
Ultimamente no ganamos para sustos. Tras el choque de los aranceles trumpistas y el hundimiento de las bolsas en primavera, esta pasada semana el fantasma del estallido de la burbuja bursátil de las tecnológicas recorrió de nuevo los mercados. Y aunque hasta ayer las caídas se habían recuperado, los temores sobre el final del alza de sus acciones no se han disipado.
A ello contribuye el que alguno de sus protagonistas haya reconocido que, probablemente, nos encontremos en presencia de una burbuja; opinión que se refuerza con unas fabulosas inversiones en capital físico (construcciones y ordenadores) de miles de millones de dólares, de las que no se espera hayan de generar próximamente beneficios tangibles. El ejemplo de Nvidia confirma esa percepción: su valor ha superado ya los cinco billones de dólares, la primera vez que una empresa alcanza un tamaño que la convertiría de, ser un país, en el tercero del mundo, tras los EEUU y la China.
Si estallara la burbuja de la IA los activos que se están construyendo continuarán allí
En el caso de que efectivamente la burbuja de la IA estallara, ¿qué efectos cabría esperar de ello? Respecto del crecimiento, si la caída de las grandes tecnológicas (las 7 magnificas) fuera parecida a la de 2001, afectaría una parte no menor de la riqueza de los hogares de los EEUU. Ese ‘efecto riqueza’ tiene la virtud, cuando es positivo, de empujar al alza el crecimiento del PIB, pero lo contrario sucede cuando el proceso revierte: pérdida de riqueza, restricción del consumo y la inversión, aumento del ahorro y reducción del PIB.
Otro impacto relevante es lo que sucedería con los activos que hoy se están construyendo. Para ellos no habría que preocuparse en exceso, al igual que el colapso de las empresas de Internet en la crisis puntocom no afectó a la oferta de sus servicios. Se trata de inversiones que continuarán ahí, y cuyo impacto sobre el tejido productivo y la vida ordinaria no van a desaparecer en absoluto, suceda lo que suceda con los valores de las empresas tecnológicas.
Finalmente, el aspecto que quizás preocupe más sería el golpe que una brusca contracción de las valoraciones bursátiles de las tecnológicas podría generar en la estabilidad financiera. Ahí, dada la particular estructura de los balances de estas empresas, sus efectos deberían ser contenidos: el boom de la IA se está financiando directamente con los excedentes de las tecnológicas, a diferencia de 2008 en el que fue el crédito el instrumento fundamental.
Los procesos maníacos y las burbujas de optimismo son consustanciales a nuestra naturaleza, como Reinhart y Rogoff mostraron en 2009 ( This time is different ). Espontáneamente, tendemos a creer que un nuevo invento modifica la economía y que las alzas de la riqueza de hoy son de naturaleza distinta a las de ayer. Pero, desde la crisis de los tulipanes holandeses del siglo XVII a 2025, esos procesos son siempre preludio de crisis. Los humanos somos así.
