A las 3:45 de la madrugada del viernes pasado, un hombre de 20 años lanzó un cóctel Molotov contra la mansión del consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, en San Francisco. El artefacto provocó un pequeño incendio y no hirió a nadie. El marido de Altman, Oliver Mulherin, y el hijo de ambos dormían dentro. Una hora más tarde, el mismo individuo fue detenido frente a la sede de OpenAI, amenazando con quemar el edificio.
Altman ha comentado los hechos en una entrada excepcional en su blog. Publica una foto íntima de su marido y su bebé —algo inédito— y escribe que está “despierto en mitad de la noche y cabreado”, y que cree que ha “subestimado el poder de las palabras y las narrativas”. Hace referencia a una investigación de Ronan Farrow y Andrew Marantz publicada en The New Yorker en la que antiguos miembros del consejo de OpenAI calificaban a Altman de persona incapaz de decir la verdad. Altman describe el artículo como incendiario, un término del que horas después se retractó: “mala elección de palabras”, dijo. El hombre que ha puesto un generador de palabras en manos de mil millones de personas descubría, de la peor manera, que las palabras importan.
Altman, fundador de OpenAI, descubre un poco tarde el poder de las palabras
Desde los hippies de los 70, San Francisco tiene una tradición de protesta antitecnológica que conviene recordar. En 2014, manifestantes rompieron los cristales de los autobuses privados que llevan a trabajadores de Google a su campus de Silicon Valley. Podríamos añadir a los activistas que bloquean vehículos autónomos colocándoles un cono delante. El teórico de los medios Douglas Rushkoff en su libro Throwing Rocks at the Google Bus (Tirando piedras al bus de Google, 2016) argumentaba que la rabia era justificable pero estaba mal dirigida: el problema no eran los trabajadores sino un modelo económico que convierte el crecimiento en rival de la prosperidad.
Le ocurre también a la IA que nos vende OpenAI, entrenada con nuestros datos y que tenemos que pagar para usar. Pero la IA es mucho más que ChatGPT, es un ámbito pluridisciplinar donde confluyen ciencias, filosofía, ética, humanidades y, muy especialmente, lingüística. Modelos de lenguaje. El poder de las palabras. Que Altman escriba que “ha subestimado el poder de las palabras y las narrativas” tiene un punto de cínico: su empresa es, literalmente, una máquina de generar narrativas; ChatGPT genera cada mes más texto que todo lo que se ha impreso en la historia.
En el mismo texto, Altman escribe una frase que lo explica todo: “muchas empresas dicen que cambiarán el mundo; nosotros lo hemos hecho”. Tiene razón. Lo que no dice es que hay mucha gente a la que no le gusta cómo lo han cambiado. Y que mucha de esa gente tampoco duerme y que también está muy cabreada.
