
Cuando las futuras generaciones se pregunten ¿cuándo se jodió España?, habrá quien responda: cuando el Tribunal Supremo juzgó y condenó al fiscal general del Estado por revelación de secretos. El día que se visualizó la guerra sucia, real o ficticia, entre el poder ejecutivo y el judicial. En realidad, como dice Vargas Llosa en Conversación en La Catedral , no se refiere a un día, ni a un hecho concreto, sino a un largo proceso de deterioro económico, político y judicial. Lo del fiscal ha sido la gota de agua que ha colmado el vaso.
Para el Gobierno y sus aliados políticos y mediáticos se trata de un golpe de estado judicial. Por el contrario, para la oposición y su aparato mediático simplemente ha funcionado el Estado de derecho. Se trata de la misma reacción, pero al revés, que cuando se juzgó el caso Gürtel. Un tribunal sentenció que el PP funcionó durante años con una contabilidad paralela en dinero negro procedente de donaciones de empresarios. Aquello provocó la caída de Mariano Rajoy a través de una moción de censura que presentó Pedro Sánchez.
La riqueza de las naciones depende de la calidad de sus instituciones
En ambos casos se ha recurrido a acusar a los jueces de emplear el lawfare , la persecución judicial contra los que se sentían perjudicados. Poco a poco, la guerra entre el poder ejecutivo y el judicial ha ido fijándose en la opinión pública. Esto, unido a la corrupción y al deterioro de las instituciones, ha conducido a España a un callejón sin salida. No es algo que se note de un día para otro, es como las termitas que van comiéndose las vigas más sólidas hasta que el edificio acaba derrumbándose. Así puede terminar pasando con nuestra joven democracia.
El premio nobel de economía James A. Robinson y el profesor Daron Acemoglu escribieron hace años el libro Por qué fracasan los países , en el que tras una larga investigación llegaron a la conclusión de que la riqueza de las naciones depende fundamentalmente de la calidad de sus instituciones. Esto es lo que determina si un país es rico o pobre. Cuando hay instituciones inclusivas que fomentan la participación amplia en la economía, promoviendo la competencia, la seguridad jurídica, la independencia de los reguladores y la alternancia en el poder, el país prospera. Por el contrario, cuando desde el poder se bloquea cualquier cambio, cuando se tolera la corrupción, cuando se colonizan las instituciones, cuando no hay separación entre el poder legislativo, ejecutivo y judicial y se limita la libertad de expresión, las naciones se empobrecen.
Como escribió Adam Smith, el progreso de las naciones se basa en la sinceridad y en la veracidad, que desde hace años no hay en España: “Cuando un hombre que acostumbra a engañar pierde el respeto por la verdad, pronto se hace incapaz de distinguir entre lo verdadero y lo falso incluso de su propio pensamiento”, escribió el moralista escocés. Demasiadas mentiras para que un país pueda prosperar.
