestros vecinos más avanzados, hoy somos uno más entre los grandes estados de la Unión Europea, sin destacar especialmente ni en lo bueno ni en lo malo. Pese a nuestra tradicional baja autoestima, alimentada por el caos global, no somos ninguna excepción: cada uno a su manera, todos los países europeos andamos igual de desubicados en este mundo tan inestable como impredecible.

Un período que ha resultado especialmente positivo para nuestro tejido empresarial pues, por ejemplo, antes de ingresar en la CEE las compañías exportadoras eran la excepción y aún más extraño resultaba que una empresa española se implantara en el exterior. Así, quien viajaba por Europa a mediados de los ochenta, recordará que nuestra presencia se limitaba a figuras de Lladró, perlas Majorica, algún vino de Rioja y poca cosa más. La evolución ha resultado extraordinaria, consecuencia del buen hacer generalizado de empresas, administraciones y mundo educativo.

El tejido productivo debe afrontar dos de sus mayores carencias: tamaño e inversión

Sin embargo, pese a que somos la economía que más crece de entre las grandes de la Unión, seguimos con un déficit crónico de productividad, de manera que el factor competitivo diferencial para buena parte de nuestras empresas sigue siendo el menor coste laboral. Una dinámica arraigada que debemos reconducir desde lo privado y lo público. Así, al tejido productivo le corresponde afrontar dos de sus mayores carencias: el reducido tamaño de las empresas y la escasa inversión, pues nuestras compañías son mayoritariamente pequeñas y, seguramente por ello, invierten menos que las competidoras europeas.

Por su parte, desde los poderes públicos, se debería entender que no podemos seguir soportando artificialmente actividades sin futuro, que se sustentan casi exclusivamente en la disponibilidad de mano de obra barata. Sin embargo, frente a la conveniente alternativa de una reconversión en profundidad –como hicimos con diversos sectores a lo largo de estos últimos 40 años– se sigue apostando por reforzar dichas actividades, confiando en la llegada de una inmigración masiva dispuesta a trabajar en lo que sea. Además, la nueva oleada inmigratoria, imposible de ser acogida con dignidad, alimentará aún más el discurso xenófobo de la extrema derecha.

Tenemos motivos más que suficientes para celebrar estos 40 años de plena integración en Europa. Pero para que pueda decirse lo mismo dentro de cuatro décadas, ahora deberíamos priorizar la mejora del empleo y, en consecuencia, adquirir dimensión empresarial y asumir el coste de nuevas reconversiones, evitando el dejarnos llevar por la comodidad de hacer como si nada.

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