Estar entre los mejores

Hace unas semanas se publicó el ranking mundial de universidades gestionado por la Universidad de Shanghai y de su resultado caben extraerse tres rápidas conclusiones. Primera, el mantenimiento de la primacía anglosajona. Segunda, el progreso de la universidad asiática (particularmente la china) y tercera, el estancamiento de la española.

España cuenta con una representación considerable entre las mil mejores del mundo, pero una escasísima representación en el cuartil superior. Tan solo una de las 36 universidades españolas está entre las 200 mejores del mundo.

España necesita universidades que estén en lo más alto del ranking mundial

Cualquier ranking prioriza criterios, y el de Shanghai se centra en la investigación como indicador de calidad. Cabe pues modular su resultado argumentando que la investigación no es más que uno de los objetivos de la universidad. Así, se ha vinculado la ausencia de la universidad española entre las mejores al hecho de que el modelo español prioriza su impacto social, es decir, que es un vehículo esencial de cohesión social.

Nuestra sociedad es de conocimiento, y las instituciones universitarias tienen un papel esencial en su producción. Aquellas que evidencian una calidad de investigación superior al resto son más capaces de incorporar talento a su cuadro académico y, lógicamente, de formar a los mejores graduados, que lo diseminan en el contexto social más cercano formando un sustrato fértil para la innovación. A modo de ejemplo, en el 2015 el MIT evaluó su impacto a través de sus graduados y lo cifró en 30.000 empresas con unos ingresos de mas de 2 billones de dólares, lo que en ese momento equivalía a la décima economía del mundo.

Una mirada al crecimiento económico español indica que este se apoya en la inmigración y el turismo. Es obvio que ambos tienen un recorrido limitado. Por otro lado, no cabe duda de que el mantenimiento de cuotas de bienestar tiene que ir ligado a la innovación y al incremento de la productividad. En resumen, si queremos que nuestra economía no sea sobredependiente, necesitamos potenciar bases sólidas de diferenciación, y aquí el papel de la universidad es primordial.

Contar con instituciones universitarias de liderazgo global es parte fundamental de un sistema de innovación. Para lograrlo, es necesario que exista diversidad. Una diferenciación que se apoye en una concepción estratégica de la institución, que incluya objetivos, financiación, autonomía y, por encima de todo, incentivos y rendición de cuentas. Lejos de reclamar elitismo, se trata de dar cabida a un proyecto de largo plazo absolutamente necesario para una sociedad contemporánea.

Países de larga tradición socialdemócrata, como Finlandia, Suecia, Dinamarca o Noruega, y países de menor tamaño, como Bélgica y los Países Bajos, cuentan con varias instituciones entre las cien mejores del mundo. España necesita de instituciones en este grupo. Instituciones conscientes de que la cohesión social se construye también desde la innovación y la productividad derivadas del conocimiento de frontera.

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