El peligro del vasallaje

Como soy de los muchos que pensábamos que “España es el problema y Europa la solución”, la visión de los líderes europeos humillándose ante Trump me resulta dolorosa. Sin embargo, lo que resulta profundamente preocupante es lo que podría resultar para Europa si EE.UU. reacciona inteligentemente a la debilidad europea. Me explico.

Los aranceles son sobre todo una herramienta de política industrial y, contra lo que muchos piensan, EE.UU. fue la mayor parte de su historia un país muy proteccionista. Los aranceles fueron defendidos por el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, porque quería industrializar el nuevo país, nacido agrícola y que no podía competir a campo abierto con la antigua metrópoli, el único país industrializado del mundo. En la medida que los estados del norte se iban industrializando se convertían en dependientes de los aranceles, y fue fundamentalmente por ellos que lucharon la guerra civil contra los del sur, que ni estaban industrializados ni querían estarlo.

¿Encontraremos el valor para poner condiciones a EE.UU. para acceder a nuestro mercado?

Ahora Trump ha redescubierto los aranceles. Los justifica como una medida para reindustrializar EE.UU., pero ese objetivo es falaz. EE.UU. no puede producir el aceite, la maquinaria y los coches que ahora importa de Europa y de Japón porque ni tienen trabajadores disponibles (tiene pleno empleo) ni quiere tener más inmigrantes. Por tanto, los aranceles son en realidad un impuesto al consumo que pagarán los americanos y que, como todos los impuestos al consumo, son esencialmente regresivos (pero esto último no es algo que preocupe a Trump). Los americanos consumirán menos y eso les resultará saludable, puesto que hace mucho que viven por encima de sus posibilidades a base de que el resto del mundo les financie una deuda siempre creciente. Esta reducción del consumo perjudicará a muchos productores del resto del mundo, Europa incluida, pero este reajuste es necesario, porque no puedes hacer negocio permanentemente a base de vender a alguien que te paga con pagarés.

El riesgo al que nos enfrentamos es que los americanos, una vez comprobado que los europeos pasamos por el aro sin ofrecer resistencia, nos impongan lo que siempre impone una metrópoli a sus colonias: el papel de proveedor de productos de tecnología baja y consumidor de productos de tecnología elevada. Es decir, que algún sucesor de Trump se digne magnánimamente a facilitarnos que volvamos a exportarles aceite, maquinaria y automóviles, pero nos imponga sus chips y su armamento.

Hace algunas décadas, el papel de China era exportar juguetes y tejidos baratos a Occidente y comprar maquinaria y automóviles. No se conformó con él, y empezó a condicionar el acceso a su mercado a la transferencia de nuestra tecnología. Este ha sido su camino hacia la prosperidad.

La pregunta es si encontraremos el valor para poner condiciones a los americanos para acceder a nuestro mercado. De momento, nos tiemblan demasiado las piernas.

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