Nada más ser investido, el vicepresidente J.D. Vance sorprendió a los europeos en la Conferencia de Seguridad de Munich, en febrero del 2025, al lanzar un ataque contra la “amenaza interna” de Europa. Nerviosos ante el nuevo Gobierno estadounidense, los europeos estaban preparados para el discurso de Vance, del que temían que pudiera suponer un giro en contra de Ucrania como el promovido por los defensores del “EE.UU. primero”. Sin embargo, Vance aprovechó la ocasión para sermonear a los europeos sobre sus decisiones en materia de aplicación de la ley y los acusó de imponer la censura y coartar la libertad de expresión. Con un descaro sorprendente, denunció a una Europa que se ha alejado de los “valores democráticos compartidos”. Tras el discurso, Vance se reunió con Alice Weidel, la presidenta del partido de extrema derecha alemán AfD, una señal clara de su intención de apoyar a las fuerzas de la extrema derecha europea.
El discurso de Vance fue el primer indicio del nuevo enfoque que la segunda presidencia de Trump se disponía a poner en práctica: tratar a Europa como otro campo de batalla en su lucha política, tanto interna como global, contra el liberalismo. Fue como si las guerras culturales de EE.UU., que habían sumido al país en un frenesí político desde la llegada de Donald Trump a la escena presidencial diez años antes, hubieran acabado llegando a las costas de Europa. En realidad, el discurso, así como la batalla política en la que está inmerso en Europa el actual Gobierno estadounidense, emana de la intersección de dos perspectivas: en primer lugar, el inusual enfoque personalizado y populista de Trump hacia la diplomacia; en segundo lugar, el surgimiento, a lo largo de una década, de un movimiento intelectual posliberal que ha lanzado una crítica a la repercusión del liberalismo en las democracias occidentales.
La política interna de Trump, exportada
Donald Trump apenas distingue entre política y políticas, entre negocios y diplomacia, entre sus intereses y los del país. Aplicando a todas las interacciones un juego de suma cero en el que solo son aceptables las grandes ganancias, Trump trata la política exterior como una política interna, exportada. En ese sentido, los europeos liberales son vistos como una extensión de los oponentes políticos en su país y, por lo tanto, deben someterse o ser derrotados.

Se puede perdonar a los europeos por no haberlo visto venir. En su primer mandato, Donald Trump vio moderados sus peores impulsos gracias al consejo de los denostados “adultos en la sala”. Pese a que él criticó sus aportaciones, en realidad le favorecieron bastante porque ajustaron sus instintos empresariales egoístas y populistas a los intereses nacionales estadounidenses. Salvo algún que otro guiño a sus amigos nacionalistas al otro lado del Atlántico, como el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán, la diplomacia de Trump (1) se mostró más bien neutral en el enfoque político en relación con sus socios. Ávido de legitimidad y respetabilidad, Trump disfrutó de la atención personalizada y los honores del día de la Bastilla ofrecidos por el presidente francés Macron; y el presidente-empresario dejó la ideología en la puerta del Elíseo. Los europeos siguieron creyendo que, distrayéndolo o halagándolo, sería posible lograr que Trump cooperara.
Tras su regreso a la Casa Blanca en el 2025, los europeos entraron en otra dimensión. El resentimiento de Trump no había hecho más que agravarse tras su derrota del 2020 y el segundo intento de su destitución a raíz del ataque del 6 de enero al Capitolio; y se había acentuado incluso más por la legítima paranoia tras varios intentos de asesinato. Para el Trump del 2024, los adversarios políticos se habían convertido en enemigos políticos a los que había que aplastar. En el ámbito nacional, prometió buscar venganza contra sus oponentes políticos. En el extranjero, se enfureció con los europeos, que habían colaborado estrechamente con el presidente Joe Biden en su apoyo a Ucrania tras la invasión rusa. Cuando el presidente ucraniano Zelenski visitó una fábrica de municiones en Pensilvania junto con el gobernador demócrata del estado un mes antes de las elecciones presidenciales del 2024, Trump lo consideró una injerencia política inaceptable por parte de un país vasallo. Además, había ido sintiendo cada vez más afinidad con los dirigentes y políticos nacionalistas europeos; y con aquellos que, como Marine Le Pen (condenada por malversación de fondos públicos europeos), eran víctimas, como él, del lawfare, la instrumentalización de la justicia.
Un EE.UU. posliberal
El rechazo a la Europa liberal no es solo una cuestión de inclinación personal. Para muchos partidarios del proyecto MAGA, EE.UU. había salido mal parado del orden mundial liberal en cuya construcción había colaborado tras la Segunda Guerra Mundial. Lo consideran una maraña de instancias supranacionales que han acabado conteniendo y constriñendo el poder de EE.UU. Los acuerdos de libre comercio y las alianzas y las organizaciones multilaterales han acabado limitando la capacidad de EE.UU. para ejercer su poder en la escena mundial, mientras que sus adversarios han aprovechado al máximo el sistema para ganar influencia a sus expensas.
Para el movimiento MAGA, los acuerdos de libre comercio y las alianzas han limitado la capacidad de EE.UU. para ejercer su poder, mientras que sus adversarios han aprovechado al máximo el sistema para ganar influencia a sus expensas
Peor aún, la supuesta responsabilidad de EE.UU. de proteger y garantizar el orden mundial liberal había dado lugar a un sobreesfuerzo de los recursos militares y financieros en el extranjero, lo cual había pasado factura al desindustrializado Cinturón del Óxido y creado legiones de comunidades de veteranos. Tras una década y media de interminable “guerra contra el terror”, el proyecto proteccionista y antiintervencionista de Trump galvanizó a una parte de EE.UU., ansiosa por pasar la página de ese supuesto orden mundial liberal. En los conceptos emergentes del posliberalismo, los europeos aparecían como liberales irrecuperables, demasiado débiles o corruptos para revertir la situación.
Entre el 2020 y el 2024, ante la incapacidad del Partido Republicano para debilitar el control de Trump sobre las bases, una nueva generación de pensadores, responsables políticos e ideólogos elaboró planes para su regreso al cargo. Esa vez, sus seguidores respaldaron los instintos de Trump con ideas y ambiciones, y se prepararon para ejecutar sus planes. Entre las propuestas se encontraba la idea de que era necesario reafirmar la autoridad presidencial, tanto en el país como en el extranjero. Para ello, el bando MAGA necesitaba destruir todos los bastiones del liberalismo, ya fuera en las universidades, la ciencia, la cultura o en Europa.
Un año bajo presión
Cuando Vance abandonó Europa hace un año, algunos intentaron convencerse de que su reprimenda tendría pocas implicaciones concretas. Sin embargo, la diplomacia estadounidense no tardó en seguir su ejemplo.
En mayo del 2025, una publicación en el sitio web del Departamento de Estado, titulada “The need for civilizational allies in Europe”, informó a los europeos de que EE.UU. tenía la intención de exportar sus guerras culturales. El texto redoblaba las críticas hechas por Vance y lamentaba el “retroceso democrático” europeo debido a unas supuestas “censura digital”, “restricciones a la libertad religiosa” y “utilización de la burocracia como arma”. Redactada por un asesor principal de la Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo, la publicación indicaba que, a partir de ese momento, el Departamento de Estado tendría en su punto de mira más a los europeos que a los regímenes autoritarios.

Cuando se publicó en diciembre del 2025 la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. quedó meridianamente claro que los liberales europeos se habían convertido en un objetivo. Si bien el documento elogiaba un nuevo enfoque de “realismo flexible” que permitía a EE.UU. colaborar con potencias autoritarias como China y Rusia, el enfoque aplicado a Europa era del todo diferente. Lejos de dejar que tomaran sus propias decisiones, se consideraba que los europeos estaban al borde del “borrado civilizacional” y tenían que ser rescatados con la ayuda de “partidos patrióticos”. Elevado al rango de estrategia, el objetivo de transformar políticamente a Europa amenazaba de pronto intereses fundamentales de los europeos: ¿se verían presionados para adoptar duras políticas contra la inmigración o para relajar las regulaciones sobre la libertad de expresión? ¿Se enfrentarían las elecciones a riesgos de interferencia en materia de seguridad?
El Gobierno de Trump redobló su apuesta con un apoyo diplomático y político a los nacionalistas europeos. Destacadas figuras del Gobierno ofrecieron repetidamente su apoyo a dirigentes afines de toda Europa: Elon Musk acogió en X a la presidenta de la AfD, Alice Weidel, en enero del 2025; Kristi Noem respaldó al candidato del PiS, Karol Nawrocki, en la conferencia CPAC celebrada en Polonia antes de las elecciones presidenciales polacas de mayo del 2025; y, de modo más reciente, en febrero y abril, Marco Rubio y J.D. Vance, respectivamente, visitaron y respaldaron a Viktor Orbán en su lucha por la reelección.
La Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. del 2025 considera que los europeos están al borde del ‘borrado civilizacional’ y tienen que ser rescatados con la ayuda de los “partidos patrióticos” de sus propios países
Uno de los principales campos de batalla en los que, bajo el mandato de Trump, EE.UU. se enfrenta a Europa es el ámbito digital. El Gobierno estadounidense denuncia que las regulaciones europeas relativas a las plataformas digitales coaccionan a las empresas estadounidenses por medio de una censura extraterritorial. En lugar de tratar el asunto como una cuestión de competitividad susceptible de resolverse con negociaciones y el uso de la influencia, el Gobierno de Trump juega la carta de la civilización, con la esperanza de reclutar aliados europeos entre las voces conservadoras igualmente oprimidas. Sarah Rogers, subsecretaria de Estado para la Diplomacia Pública, se ha mostrado especialmente crítica con la “burocracia censora europea” y tiene por costumbre atacar a los reguladores europeos en discursos oficiales y la red social X. La lucha se intensificó a finales del 2025, cuando EE.UU. tomó la extraordinaria medida de sancionar a cinco figuras europeas implicadas en la regulación del sector tecnológico. En un momento en que la Comisión Europea está empezando a hacer cumplir las normas digitales de la Unión Europea (como hizo el pasado diciembre al multar a X con 120 millones de euros por incumplir sus obligaciones en materia de transparencia), los republicanos del Comité Judicial de la Cámara de Representantes han iniciado una investigación sobre la ley de Servicios Digitales de la Unión Europea y su impacto en la libertad de los estadounidenses.
Los patriotas primero
El gran plan de Trump de reunir a los “partidos patriotas” para transformar Europa a su imagen, o al menos debilitarla lo suficiente para que no sirva de contraejemplo, está encontrando sus límites: es posible que los partidos patriotas ya no quieran verse tan asociados a Trump y al trumpismo. Al cabo de un año de su segunda investidura, el plan de Trump para Europa ha descarrilado en gran medida a causa de su frenesí a la hora de imponer aranceles a todo el mundo y de su hiperactividad militar, que no ha hecho más que intensificarse desde Navidad. Cuando ya estaban preocupados por la imposición de aranceles e inquietos por las acciones en Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, los europeos quedaron petrificados ante la insinuación de Trump de que planeaba apoderarse de Groenlandia. El anuncio provocó la condena de Alice Weidel de la AfD, Jordan Bardella de la Agrupación Nacional, e incluso Nigel Farage, líder del partido de extrema derecha Reforma Reino Unido.
Poco después, los ataques coordinados de EE.UU. e Israel contra Irán volvieron a plantear a los partidos de extrema derecha dificultades similares. La guerra, de lo más impopular en toda Europa porque provoca un aumento de los precios del gas y amenaza con sus costes energéticos el crecimiento europeo ya de por sí débil, supone un desafío innecesario para los partidos de extrema derecha. Mientras que Israel se beneficia de la calificación de “aliado modelo” otorgada por EE.UU. en la Estrategia de Defensa Nacional, los patriotas europeos están empezando a comprender que, a menos que se muestren dispuestos a ofrecer grandes victorias a Trump en la escena mundial, es probable que sus países sean menospreciados. Puede que el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán se hubiera beneficiado de las cálidas palabras del presidente estadounidense, pero su país no ha recibido ningún trato especial en materia de comercio o inversión, ni siquiera una visita de Estado.
El grupo que puede calificarse de ‘trumpista’ (partidarios de Donald Trump que también se muestran escépticos ante la actual Unión Europea) apenas representa un 5% de la población europea, si bien son relativamente numerosos en Polonia (11%) o Hungría (10%)
La realidad es que los aliados patrióticos europeos de Trump podrían constituir un grupo más reducido de lo que piensa el Gobierno estadounidense; y un grupo, además, menguante. El informe de la última encuesta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, “The European archipelago: Building bridges in a post-Western Europe”,1 ha revelado que el grupo que puede calificarse de trumpista (partidarios de Donald Trump que también se muestran escépticos ante la actual Unión Europea) apenas representa un 5% de la población europea, si bien son relativamente numerosos en Polonia (11%) o Hungría (10%). Hay también “atlantistas” (alrededor de un 18% del total de europeos) que siguen creyendo que EE.UU. es su aliado, pero que también creen en Europa y en el orden mundial liberal encabezado por Occidente que surgió con la alianza transatlántica; y que también están dispuestos a invertir en su defensa. En lugar de ser trumpistas, los electores de los “partidos patrióticos”, como gusta de llamarlos el Gobierno de Trump, se hallan más bien en el bando de los “nacionalistas”, dispuestos a defender Europa, pero animados también en ocasiones por un feroz sentimiento antiestadounidense. El nacionalismo de unos termina donde empieza el de otros: no cabe encontrar mucho solapamiento en una internacional de nacionalistas.
No debemos ser ingenuos: el plan de Trump de convertir a Europa en un grupo amistoso e ineficaz de democracias iliberales no ha terminado. Y muchos europeos podrían descubrir que comparten un interés a la hora de importar las guerras culturales a su ecosistema político. Sin embargo, por el momento, el plan de movilizar a los patriotas para hacerse con el control de Europa ha pasado a un segundo plano frente a las prioridades militares del 2026. La presidencia de Trump aún puede causar mucho daño a Europa, pero su debilitamiento quizás se produzca a través del caos más que a través de la coacción o la persuasión.
Célia Belin es investigadora sénior del ECFR (Consejo Europeo de Relaciones Exteriores) y directora de la oficina de París
Nota
1. Célia Belin y Pawel Zerka, “The European archipelago: Building bridges in a post-Western Europe”, ECFR, 11/II/2026, disponible en https://ecfr.eu/publication/the-european-archipelago-building-bridges-in-a-post-western-europe
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