Cuento de Navidad

Días de luces, de calles repletas a la búsqueda del último regalo y de comercios sin horarios. En dirección al centro, paseo lentamente por un ancho y abarrotado bulevar donde, sin verse, se cruzan muy diversos personajes. Entre los que me preceden destaca una solitaria mujer o, a su lado, un grupo de mediana edad que charla animadamente. Aunque nada conozco de ellos, me permitirán una digresión sobre sus quehaceres.

La mujer viste como cualquier vecino de mediana edad de un barrio popular, aunque sus rasgos la identifican como procedente del otro lado del Atlántico. Su difícil paso, y los paquetes que arrastra, sugieren la espera de algunos niños que, tras años de soledad y mucho esfuerzo, habrá conseguido traerse aquí. Probablemente lleva horas comparando precios porque, aunque conoce la exuberante oferta, sabe que poco podrá conseguir con un salario que no llega a los mil euros mensuales. Un ingreso que no da para alegrías, con una mitad dedicada al pago de la habitación familiar y el resto, alargando lo imposible, para la compra de lo mínimo imprescindible. Sin saberlo, forma parte de ese 20% de hogares pobres, donde vive un tercio de los niños, un colectivo en el que también hay clases: su grupo lo integran aquellas familias que no pueden comer dos veces a la semana carne o pescado, o festejar cumpleaños. Son, simplemente, pobres de solemnidad. Pese a ello, tiene el empuje suficiente como para que sus hijos no entristezcan en día tan señalado y, nerviosa, se detiene a la espera de la llegada de un autobús que la ha de llevar al extrarradio; allá espera disfrutar con sus hijos de una cena nada usual y regalar algo de ropa nueva y algunos juguetes que hace tiempo demandan. Tras la Navidad llegará de nuevo la muy dura austeridad.

Hay un 20% de hogares pobres, donde vive un tercio de los niños

El otro grupo continúa acera abajo. No intuyo preocupaciones cotidianas sobre la vivienda o la alimentación, por lo que imagino que hablan de sus trayectorias profesionales, sus cuitas familiares o, quizás, donde pasarán estos días. Quizás a practicar deportes de nieve; o a visitar algún mercadillo alemán; o a conocer la China emergente.

Dos colectivos distintos. Dos trayectorias vitales dispares. Pero, con toda seguridad, con anhelos similares para sus hijos. Una vez la inmigrante suba a su autobús y los nativos desciendan al parking, la coincidencia transitoria de esas dos realidades se desvanecerá para no reencontrarse jamás. Pero sus vidas continuarán: la mujer, limpiando oficinas, viviendas o lo que se tercie; ellos, abriéndose paso en esa compleja y dura sociedad que nos ha tocado vivir. Una y otros desaparecen de mi vista, y la estela de su recuerdo se disipa.

Me detengo y echo una última ojeada a esta acera de cualquier ciudad del mundo. Nada ha cambiado: los adornos navideños extienden su brillo, los comercios continúan abiertos y el gentío prolonga su ajetreo. ¡Feliz Navidad!

También te puede interesar