
El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, y la posterior extensión del conflicto por Oriente Medio, ha servido a Europa para seguir levantando esta semana los pilares de su defensa común. Por primera vez, varios socios europeos –Francia, Italia, Grecia y España, aliados en la OTAN– han enviado un despliegue militar para proteger a otro país de la Unión Europea –Chipre, fuera de la Alianza Atlántica– sin invocar el artículo de la defensa colectiva. Un nuevo modelo en el que España, como se ha demostrado con el envío de la fragata Cristóbal Colón , la más moderna de la Armada, puede estar en primera línea. Pero esta semana, también se ha puesto sobre la mesa, en aras de progresar hacia la autonomía estratégica comunitaria, la “disuasión nuclear avanzada” con un plan francés que podría convertirse, en un futuro, en el paraguas europeo que complemente al de Washington, que cada vez emite más señales de inestabilidad. Ocho países se han sumado a la nueva arquitectura que está confeccionado París. España, en este caso, se queda fuera. Y eso puede acarrear consecuencias en el futuro.
Fuentes de la cúpula militar aseguran que el anuncio del presidente francés Emmanuel Macron sobre el aumento de su arsenal nuclear no solo se enmarca en la amenaza de Rusia –pese a las advertencias del Kremlin de hacer uso de sus miles de cabezas nucleares–, sino también en el tablero de poder europeo sobre el que mueven ficha sus países. Participarán en este plan, con el posible despliegue de “elementos de fuerzas estratégicas”, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Grecia, Países Bajos, Polonia, Reino Unido y Suecia. Esto se podría concretar con el ubicación en sus territorios de aviones de combate Rafale (cuenta con 225 cazas con capacidad nuclear de este tipo). También contempla las maniobras entre socios o las visitas conjuntas a emplazamientos estratégicos. Eso sí, el presidente de la República es quien tendría la decisión final de apretar el botón. “Francia pretende exportar su doctrina nuclear fuera de sus frontera para que sea una de las piedras angulares de la nueva defensa europea”, explican las mismas fuentes.
La proliferación entre socios europeos dará alas a una industria más cara que la de defensa convencional
Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano, enmarca el paso adelante dado por Francia en el proyecto de “una disuasión propia europea, complementaria a la de EE. UU.”, ya que la segunda, con Donald Trump en la Casa Blanca “empieza a crear dudas”. “Cuanto mayor ambigüedad [para el enemigo]” mejor”, añade. Además, opina que una proliferación europea también potenciaría esta industria en territorio europeo, mucho más cara que la convencional.
El Gobierno aprobó una estrategia contra armas nucleares, que también pone el foco en redes terroristas
En cuanto al papel de España, el experto en seguridad internacional considera que hasta ahora ha tenido “una situación cómoda” porque EE.UU., con el paraguas de la OTAN, ha cubierto esta amenaza, mientras dejaba que Europa se ocupase del papel de guerra más convencional. “Pero esa garantía ahora está deteriorada”, afirma Arteaga. De este modo, España, prosigue, “no solo tendría todos los inconvenientes de estar fuera, sino que ninguna de las ventajas de estar en los procesos de decisión de ese grupo”. Situarse fuera del plan francés, considera el investigador, “te hace quedar bien con tu clientela interna”, pero “la disuasión no cuenta contigo, corriendo el riesgo de un chantaje nuclear”. Y es ahí, donde Arteaga más que mirar a la frontera este, pone la vista en el Sur, con especial interés en el Sahel: “¿Y si la proliferación avanza y Marruecos, Argelia o un régimen yihadista que aparezca se hacen con armas nucleares?”, se pregunta.
Pero España está atada -de pies y manos- en este asunto. El próximo jueves se cumplen cuatro décadas del referéndum que avaló la permanencia de España en la OTAN, con un 52,5% de los votos a favor. El texto recoge en su segundo punto que “se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español”. Una condición que estaba vinculada con el proceso de desnuclearización militar que se inició en 1979 con el Tratado de Amistad y Cooperación Hispano-Norteamericano, que supuso la retirada del armamento nuclear que Estados Unidos mantenía en las bases de Torrejón de Ardoz, Morón de la Frontera, Rota y Zaragoza. No fue hasta 1987 cuando España se adhirió al Tratado de no proliferación de armas nucleares. Esta posición ha permitido a España fortalecer su cooperación con socios estratégicos que respaldan las medidas de desarme. El Gobierno de Pedro Sánchez está, como se ha venido evidenciando esta semana, alineado por completo con la defensa de un orden basado en normas, que priorice la paz, la estabilidad y la seguridad global. “Más allá del límite que establece el referéndum, es un debate que no se plantea en estos momentos”, aseguran fuentes ministeriales.
Sin ir más lejos, el Consejo de Seguridad Nacional, el departamento que asiste al Gobierno en esta materia, aprobó hace la primera estrategia contra la proliferación de armas de destrucción masiva. Un documento que no solo responde a las amenazas provenientes de actores estatales como Rusia, Irán o Corea del Norte, sino también “al riesgo real” de que grupos no gubernamentales o redes terroristas intenten acceder a materiales nucleares, radiológicos, biológicos o químicos. Desde el Gobierno aseguran que con esta estrategia “España reafirma su papel como un actor responsable y comprometido con la paz mundial, garantizando un entorno seguro para sus ciudadanos y aliados frente a los desafíos del siglo XXI”. Una tesis que no conjuga con la doctrina Macron.

