
Los chistes son, a menudo, el termómetro de una época. Lo que antes nos desternillaba ahora puede que no nos haga ni pizca de gracia o viceversa. También hay burlas que perduran a lo largo del tiempo. Por ejemplo, las desventuras de El Quijote siguen esbozando la sonrisa del lector de hoy. Todo ello no quita que las chanzas deban ser en sí mismas políticamente incorrectas porque muchas veces constituyen la válvula de escape de una sociedad demasiado rígida en determinados aspectos. Sin embargo, hay un tipo de chistes que no es que envejezcan mal, es que son malos desde que nacieron. Es el caso del último chascarrillo de Santiago Abascal sobre el presidente andaluz, al que llama Juanma “Moruno”, en lugar de Moreno.
Abascal es reincidente en ese tipo de juegos de palabras aparentemente inofensivos, puesto que ya cambió el nombre al presidente de Castilla y León por el de Alfonso Fernández “Marruecos”, en lugar de Mañueco. No es que el líder de Vox quiera recordarnos nuestra infancia, cuando nos burlábamos de los compañeros colocándoles motes. Con ese gesto, Abascal despoja de autoridad al presidente andaluz, despojándole en parte de su identidad española, tildándole de blando con la supuesta “invasión” de magrebís y situando de paso la inmigración en el centro. Se sale así del carril del discurso políticamente correcto contra la xenofobia e impugna los códigos asumidos por la mayor parte de partidos.
Vox es una formación especialista en traspasar la ventana de Overton, como cada día hace Donald Trump, éste en una escala planetaria. Se trata de ir redefiniendo cuáles son las ideas que la sociedad considera aceptables, modulando poco a poco el discurso público de forma que, lo que hace poco parecía impensable, ahora puede ser incluso popular. Y eso es lo que practica con Moreno Bonilla al aplicarle un insulto tan inocuo en apariencia, propio de un chiste de patio de colegio. De ahí al “musulmán el que no bote” coreado por medio estadio de fútbol hay un paso de nada.
Cuando Abascal tacha de “Moruno” al presidente andaluz lo despoja de autoridad e identidad
La encuesta que hoy publica La Vanguardia refleja que España ha basculado a la derecha con total nitidez. Aunque no sea Alberto Núñez Feijóo el motor de arrastre, ese bloque llegaría a los 12 millones de votos. Hay que remontarse a 2011 para ver una movilización tan impresionante de ese segmento social. Enfrente, los 8,5 millones de la izquierda. El sondeo revela que poco cambiaría el panorama si los partidos de este último espacio van unidos, por separado, a la greña o medio amigos. Habría algunas variaciones, pero la ley d’Hondt, siendo importante, tampoco obra milagros por mucho dominio que se tenga de sus secretos.

La ventana de Overton ha hecho su trabajo y, poco a poco, el relato conservador en unos casos y más descaradamente (desacomplejado dirían sus adalides) a la derecha en otros, se ha extendido como hace una década lo hicieron los gestos y el lenguaje populista entonces en auge de todo el movimiento alrededor que impulsó a Podemos, que contagió de su relato al resto de partidos, en especial al PSOE. Hoy Vox pasaría de 33 a 64 escaños, con un 18% de los votos. Pero sobre todo ha conseguido impregnar al PP de sus formas y su agenda.
El sondeo de Ipsos que publicamos refleja una desmovilización histórica de la izquierda. Habría que remontarse a 2011 para ver algo así, cuando la Gran Recesión descabalgó a José Luis Rodríguez Zapatero de la presidencia y el PSOE perdió más de 4 millones de votos, muchos de los cuales se refugiaron en la abstención. Estos días se pone el acento en la necesidad de unir a los partidos a su izquierda si Pedro Sánchez quiere tener alguna opción de repetir como presidente. Es un factor destacable, pero menos determinante de lo que parece. Sin embargo, la encuesta refleja que su mayor problema lo tiene el presidente por el centro, donde existe fuga a la abstención, pero también hacia la derecha (incluida Vox). En el votante del PSOE que se auto ubica en el centro ha prendido la indecisión, cuando no el hastío.
Sánchez se adapta a los nuevos tiempos con guiños de patriotismo español
¿Qué pasará con esos indecisos del centro? ¿Se quedarán en casa como ocurrió en 2011? Ésa es una de las claves. La guerra de Irán ha erosionado la imagen de Trump entre los votantes de Vox y de otros de sus referentes en Europa y ha permitido a Sánchez erigirse en el líder que planta cara al extranjero arrogante. No es que quienes detestan al líder del PSOE vayan a cambiar de opinión, pero aquellos socialistas indecisos pueden encontrar alguna motivación para votarle de nuevo. Para convencerles, Sánchez también ha adaptado algunos códigos de los nuevos tiempos. Los símbolos nacionales están en boga, así que ya ha recurrido al término “patriota” en más de una alocución parlamentaria, lo vimos hace unas semanas en un mitin ante una enorme bandera española y esta semana vestía la camiseta que la selección de fútbol lucirá durante el Mundial con el dorsal 22 a la espalda, en referencia a la cifra de afiliación de trabajadores a la Seguridad Social. (Otra cosa será si la delicada situación internacional da al traste con la bonanza económica y la camiseta acabe un baúl).
En todo caso, el orgullo de la españolidad es utilizado con desparpajo por primera vez en mucho tiempo por un líder socialista, precisamente aquel que ha alardeado también de haber adormecido el independentismo catalán, mientras Gabriel Rufián, asegura que él no ha renunciado a la secesión, pero que ahora la prioridad es defender España de “los fascistas”. “Representar a alguien de Algeciras no me hace menos catalán”, dice el portavoz de ERC en el Congreso. Y si Abascal presenta al presidente andaluz como “moruno”, Sánchez viste la Roja (que ahora es blanca), Rufián se erige en líder de las izquierdas en España, solo falta Joan Garriga, portavoz de Vox en el Parlament de Catalunya, ataviado con barretina para defender las raíces catalanas como otra forma de ser español. Parece un chiste, pero el nacionalismo siempre va en serio.

