Hablar de las bases militares de EE.UU. en España supone hacerlo del despegue económico español bajo el franquismo y los cambios posteriores en el modelo de crecimiento vigente hasta fechas muy recientes. En los pactos de Madrid de 1953 Francisco Franco y Dwight D. Eisenhower intercambiaron bases militares por supervivencia del régimen. Franco entregaba soberanía militar en suelo español a Washington a cambio de blanqueo político y dinero para su dictadura.
En Europa occidental, cuatro años antes se había creado la OTAN para apuntalar regímenes democráticos, encarar a la URSS y sacar de la ruina la economía. EE.UU. esparció decenas de bases por un continente arruinado, al que financió con el plan Marshall. Europa entregó su soberanía militar a cambio de su reconstrucción. Fue el periodo de máximo poder de EE.UU. en el mundo y Europa.
El choque por las bases sintetiza la credibilidad de la apuesta europea por la autonomía de EE.UU.
En España supuso el relevo de la tutela que habían ejercido las potencias europeas. EE.UU. elevó sustancialmente su influencia en la gestión de los asuntos internos españoles. Como en Europa, el acuerdo de las bases llevaba implícito otro económico, tanto o más importante que el primero. El Plan de Estabilización de 1959 fue el resultado final e implicó el entierro de la política económica vigente desde finales del siglo XIX. Bastó un telegrama confidencial a Franco de John Hollister, director del Departamento de Cooperación Internacional en Washington, antes jefe de la CIA, quejándose de la lentitud en la ejecución de la política económica preconizada por Washington, para desencadenar la crisis de gobierno más fulgurante y de más calado del franquismo.
El despegue en Europa, también en España, desgastaría las piezas. Un largo proceso que abarcó desde que Charles de Gaulle decidió a partir de 1958 que Francia debería tener su propia bomba atómica, hasta que Alemania a principios de los setenta ejecutara una política de fortalecimiento del marco al margen del dólar.

En el caso español ese cambio relativo de la relación de fuerzas, más la dependencia del petróleo de la entonces llamada OPEP, junto con el descrédito del régimen, acabaron provocando que Franco se plantase en 1973 ante Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, negándoles el empleo de las bases en la guerra del Yom Kippur; de nuevo Israel contra los países árabes. Para entonces, las bases estaban bajo control del gobierno español, tras renegociar los acuerdos.
El choque abrió un periodo de turbulencias en las relaciones entre los dos países. Y obligó a Kissinger a viajar a España. El secretario de Estado, en un episodio que ha dado pie a toda clase de especulaciones, se reunió con el jefe del gobierno español, el almirante Carrero Blanco, justo un día antes de que este volara por los aires tras un atentado con bomba en Madrid. ¿Perdió influencia EE.UU. en los asuntos españoles? Es posible, aunque la historia de la transición no apunta a eso.
Bastante después, en el 2003, José María Aznar, imprimió un giro pro EE.UU. a la política exterior española y se alineó con George W. Bush en la invasión de Irak. Le tendió la alfombra roja para el uso de las bases y se distanció de los socios franceses y alemanes, contrarios a la aventura y partidarios de reforzar la autonomía europea hacia las aventuras americanas en Oriente Próximo. Aznar buscaba una relación especial con el imperio, similar a la del Reino Unido y alternativa al eje francoalemán. (Ahora hasta este último país ha puesto problemas a Washington con sus bases en el Índico). De especial solo quedó la lucrativa relación económica de Aznar con algunos magnates amigos de Bush, como Rupert Murdoch.
La base apuntaló el franquismo y sentó las bases del desarrollismo: soberanía por supervivencia
Ahora, en un momento de henchida retórica sobre soberanía y autonomía estratégica europea, las bases han emergido como imprevista piedra de toque de la política internacional. Pedro Sánchez le ha impedido a Donald Trump utilizarlas en la guerra contra Irán. Hay que rastrear, en primer lugar, la larga experiencia de fracasos de todas las incursiones militares de EE.UU. en esa zona del planeta; tan azotada. Las consecuencias siempre han sido crisis políticas agravadas, más inestabilidad económica y dramas humanitarios masivos. Y más control económico de Washington de los flujos energéticos cruciales para Europa.
EE.UU. toma sus decisiones sin consultar con nadie, excepto con Benjamin Netanyahu, sin importarle las consecuencias para los europeos, que a menudo son quienes más las padecen. El ministro italiano de Defensa quedó atrapado en Dubái el pasado fin de semana, al iniciarse la ofensiva; irrefutable prueba anecdótica de la ignorancia de los socios más cercanos sobre los planes estadounidense. Controla el mercado mundial de la energía, tanto por su disponibilidad directa en su propio territorio, como su papel de gendarme militar de su flujo en el mundo.
La apuesta de Sánchez se produce en un momento refulgente de crisis existencial para Europa. Trump se ha propuesto disolverla en el corrosivo ácido de los partidos ultras a los que apoya en varios países. VOX en España. Y la reacción del político español –inextricable de sus propios problemas internos– puede acabar en un test de supervivencia para la UE. Si los socios de referencia, Francia, Alemania e Italia, escurren el bulto, ya pueden ir archivando los discursos vacuos sobre autonomía europea y presupuestos de defensa común.
En la crisis de las bases se condensa la tensión entre ambos bloques en torno a temas cruciales como la regulación financiera, el embridamiento de las compañías tecnológicas americanas, la diversificación de los recursos energéticos y una relación más abierta con el resto del mundo, China incluida. Además de los esfuerzos de recuperación de capacidad industrial.
Obviamente, Sánchez cuenta para su audaz movimiento con que la economía española aguantará. Crece de forma sostenida, mucho más integrada con la europea y alimentada con una política fiscal expansiva en el continente. Europa y economía. Dos ejes potentes para buscar la supervivencia política.

