La única certeza ante la primera vuelta de las elecciones presidenciales portuguesas de hoy reside en que no habrá un ganador, legal y real, con independencia de los esfuerzos que hagan los candidatos para atribuirse el triunfo. Para que exista un vencedor, sin necesidad de un segundo turno, hay que pasar el umbral del 50% de los votos, algo que sucedía siempre en Portugal desde 1991 pero que ahora resulta impensable, pues como mucho los candidatos más fuertes en los sondeos han rondado el 25%.
Sin embargo, quizá por la creciente futbolización de la política, al aspirante que obtenga más votos, como si fuesen goles, quizá se le considerará ganador, al menos, hasta el segundo turno del 8 de febrero. Y ahí aparece la posibilidad de un nuevo movimiento sísmico, como el de mayo cuando Chega, el partido del ultra Ventura, quedó de segundo en escaños por delante del PS. Ahora intenta imponerse por primera vez en una votación nacional, lo que adquiriría un elevada significación.
En realidad ya la tiene en sí misma el hecho de que se dé casi por descontado desde hace tiempo de que Ventura pase a la segunda vuelta, para lo que en principio le valdría con acercarse al casi 23% que obtuvo en las parlamentarias de mayo. Este depredador de los platós, criado en los programas de fútbol y sucesos, tendría aseguradas tres semanas de gran visibilidad, de gira por el país, con entrevistas y debates.
La subida de la participación, la fragmentación y los fallos de los sondeos generan grandes dudas
Nadie, ni él mismo, le concede opción alguna de ser presidente, pues el rechazo que genera es enorme y le sucedería como a sus correligionarios Jen Marie LePen y a su hija Marine en Francia en 2002, 2017 y 2022, cuando las otras fuerzas se unieron, de un modo u otro, en su contra y sufrieron claras derrotas, pero cada vez fueron menos severas. Y sucede que en el semipresidencialismo portugués el centro neurálgico del poder no está en el palacio presidencial de Belém, sino en la residencia del primer ministro de São Bento.
Es ahí, en el palacete situado en la parte trasera del Parlamento, donde tiene puesto su punto de mira Ventura, como le acusaron durante toda la campaña sus oponentes. “Hay un candidato que no quiere ser presidente de la República”, denunció el viernes por la noche el que entre los principales candidatos ha sido más contemplativo con él, el almirante Gouveia Melo, un independiente que mantuvo un misteriosa comida secreta con el ultra en verano, pero que trata de situarse en el centro, entre socialistas y conservadores.
Así, estas presidenciales tienen un aire de primarias de las futuras legislativas, previstas para 2029, pero como hubo tres entre 2022 y 2025, nada está claro No obstante, aun en el caso de que Ventura fuese el más votado en ellas, nada indica que pudiese formar una mayoría.
Pero la propia pugna entre el conservador Marques Mendes y el liberal João Cotrim por el voto útil para evitar que el socialista António José Seguro sea el presidente al pasar al turno final con Ventura entroniza a este último. Es lo que auguran todas las encuestas de la última semana, pero existen grandes dudas.
Se espera un notable aumento de la participación, que en el territorio nacional, no pasa del 51% desde 2006, la última vez en la que hubo un resultado ajustado, pues Cavaco Silva logró ganar a la primera por unas décimas, con una afluencia a las urnas del 63%. El inédito escenario de cinco candidatos con opciones complica el trabajo a los poco prestigiados institutos demoscópicos lusos, que han detectado no sólo una significativa indecisión, sino una no despreciable predisposición a cambios de última hora en el sentido del voto.
Bajo el pronóstico dominante de que pasen a la segunda vuelta el candidato ultra y el socialista, algún sondeo han dado opciones al aspirante conservador y al liberal, pese a su semana negra, en la que ha sido acusado de acoso sexual. Podría haber una noche de infarto, como la de las parlamentarias de marzo de 2024, cuando hasta después de la media noche no se supo quién era el más votado.
