Europa o Miami, no hay tercera vía

Pertenencia a la Unión Europea o protectorado norteamericano dirigido desde Miami. Esta es la disyuntiva histórica para España en los próximos cuarenta años, tomando como unidad de medida el actual tiempo de permanencia en la comunidad europea. Vienen tiempos complicados. Puede que estemos inaugurando una nueva etapa caracterizada por la confusión permanente. Veinte años de confusión.

El lugar de España en el mundo en los próximos decenios no está escrito. El actual Gobierno de los Estados Unidos ha modificado su rumbo. Washington considera que la Unión Europea debe ser demolida para regresar a Yalta: reparto de zonas de influencia con Rusia y trato directo con cada uno de los estados europeos de la esfera occidental sin un artefacto comunitario con ambiciones de autonomía estratégica. Regresar al Mercado Común con tres condiciones: pagar aranceles en la aduana norteamericana, no molestar a las grandes empresas tecnológicas de ese país. y gastar más en la adquisición de armamento norteamericano.

Regreso a los años treinta, cuando Estados Unidos no quería saber nada de las tensiones europeas, cuando una parte de la elite norteamericana sentía simpatía por Hitler y Mussolini, garantes del orden en Alemania e Italia. Regreso a los años treinta del siglo pasado con teléfonos móviles Apple, suscripciones masivas a ChatGpt, y drones de última generación. Alemania rearmándose; Francia en un serio atolladero, y el Reino Unido, entre el arrepentimiento por el Brexit y la tentación de dar la próxima mayoría absoluta al bocazas que lo provocó. La gran noria de Londres exhibía el emblema de la Unión Europea en la noche de final de año. Las encuestas sonríen hoy a Neil Farage. Todo pende de cuatro hilos: Alemania, Francia, península Ibérica e Italia, país que ya tiene un pie en el otro lado.

Lee también Enric Juliana

Los polos, norte y sur

En un periodo de dos años sabremos de qué lado se inclina la balanza de la historia y no es seguro que la Unión Europea logre resistir en los próximos tiempos la presión política y económica que le viene encima. La reglamentación sobre las empresas tecnológicas puede ser el asunto crucial. Joaquín Almunia, exministro de Trabajo con Felipe González, ex secretario general del PSOE, y ex vicepresidente de la Comisión Europea, el más elegante de los políticos séniors españoles, habló ayer mucha con claridad: “En Europa teníamos un aliado que colaboró en poner en marcha el proceso de integración europea después de la segunda guerra mundial. Ahora, por desgracia, Estados Unidos, el gobierno de los Estados Unidos, es un enemigo. Tenemos a un adversario muy fuerte. Estados Unidos ha pasado de ser proeuropeo a ser anti-Unión Europea. Algo que debería preocuparnos mucho a los europeos y debería hacerlo también a los estadounidenses”. Habitualmente parco en palabras, Almunia también criticó abiertamente a los líderes que guardan silencio. “Me preocupa mucho el silencio de algunos líderes de la UE. Parece que solo António Costa [presidente del Consejo Europeo] haya entendido lo que supone la estrategia de seguridad de Washington”.

En este contexto se celebra el 40º aniversario de la incorporación de España y Portugal a la Comunidad Económica Europea. Puesto que vivimos magnetizados por las cosas que van mal, la conmemoración de una integración que ha funcionado bien puede que pase medianamente desapercibida. Vivimos un tiempo de pasión por las desgracias. La política española está volcada hoy en otras cosas y el interés por la política exterior se halla muy ausente del debate público. Activo europeísta desde hace unos meses, Pedro Sánchez vive ahora pendiente de la coyuntura interna, pensando en cómo salir a flote después del desastre electoral del PSOE en Extremadura. Con manifiesta aversión a la política exterior, Alberto Núñez Feijóo sólo piensa en una cosa: el tiempo que falta para ver a Sánchez bajo tierra. Cuando lo vea muerto, pedirá cinco certificados de defunción para asegurarse de que no volverá. La política española se halla encerrada sobre sí misma en un momento frenético en la escena internacional. En este aspecto también volvemos a los años treinta del siglo pasado.

La ruptura entre Estados Unidos y la Unión Europea es hoy uno de los asuntos centrales de nuestra época y el debate interno apenas lo refleja. Sánchez parece estar evaluando los costes reales de su enfrentamiento con Trump por la cuestión del gasto militar, y Núñez Feijóo evita pronunciarse, para no distraer el foco central de su oferta política: que se vaya Sánchez. Santiago Abascal, líder de Vox, es hoy el político español mejor encuadrado en la escena internacional: aliado preferente del Gobierno de los Estados Unidos y presidente de la plataforma Patriotas para Europa que agrupa a todas las fuerzas de extrema derecha enfrentadas con Bruselas, unas más intensamente que otras. Son las ‘fuerzas patrióticas’, a las que alude la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Las elecciones legislativas en Hungría dentro de cien días van a ser también muy importantes.

Con todo, ni siquiera Vox se atreve a formular un mensaje explícitamente antieuropeísta en el debate interno. ¿Por qué? Porque más del 70% de los españoles volvería a votar hoy a favor del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea y la gran mayoría considera que esa adhesión ha sido provechosa para el país. Una mayoría social española sigue siendo en estos momentos sinceramente europeísta y asiste atónita a los vientos desfavorables que podrían provocar un accidente mortal de la Unión en los próximos años.

Lee también Enric Juliana

El cerro de Masatrigo se encuentra en el corazón de la glorieta más grande de España y de Europa.

¿Qué pasaría si las cosas se complican y la UE empieza a deshilacharse? Basta con consultar los acuerdos de la conferencia de Yalta, localidad balnearia de la península de Crimea, entonces bajo soberanía de a la Unión Soviética. Yalta estableció que España y Portugal pertenecían a la zona de influencia norteamericana. En 1947, Portugal fue invitado a participar en la fundación de la OTAN. Había dictadura en Portugal, pero los aliados consideraron que el régimen de António Oliveira Salazar, dictador civil, había llegado al poder antes del advenimiento del fascismo en Europa, siendo cautelosamente generoso con los aliados al ofrecer las islas Azores como base para la aviación anglo-americana. España recibió un trato más severo, pero en la conferencia de Potsdam (1945), Harry Truman y Winston Churchill no quisieron enviar un ultimátum al general Franco para que diese paso a unas elecciones libres, la prioridad de todo demócrata. En 1953 el régimen de Franco firmaba con Estados Unidos el acuerdo sobre la instalación de bases militares norteamericanas en España. En 1953, el régimen de Franco empezó a romper el aislamiento. En 1976-1977, hace ahora cincuenta años, la transición aceleró con el beneplácito del presidente demócrata Jimmy Carter, seguramente el más progresista de los presidentes norteamericanos desde la muerte F.D. Roosevelt. Con Richad Nixón en la Casa Blanca, la transición de España a la democracia habría tenido otro contenido y otro ritmo. Habría sido más lenta. Todo esto es hoy historia. Estamos en una fase radicalmente nueva.

La disyuntiva es clara: resistencia de la Unión Europea o sálvese quien pueda. Reforzamiento político de la UE, con un alto nivel de adhesión de la sociedad española a esa voluntad de ser, o protectorado de los Estados Unidos con centro de decisión en Miami. En la ciudad de Madrid empiezan a existir las bases materiales de ese protectorado. Esta vez no habrá ‘tercera vía’.

También te puede interesar