Por primera vez desde finales de los años noventa, la época del boom primerizo de internet, una compañía ha colocado en el mercado un bono a 100 años, con un cupón de más del 6% y por un importe de 1.200 millones en libras esterlinas (unos 1.360 millones de euros). Ha sido el gigante Alphabet. La respuesta del mercado fue entusiasta: la demanda superó diez veces la oferta.
La última tecnológica en hacerlo fue hace treinta años Motorola (fundada en 1928), compañía que no ha cumplido las expectativas de aquel entonces y que hoy trata de flotar como puede. Los llamados bonos, rebautizados irónicamente como “Matusalén”, son una rareza en el mundo corporativo. Cuando en 1992 Disney salió con esta propuesta los llamaron “los bonos de la bella durmiente”.
Los planes de inversiones son colosales y las tecnológicas buscan diversificar sus fuentes
Algunos estados soberanos han recurrido a este instrumento (Austria, Bélgica, hace una década, cuando los tipos de interés eran muy bajos) o en el pasado incluso instituciones universitarias (Universidad de Oxford) bajo la premisa de que estas instituciones seguirán existiendo dentro de un siglo y que, a mala,s los poderes públicos siempre podrán imprimir moneda. ¿Pero una empresa? ¿Seguiremos usando Google para hacer búsquedas en el siglo XXII? ¿Todavía existirá internet?
Cuando IBM emitió su bono centenario en 1996 no podía imaginar que Microsoft o Apple le tomarían la delantera. Y no hace falta recordar marcas como Nokia o Kodak, que parecían destinadas a marcar una época y que han sufrido crisis profundas de su modelo. El caso más llamativo fue el de la empresa de venta al detalle J.C. Penney, histórica cadena de grandes almacenes estadounidense, se fue a la quiebra en 2020, 23 años después de endeudarse a 100 años para el siglo siguiente. Los poseedores del bono centenario se quedaron con las migas.
La estadística dice que de las 38 emisiones centenarias desde 1990, sólo 17 empresas siguen cotizando. El resto ha desaparecido entre quiebras, compras o fusiones. Un estudio de Innosight señala que en promedio una empresa se queda en el índice S&P 500 unos 20 años, cuando en la década de los sesenta eran 35 años. La competitividad no es eterna.
Alphabet, un monstruo valorado en casi 4 billlones de dólares con un flujo de caja gigantesco, necesita dinero para financiar la expansión de la IA. Tiene previsto gastar 185.000 millones solo este año, es decir, duplicar la inversión respecto al año anterior. Su deuda a largo plazo se ha multiplicado por cuatro. Pese a todo, sus últimas emisiones a varios plazos y divisas (incluida una en francos suizos) le permitieron levantar unos 32.000 millones de dólares en 24 horas. El conjunto de las inversiones grandes tecnológicas hiperescaladoras , según S&P Capital y Reuters, rozará este año los 700.000 millones de dólares, casi tres veces lo del año pasado y el equivalente al PIB de un país como Suecia. Para los próximos años la cifra puede ascender a tres billones.
El mercado ha acogido con entusiasmo la emisión de la firma de Mountain View
En una nota reciente, Pedro del Pozo, director de inversiones de Mutualidad comentaba: “el volumen, por sí solo, ya es significativo. Refleja la magnitud de las necesidades de financiación del nuevo ciclo inversor en infraestructuras digitales, IA y desarrollo tecnológico. Estamos ante empresas que compiten en un entorno de innovación acelerada y que necesitan invertir hoy para mantener su posición mañana. Están financiándose a horizontes temporales donde la visibilidad empresarial es, siendo prudentes, limitada”. “No sabemos cómo será el ecosistema de la IA dentro de cinco años, menos aún en cien años”, comentaba Song Jin Lee de HSBC.
Curiosamente, no hay tanta diferencia en términos de retorno entre un bono a 20 o 30 años o a 100. ¿Para qué asustarse ahora sobre si habrá dinero en la caja si con toda probabilidad no seremos vivos para verlo? “Estas compañías antes de emitir ya tienen información si el mercado tiene interés en el producto. Como el caso de Alphabet, no es una estrategia, sino un complemento para diversificar las fuentes de financiación”, reflexiona el profesor del Iese Pablo Hernández, que ha investigado el tema. De hecho, este tipo de bonos suele tener interés para los fondos de pensiones y las firmas de seguro, para diversificar sus carteras de inversión.
Pocas compañías sobreviven cien años y hasta los Estados evitan endeudarse hasta el siglo XXII
“Hay que salir de la idea de que tendrás que esperar un siglo para cobrar, siempre los puedes vender en el mercado secundario y es un producto que los inversores pueden tener en su cartera. Hay estados que son mucho menos seguros que ciertas compañías”, razona Fernández.
Por ejemplo, el precio del bono centenario de Austria se ha desplomado casi un 50% en una década. El de Argentina, peor aún, tuvo que enfrentarse a la suspensión de pagos del país sudamericano. No hay que olvidar que las empresas pueden tener ingresos más diversificados que los estados y que los centros de datos son un poco como los ferrocarriles del futuro, algo estructural construido para durar. Por lo menos hasta el 2126.
