Los testigos de Jehová, seguidores de esta confesión religiosa milenarista que se autodefine como cristiana, sufrieron persecución en la Alemania nazi por su pacifismo y su negativa a hacer el saludo hitleriano, entre otros comportamientos que el Tercer Reich consideraba subversivos.
Durante decenios fueron víctimas olvidadas por la cultura del recuerdo, hasta que en el 2023 el Bundestag (cámara baja del Parlamento) aprobó por unanimidad la construcción de un monumento en Berlín, que fue inaugurado el miércoles en una sentida ceremonia.
El memorial, un tronco de árbol de bronce en color dorado, mide casi cinco metros de altura, y se alza solitario en el parque berlinés Tiergarten. Su superficie rugosa brillaba con fuerza bajo un sol de canícula, mientras unas doscientas personas asistían a su inauguración, encabezada por la presidenta del Bundestag, Julia Klöckner, y el ministro sin cartera de Cultura y Medios, Wolfram Weimer. “Monumento a los testigos de Jehová perseguidos y asesinados bajo el nacionalsocialismo”, reza la placa.
Cárcel y campos de concentración
El Tercer Reich persiguió a los testigos de Jehová por su pacifismo y por no hacer el saludo nazi, entre otros comportamientos que consideraba subversivos
Cuando Adolf Hitler y los suyos alcanzaron el poder en 1933, había en Alemania unos 25.000 testigos de Jehová, que hasta 1931 se denominaban Estudiantes de la Biblia. Los postulados de esta confesión religiosa, fundada en Estados Unidos a finales del siglo XIX, irritaron pronto al nuevo régimen nazi. Al declararse apolíticos y pacifistas, los testigos se negaban a realizar el saludo nazi y a unirse a organizaciones estatales, no colgaban en sus hogares banderas con la esvástica, y los hombres rechazaban tomar las armas.
Según estimaciones oficiales, unos 15.500 testigos de Jehová, tanto hombres como mujeres, fueron encarcelados en Alemania y en los territorios ocupados en la Segunda Guerra Mundial. De ellos, al menos 4.200 fueron recluidos en campos de concentración, donde debían llevar un triángulo morado en su uniforme de prisioneros. Al menos 1.750 murieron. De ellos, 282 eran alemanes que fueron ejecutados por negarse a servir en el ejército. Terminada la guerra, cientos fueron nuevamente encarcelados por las autoridades de la RDA comunista, que en 1950 prohibió este credo religioso.

“Mi bisabuelo Bruno Seide era minero en la cuenca del Ruhr y mi bisabuela Else era ama de casa y cuidaba de los hijos”, contó ayer en el atril la joven Clara-Denise Dörner. Al llegar los nazis al poder, todo cambió. “El bisabuelo Bruno y la bisabuela Else se negaron a obedecer. No saludaban a la gente con un ‘Heil Hitler’, trataban a sus vecinos judíos como iguales, y su fe seguía siendo sagrada para ellos. Por ello, pagaron un alto precio”.
Bruno fue encarcelado, y más tarde le ofrecieron la libertad a cambio de “renunciar a su fe como testigo de Jehová y convertirse en nacionalsocialista; no pudo conciliar esto con sus convicciones religiosas ni con su conciencia, y por eso fue enviado a dos campos de concentración, primero a Sachsenhausen y luego a Neuengamme”, relató su bisnieta, emocionada. Murió por malos tratos en Neuengamme en 1940 a los 41 años.
Persecución nazi de testigos de Jehová
“Mis bisabuelos Bruno y Else no saludaban a la gente con un ‘Heil Hitler’, trataban a sus vecinos judíos como iguales, y su fe seguía siendo sagrada para ellos. Por ello, pagaron un alto precio”, relató Clara-Denise Dörner, su bisnieta
“Mi tatarabuelo Wilhelm Ruhnau vivía en Danzig [hoy Gdansk, en Polonia] con su esposa, Maria, y tres hijas; una de ellas era mi bisabuela Edith”, relató Julius Glaser, otro joven que explicó la historia de su familia. Wilhelm era sastre y ejercía de organizador y mensajero de los testigos de Jehová.
“Para no poner en peligro a su familia, decidió no regresar a casa. En septiembre de 1936, se citó con su esposa Maria en un bosque, pero una vecina les delató a la Gestapo, que lo arrestó y lo encerró en la prisión de Marienburg. Allí fue asesinado a golpes”. La viuda escapó a Polonia, pero en 1941 fue enviada al campo de concentración de Ravensbrück, donde logró sobrevivir hasta el fin de la guerra.
Este memorial en forma de árbol, realizado por el artista Matthias Leeck, es el quinto gran monumento a un grupo de víctimas del nazismo impulsado por la Fundación Memorial a los Judíos Asesinados de Europa, tras los dedicados a judíos (2005), homosexuales (2008), gitanos (2012) y pacientes víctimas de eutanasia (2014), todos ellos erigidos por decisión parlamentaria.
La Fundación Arnold Liebster –creada en el 2002 por un matrimonio de supervivientes de la persecución nazi, él judío y ella testigo de Jehová- hizo campaña durante años para que se levantara este nuevo memorial.
Al principio, hubo cierta resistencia en el Bundestag, “porque la comunidad religiosa actual también genera escepticismo en muchos sectores”, explica Uwe Neumärker, director de la Fundación Memorial a los Judíos Asesinados de Europa. Los testigos de Jehová practican el proselitismo puerta a puerta, y, en principio, rechazan las transfusiones de sangre y no votan en las elecciones. Pero en el hemiciclo nunca hubo duda de que los perseguidos y asesinados debían tener su homenaje, como así ha sido.

