Un Trump repentinamente más anciano exhibiendo en rueda de prensa una caricatura del mundo inspirada a partes iguales por Flash Gordon y el tío Gilito: esa es toda la información de la que dispone la comunidad internacional para anticipar qué se dispone a hacer Estados Unidos tras haber violado la soberanía de Venezuela y apresado a su dictador, poniéndolo a disposición de la justicia en Nueva York. Vista la desproporción de capacidades entre Venezuela y Estados Unidos, la operación militar de la que Trump dio cuenta en su residencia privada de Mar-a-Lago constituye la mitad más sencilla de lo que, por el bien de todos, ojalá forme parte de un plan del que la otra mitad, la mitad política, contenga alguna previsión racional y verosímil para mantener a raya los demonios que ha agitado una acción de guerra al margen de cualquier legalidad, tanto norteamericana como internacional.
Con la excepción de los aliados incondicionales de Trump, significativa por cuanto revela cómo conciben el orden que parece estar emergiendo, la comunidad internacional no ha dejado de subrayar el desprecio de las reglas sobre el que se ha llevado a cabo el ataque. No se ha pronunciado, sin embargo, acerca de otro de los desprecios de los que Trump hizo alarde durante la rueda de prensa, y que es el que podría marcar la evolución de la crisis en los próximos meses; se trata del desprecio a la voluntad democrática de los venezolanos, al omitir cualquier mención a Edmundo González Urrutia, el vencedor no proclamado de las elecciones manipuladas por Maduro. Si Trump hubiera reconocido algún papel a González Urrutia en el periodo de incertidumbre abierto por la intervención militar, la comunidad internacional se habría enfrentado al debate clásico entre medios y fines: ¿puede un Estado imponerle a otro el resultado de unas elecciones? ¿Sería legítimo invocar por parte del agresor un deber de “injerencia democrática” semejante al de injerencia humanitaria que la comunidad internacional consideró desde finales del pasado siglo?
Trump omitió a Edmundo González, el vencedor de las elecciones amañadas
No fueron esos los indicios que dejó transparentar Trump en su intervención, obviando la evidencia de que, al igual que en Irak o Afganistán, el principal problema al que se va a enfrentar Estados Unidos es en qué fundamentar la legitimidad del gobierno que suceda al de Maduro. Las alusiones a la riqueza que producirá el sector del petróleo en manos de EE.UU. podrían interpretarse como una respuesta, al dar por descontado que una ciudadanía satisfecha es por definición una ciudadanía indiferente a las cuestiones políticas, incluidas las eventuales reacciones nacionalistas. Otro tanto cabría decir del papel insinuado para la vicepresidenta Delcy Rodríguez, en quien tal vez la Administración norteamericana esté pensando para patrocinar un proceso que conduzca a nuevas elecciones. Si ese fuera el caso, ello significaría que los estrategas de la intervención en Venezuela han tenido presente la experiencia en Irak y Afganistán: de acuerdo con un análisis generalizado en Estados Unidos, destruir el Estado y la Administración existentes en ambos países desencadenó un irresoluble conflicto de todos contra todos. Delcy Rodríguez, y tal vez algunos sectores militares del chavismo, podrían ser la apuesta de Trump para conjurar el viejo error. Pero en cualquier caso sería eso, una apuesta. Es decir, un experimento, no una garantía.
Donald Trump, en su comparecencia tras la acción especial de Estados Unidos en Venezuela
Por lo que respecta finalmente al orden internacional que estaría emergiendo en este comienzo de 2026, el ataque contra Venezuela evidenciaría el retorno definitivo a la lógica de las esferas de influencia sobre el principio de soberanía de los estados. Se trata una vez más de una lógica coherente con la caricatura del mundo que maneja Donald Trump, y de la que también participa Vladímir Putin en Ucrania. Xi Jinping, por su parte, parece limitarse a extraer los beneficios para sus propios intereses, manteniéndose a prudente distancia de los conflictos que provocan otros. Un mundo organizado sobre la lógica de las esferas de influencia sería infinitamente peor que el que surgió tras la II Guerra Mundial, pero sería, con todo, un mundo posible. El problema reside en que, según parece deducirse de las acciones y las palabras de Trump, con el ataque a Venezuela Estados Unidos no solo aspira a imponer el principio de las esferas de influencia, sino también a ejercer con mano de hierro la hegemonía mundial. En una caricatura del mundo es posible. En cualquier otro mundo, incluido este, parece más bien una temeridad.
